Silencios contados a media voz. Sonrisas
quietas en labios mudos. La historia de una vida y de las vidas que acompañaron
a ésta. La historia de mis gentes, de nuestras gentes, de una guerra entre
hermanos. Historias de la historia trazadas con una pluma ágil, costumbrista,
tan experimentada y precisa como lo es la de los mejores narradores
contemporáneos. Todo eso y más es, Las palabras del viento, de María Narro. Una
obra que, sin lugar a dudas, se merece un puesto destacado en nuestra narrativa
contemporánea. Una historia que te arrancará sonrisas, lágrimas y admiración,
como suele hacerlo un trabajo preciso y lleno de magia”
Antonia J
Corrales. Escritora y Correctora
-------------
Fue un amago de Guernica, lo has hecho de maravilla. Con esa sensibilidad
que roza el dolor sin perder la sonrisa. Sigüenza se merece un sitio en la
historia que le corresponde.
Y tú la has colocado donde se
merece...
Almudena (Madrid)

La novela...

La novela...
(cada capítulo lleva nombre de mujer)

29 sept. 2015

Nota previa de la autora


La historia aquí narrada es totalmente ficticia, sus personajes también lo son. Los lugares, el escenario elegido, son reales como todos los acontecimientos ocurridos durante la guerra civil española.

Fue como si la realidad marcara un círculo del que no me podía salir, con algunas cosas olvidadas de las que no pude entender el porqué. Pero sí adiviné que nadie lo había contado así...

 

Mercedes, capítulo Primero.


Apenas logro recordar a mi hermana Isabel.
Cuando era pequeña y miraba su fotografía, me sentía rara al verme multiplicada. Era igual que yo, aunque la abuela dijera que era yo la que era idéntica a ella, y luego siguiera con su solitaria arenga llamándome burro que siempre va delante para que no se espante... Yo corría huyendo de su mal humor, y cuando no me veía la miraba en silencio preguntando hacia dentro por qué ya no me quería.
Sabía que me había querido hasta aquella tarde en la que colocaron el ataúd blanco cerca de la pila donde nos habían bautizado. Luego, todo el cariño abandonó a la abuela dejándola postrada en un mundo que consideraba insultante la alegría de los demás. Pero eso lo sé ahora, entonces me sentía culpable por haber perdido su amor.
Y llena de pueriles reproches, junto al espíritu de la melliza muerta que no recordaba,  fui tropezando por eso que llaman infancia.

Viví en casa de la abuela Bernarda hasta que tuve trece años. Mis padres se habían separado al poco de morir mi hermana; Alicia, mi madre, un día agarró la maleta y subió en la furgoneta del panadero hasta Sigüenza. Se fue a Madrid en el tren de las doce, el del olvido. Dijo que la vida no había acabado para ella y que era el momento de destapar sueños. Y quizá de tapar que aún le quedaba una hija.

-Era mu joven cuando murió Isabel, vinticinco años tenía namás. Tu madre ha sufrido desde que nació, Merche -la abuela sólo me llamaba así cuando atravesaba el pasado todavía sangrante-, nunca podrás imaginar lo que fue vivir en la guerra y los años  que la siguieron, ni siquiera pudo ser mi niñita en aquel infierno de bombas, sangre y miedo... -hablaba y suspiraba despacio mientras miraba sus manos gastadas-. Irse a la capital buscando futuro es lo que debía de hacer... tu madre, mi pobre Alicia... -y de repente levantó los ojos, su voz había dejado de sangrar cuando volvió a hablar-. No como el gitano que tiene la mismita cabeza que el borracho del... ¡No me mires asín, hostias!, eres igual que él y acabarás perdiéndote por el mal camino.
-¿El mal camino, abuela? ¿Acaso hay uno bueno y otro malo? -preguntaba yo con miedo de seguir haciendo todo mal.
-¡Cállate, bicho malo! -gritaba mirándome con cara de asco- y nunca dudes de mis palabras. Anda, vete a tu cuarto y reza -continuaba diciendo mientras intentaba aplacar los demonios que llevaba en su interior- pídele al Señor que te enseñe el buen camino y a tu hermana que sea tu guía, y recuerda a esos santos muertos que se llevó la guerra que nos dejó sin techo.

