Silencios contados a media voz. Sonrisas
quietas en labios mudos. La historia de una vida y de las vidas que acompañaron
a ésta. La historia de mis gentes, de nuestras gentes, de una guerra entre
hermanos. Historias de la historia trazadas con una pluma ágil, costumbrista,
tan experimentada y precisa como lo es la de los mejores narradores
contemporáneos. Todo eso y más es, Las palabras del viento, de María Narro. Una
obra que, sin lugar a dudas, se merece un puesto destacado en nuestra narrativa
contemporánea. Una historia que te arrancará sonrisas, lágrimas y admiración,
como suele hacerlo un trabajo preciso y lleno de magia”
Antonia J
Corrales. Escritora y Correctora
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Fue un amago de Guernica, lo has hecho de maravilla. Con esa sensibilidad
que roza el dolor sin perder la sonrisa. Sigüenza se merece un sitio en la
historia que le corresponde.
Y tú la has colocado donde se
merece...
Almudena (Madrid)

La novela...

La novela...
(cada capítulo lleva nombre de mujer)

16 sept. 2010

Primer folio. Así empieza...

Apenas logro recordar a mi hermana Isabel.
Cuando era pequeña y miraba su fotografía, me sentía rara al verme multiplicada. Era igual que yo, aunque la abuela dijera que era yo la que era idéntica a ella, y luego siguiera con su solitaria arenga llamándome burro que siempre va delante para que no se espante... Yo corría huyendo de su mal humor, y cuando no me veía la miraba en silencio preguntando hacia dentro por qué ya no me quería.
Sabía que me había querido hasta aquella tarde en la que colocaron el ataúd blanco cerca de la pila donde nos habían bautizado. Luego, todo el cariño abandonó a la abuela dejándola postrada en un mundo que consideraba insultante la alegría de los demás. Pero eso lo sé ahora, entonces me sentía culpable por haber perdido su amor.
Y llena de pueriles reproches, junto al espíritu de la melliza muerta que no recordaba, fui tropezando por eso que llaman infancia.
Viví en casa de la abuela Bernarda hasta que tuve trece años. Mis padres se habían separado al poco de morir mi hermana; Alicia, mi madre, un día agarró la maleta y subió en la furgoneta del panadero hasta Sigüenza. Se fue a Madrid en el tren de las doce, el del olvido. Dijo que la vida no había acabado para ella y que era el momento de destapar sueños. Y quizá de tapar que aún le quedaba una hija.

-Era mu joven cuando murió Isabel, vinticinco años tenía namás. Tu madre ha sufrido desde que nació, Merche -la abuela sólo me llamaba así cuando atravesaba el pasado todavía sangrante-, nunca podrás imaginar lo que fue vivir en la guerra y los años que la siguieron, ni siquiera pudo ser mi niñita en aquel infierno de bombas, sangre y miedo... -hablaba y suspiraba despacio mientras miraba sus manos gastadas-. Irse a la capital buscando futuro es lo que debía de hacer... tu madre, mi pobre Alicia... -y de repente levantó los ojos, su voz había dejado de sangrar cuando volvió a hablar-. No como el gitano que tiene la mismita cabeza que el borracho del... ¡No me mires asín, hostias!, eres igual que él y acabarás perdiéndote por el mal camino.

-¿El mal camino, abuela? ¿Acaso hay uno bueno y otro malo? -preguntaba yo con miedo de seguir haciendo todo mal.

-¡Cállate, bicho malo! -gritaba mirándome con cara de asco- y nunca dudes de mis palabras. Anda, vete a tu cuarto y reza -continuaba diciendo mientras intentaba aplacar los demonios que llevaba en su interior- pídele al Señor que te enseñe el buen camino y a tu hermana que sea tu guía, y recuerda a esos santos muertos que se llevó la guerra que nos dejó sin techo.
Y en la soledad de mi oscura habitación rezaba sin entender, y sin que nadie me contestara.

Una amenazadora mañana de nieve cuando iba a casa de doña Asunción, se levantó un furioso vendaval que me arrancó el gorro de lana azul. Empecé a correr tras él olvidando a mi abuela que me acompañaba. Aquel gorro era lo único que me quedaba de papá. Tuve que cruzar el puente aun viniendo ya el coche de línea por el camino, y aunque oía a la abuela gritar que volviera a su lado, nada me importaba tanto como recuperar aquel trozo de mi padre.
Por fin el gorro se detuvo en la fachada de la tienda; mientras me lo volvía a colocar veía mi reflejo en su ventana. Las apretadas trenzas rojas se hallaban al lado de un escuadrón verde, unas tortas de maíz, un paquete de arroz, el camino... ¡Un camino!
La abuela gritó de nuevo: ¡María de las Mercedes!, y aunque di un respingo, pegué con estupor mis ojos al cristal de la ventana.
El camino era un libro de Miguel Delibes.
¿Sería el bueno o el malo?
Seguro que aquel Miguel era tan sabio como el Señor, mi abuela, y todos los santos muertos, ya que se atrevía a escribir sobre un camino sin necesidad de apostillar si era lo uno o lo otro...
Alguien que me hacía daño al tirarme de una trenza a la vez que me llamaba desobediente, impidió que siguiera merodeando por mis adentros. La señora Angustias agarró con fuerza mi mano, cruzamos el puente, pasamos por delante del destartalado autocar que arrojaba negras bocanadas de humo, y me dejó al lado de mi abuela mientras mascullaba entre dientes: “Vaya carga que la caído a la Bernarda”. Y la abuela sin molestarse en abrir la boca, me cogió de una oreja y reemprendimos el sendero que llevaba a casa de la maestra.