Y en la soledad de mi oscura habitación rezaba sin entender, y sin que nadie me contestara.

Una amenazadora mañana de nieve cuando iba a casa de doña Asunción, se levantó un furioso vendaval que me arrancó el gorro de lana azul. Empecé a correr tras él olvidando a mi abuela que me acompañaba. Aquel gorro era lo único que me quedaba de papá. Tuve que cruzar el puente aun viniendo ya el coche de línea por el camino, y aunque oía a la abuela gritar que volviera a su lado, nada me importaba tanto como recuperar aquel trozo de mi padre.
Por fin el gorro se detuvo en la fachada de la tienda; mientras me lo volvía a colocar veía mi reflejo en su ventana. Las apretadas trenzas rojas se hallaban al lado de un escuadrón verde, unas tortas de maíz, un paquete de arroz, el camino... ¡Un camino!

La abuela gritó de nuevo: ¡María de las Mercedes!, y aunque di un respingo, pegué con estupor mis ojos al cristal de la ventana.
El camino era un libro de Miguel Delibes.
¿Sería el bueno o el malo?
Seguro que aquel Miguel era tan sabio como el Señor, mi abuela, y todos los santos muertos, ya que se atrevía a escribir sobre un camino sin necesidad de apostillar si era lo uno o lo otro...
Alguien que me hacía daño al tirarme de una trenza a la vez que me llamaba desobediente, impidió que siguiera merodeando por mis adentros. La señora Angustias agarró con fuerza mi mano, cruzamos el puente, pasamos por delante del destartalado autocar que arrojaba negras bocanadas de humo, y me dejó al lado de mi abuela mientras mascullaba entre dientes: “Vaya carga que la caído a la Bernarda”. Y la abuela sin molestarse en abrir la boca, me cogió de una oreja y reemprendimos el sendero que llevaba a casa de la maestra.

-Me hace daño...
-Te aguantas. Eres mi perdición. No escuchas a nadie igual que tu padre.

¡Ya salió!
Lo tenía claro, había comenzado mi andadura por el mal camino. Y ya que ni Dios, ni mi hermana, ni todos los santos muertos contestaban a mis oraciones, tuve que comprarme el libro de aquel Miguel. Costó quince pesetas. Rompí la hucha, los ahorros, y los planes de escapar del pueblo como Alicia, mi madre. Pero estaba segura de que entre aquellas páginas encontraría la diferencia entre el buen camino y el malo.
El camino de Miguel Delibes fue el primer libro que leí cuando corría el invierno de 1962, yo tenía nueve años. Buscaba una respuesta y encontré los recuerdos de Daniel el mochuelo, recuerdos que hice propios y me animaron a soñar, o a lo que era lo mismo por entonces para mí, a leer.

Morse, en realidad se llamaba Javier pero ni él se acordaba, era el hijo del panadero y mi mejor amigo. Tenía dos años más que yo y era muy feo según decía todo el mundo, con su cara repleta de pecas, los ojos demasiado azules, el pelo mal cortado a tazón y las orejas de soplillo, pero yo le veía bonito. Se lo dije una vez y se enfadó, además de ponerse rojo como un tomate, decía que ese adjetivo no existía, pero si yo era bonita, él siendo chico qué iba a ser sino bonito.
Mas aunque se enfadara, para mí era lo más bonito del mundo desde el día en que enterraron a mi hermana; desde aquella tarde en la que caminaba torcida hacia el cementerio y me cogió de la mano.

A Morse le encantaba hablar de su abuelo Samuel, el primer Morse, y yo le escuchaba con devoción.
Decía que había llegado a España en 1933, y que venía huyendo de las garras del Tercer Reich desde Argentina. Mi amigo aseguraba que su abuelo era uno de los mejores radioaficionados del mundo, y que cuando Hitler fue nombrado canciller, los alemanes captaron las ondas de su radio y quisieron reclutarle en sus filas, pero él se negó y le amenazaron. A los pocos días alguien incendió la casa de sus padres y su abuelo supo que tenía que abandonar a los suyos antes de que ocurriera alguna desgracia.

-Sospechando que los alemanes le acosaban -seguía contando Morse- decidió venir aquí porque decía que este pueblo estaba muy escondido, claro que si hubiera adivinado quién sería el aliado de Franco no creo que... Pero bueno, a lo que voy... el caso es que se convirtió en agricultor y ocultó sus dotes de radioaficionado, pasó de la República aunque sus ideas se parecían, y se hizo casi invisible. Enseguida conoció a mi abuela y se enamoró al primer golpe de ojo. ¡Era muy pasional!... -señalaba Morse al verme sonreír-. No volvió a tocar una radio -seguía contando- ni quiso saber nada de ellas, y sin embargo, fue su dominio del  código morse lo que impidió que los fascistas le fusilaran en el penal de Valdenoceda cuando acabó la guerra. Pasaron tanta miseria y hambre en aquel penal que no lo olvidó nunca... <<¿Cuánta hambre puede tener una persona para que sus mejores sueños sean un simple trozo de pan?>> ...les gravó en la frente a sus ocho hijos durante años, por eso creo que todos mis tíos son panaderos –concluía muy serio con un brillo de admiración en la mirada.

Mi amigo sólo pudo aprender el recuerdo de su abuelo, murió un año antes de que él naciera.

-Antes de que acabara la guerra que le cambió, el abuelo Samuel decía que las palabras van sobre el viento -me había dicho una mañana después de salir de misa cuando pensativo miraba los dibujos que, con un palo, hacía sobre la arena en la orilla del río.
-¿Las palabras van sobre el viento? Eso se dirá en Argentina porque la gente del pueblo dice que las palabras se las lleva el viento -le contesté mientras intentaba matar una trucha como había visto hacer a mi abuela, a pedradas.
-La gente de aquí es demasiado ignorante -contestó enfadado.
-Y bruta... -dije a la vez que le perdonaba la vida a la trucha y me sentaba a su lado tapándome con la falda de los domingos hasta los tobillos-, además, seguro que los argentinos son mucho más listos.
-Pero no te lo crees -dijo tirando el palo y poniéndose de pie.
-¡Hombre creer, creer...! -dije sonriendo, pero cambié de opinión al mirarle y darme cuenta que hablaba en serio y estaba realmente enfadado- Claro que sí me lo creo, Morse.

Como no me vio muy convencida me invitó a ir a por el abrigo y acompañarle.
Cogimos su bicicleta, dijo que iríamos a las Hoces del Río Dulce para que lo sintiera con mis propios ojos. Yo sabía que con los ojos no se puede sentir, pero como él era mayor y estaba enfadado no se lo dije.

-¿A dónde has dicho que vamos? -pregunté.
-A lo alto del cañón -contestó a la vez que con un movimiento de cabeza me indicaba que subiera al asiento postizo de la bici.

También sabía yo que eso no me había dicho, pero con otro movimiento de cabeza asentí y abrochándome el abrigo me senté en el asiento.

Se acercaba el invierno y aquella mañana, aunque soleada, era especialmente fría. Morse me dejó sus manoplas de piel de cordero y la bufanda de su padre, pero aún así tuvimos que turnarnos en pedalear para entrar en calor.
Primero tomamos el camino paralelo al río que llevaba al pueblo donde había nacido la abuela, y desde allí, seguimos por un sendero casi oculto por la frondosa vegetación que nos raspaba en la cara en cuanto nos descuidábamos. Tardamos más de dos horas en llegar. Era la primera vez que me alejaba tanto de casa, y mi querido amigo, a quien ya se le había olvidado que estaba enfadado, decía que me fijara bien por donde iba para volver siempre que apretara la tristeza, y que era importante que aprendiera a escuchar al viento porque sus palabras sabían acariciar.

-¿Escuchar al viento?- pregunté con voz enmudecida de frío.

Al llegar arriba del todo dejamos la bicicleta apoyada en un seto, y seguí a Morse hasta una especie de mirador que se formaba en el saliente de una roca.

-Abre bien los brazos y respira despacio -me dijo cuando estuvimos al borde del precipicio.
Me coloqué junto a él y abrí bien los brazos... y los ojos.

-¡Si se ve el mundo entero! – dije olvidándome del frío.

 Miré a Morse y le vi convertido en parte del paisaje...
 

El viento silbaba.
El barranco era inmenso, o el vacío, o el aire.
Me sentía fascinada ante el abrazo de aquellas gigantescas paredes rotas, me sentía muy extraña, demasiado pequeña a la vez que muy grande. Dueña del precipicio del mundo, sirvienta del río de la vida.
El viento soplaba.
Veía el salto del río y notaba como los ojos se me iban llenando de agua. 
Dos águilas volaban haciéndose la corte en círculos debajo de la única nube que habitaba un cielo azul, encima mismo de nuestras cabezas.
El viento rugía.

Morse apretaba mi mano y gritaba con los ojos cerrados:

-Escucha al viento, Merche, escucha al viento.
-No le entiendo -respondía yo comenzando a llorar sin saber por qué.

En el verano del 65 Morse empezó a trabajar.
Su padre le había enseñado a conciencia el código morse, y aquel año, en el que se instaló por primera vez un campamento de boy scout cerca de Barbatona, buscaron a alguien que pudiera enseñarlo y le encontraron a él. Mi amigo estaba encantado y yo espantada.
¿Qué iba hacer dos meses sola?
La abuela casi me escupió cuando le dije que quería ir a un campamento.
 
-¿Y eso qués?-preguntó mientras recogía los huevos que habían puesto las gallinas y espantaba a los pollitos que la seguían con su voz atronadora.
-Una escuela entre chopos...
-¿No hago ya bastante por ti, desgraciá, dejándote ir a casa de la señá maestra?

Por lo que consideré el mejor regalo del mundo que, mi amigo del alma, me hubiera dejado su bicicleta mientras él no estaba.

Algunos días, durante aquellos abrumadores e interminables meses de calor, cuando mi abuela dormía la siesta, iba con Anita a la plaza a jugar a las canicas, otros al río a coger truchas o a bañarnos, y otros jugábamos a escondidos si venía su hermano. Pero me aburría con ellos. No sabían contar historias, ni me gustaba que Tomás siempre quisiera jugar a los médicos conmigo.
Solía ir las Hoces del Río Dulce dos veces por semana, los martes y viernes que era cuando no tenía que ir a lavar al río y era más difícil que notaran mi ausencia, aunque a veces me quedaba sentada bajo las murallas del castillo de Pelegrina por no pedalear más. Aquello también era mágico y misterioso, y a mí me encantaba leer en voz alta al viento.
En voz alta, en silencio, en la mente...
Leía siempre.
En cualquier parte.

28 sept. 2015

Mercedes (capítulo Primero II)


Un día doña Asunción, la maestra, se acercó a la fuente cuando leía sentada en el borde del pilón mientras dejaba llenar un cántaro de agua.

-¿Te gusta mucho Delibes, Mercedes?- me preguntó.
-Mucho, este libro se llama El camino.
-Es fantástico que leas, pero tienes que leer de todo. Siempre te veo con la misma lectura.
-Es que El camino es el libro que más me gusta y... -lo cerré y guardé en el bolsillo de mi delantal, retiré el cántaro del pilón pues hacía un buen rato que no cabía una gota más, y con cara de haber cometido un pecado y no estar arrepentida la miré- ...no tengo otro -dije a modo de despedida.
-Yo te puedo dejar los que quieras. Pásate por mi casa luego.
-Luego no podré -le dije mientras me colocaba el cántaro encima de la cadera- ¿Mañana? -pregunté empezando a subir la cuesta que conducía a casa de mi abuela.
-Mañana -la oí contestar.

Al día siguiente fui a casa de la maestra. Me hizo pasar a la habitación que siempre estaba cerrada cuando estudiábamos, tropecé al entrar con un sillón al que di los buenos días y al fondo vi una chimenea apagada que me llamó payasa. Doña Asunción se quedó detrás de mí y subió la persiana. Con la luz del día descubrí que las paredes estaban llenas de estantes, y estos de libros. Libros de todos los colores y tamaños; debí emitir una exclamación de sorpresa porque enseguida dijo:

-Estos libros son del pueblo, al menos la mayoría. Antes de la guerra estaban en la sacristía de la iglesia, luego mi tío los trajo aquí por seguridad, y ahora esto se ha convertido en la biblioteca de todos. Lamentablemente casi nadie sabe leer y los que saben no tienen tiempo... -alzó los hombros en un gesto de resignación y me señaló un rincón- Ahí tienes los autores que quiero que leas.

Me costó decidirme. Ella me animó a que me llevara La regenta pues a Clarín le estudiaría al año siguiente; Historia de una escalera lo elegí yo porque me dijo que el hombre que lo escribió nació en Guadalajara; y aunque me quedé estupefacta al encontrarme un libro que se llamaba La casa de Bernarda Alba y quise llevármelo, me dijo que era mejor que cogiera algo de poesía y me dio un libro de poemas de García Lorca.

-Y no te preocupes, si algo no entiendes te lo explicaré encantada.
-Se los devolveré en unos días -dije cuando me iba.
-Creo que debes quedártelos durante todo el verano -me dijo riendo de una forma que no entendí, a no ser que supiera que yo sin Morse y sin leer podría volverme loca.
 
Aquel día estuve leyendo en el casillo de las gallinas hasta que oscureció. Después de encerrarlas fui a cenar y pregunté a la abuela si me dejaba encender un rato la bombilla de mi cuarto o llevarme su quinqué. Me miró con ganas de pegarme un guantazo y me senté rápidamente delante de mi escuálida tortilla y el trozo de pan con tomate. “Si al menos saliera la luna podría seguir siendo Ana Ozores y pasear por Vetusta. Es imposible que el señor Clarín no pensase en mí al escribir su novela...”

Una sonora colleja cortó de cuajo mis pensamientos.

-¿Ahora tás sorda o qué? Te dicho que me alcances el botijo, y te prohíbo que vuelvas a mirar los libracos que ta dejaó la señá maestra durante el verano...
-Pero abuela..
-Que te calles y me alcances el botijo, leches. El verano es pa trabajar en la huerta y no me sirves con esa cara de idiota y el día en las nubes.

Por una vez mi abuela tenía razón. Me había calado de tal forma el empezar a leer La Regenta que se me olvidó disimular que soñaba para vivir, pero ya me encargaría yo de que no me volviese a pillar.
Hacía años me habían separado de la melliza que no recordaba y no iba a permitir que nadie me separase de Ana Ozores.
Ni páginas escritas, ni palabras que no entendía, y mucho menos, la abuela Bernarda.
Así que, aprendí a despertarme con el sol y leer hasta que sonaba el viejo despertador, a leer en los rincones, a leer mientras cavaba patatas, recogía ciruelas, a leer en la hora de la siesta, y hasta cuando tenía el libro cerrado.
Y al declinar el día, unos infantiles pies arrastrados me llevaban a cerrar las gallinas.
 
Cuando acabé de leer La Regenta y pude dormir el cansancio, volé pedaleando hasta el alto de las Hoces. Volé a gritarle al viento que el señor Clarín además de escritor era adivino; le grité al viento que estaba plenamente convencida de que la novela sería el más potente oráculo de mi vida ya que mi existencia estaría marcada por tres hombres.
Al concluir mi exaltado y alborotado discurso ocurrió algo muy curioso: el tenue y casi imperceptible silbido del viento calló.
Me senté a los pies de la roca que hacía de mirador intentando saber qué pasaba. Cerca de mí se posó un buitre y observé durante una breve eternidad como se acicalaba las plumas con el pico. Empezaba a hacer frío y a apagarse el día, pero el viento seguía callado. Volví a gritar y el buitre salió volando.

-¿Qué te pasa...? ¿Por qué ya no me acaricias? -después de escuchar al eco dos veces hacerme burla, continúe gritando mientras me ponía de pie-. Lo siento mucho, tengo que irme.

Y enroscándome una trenza susurré:

-¿Es posible sentirse viento? ¿Vivir sobre ti y tus palabras?... No te preocupes, juro que aprenderé a escucharte.
 
A los pocos días comencé a leer el libro de don Antonio Buero Vallejo. Estaba en la huerta y tenía que regar las lechugas, pero como la abuela se había ido a visitar a su hermana Micaela que vivía en Pelegrina, decidí sentarme bajo el ciruelo un rato y abrir el nuevo libro.
Ana Ozores se resistía a quedarse fuera de la historia, mas los inquilinos de la escalera no la dejaron entrar.
Bajo el ciruelo, aquella tarde, antes de que se pusiera a llover, empecé a hacerme mayor. Al final del verano cumpliría trece años y aun así, la desilusión y amargura encerrada en aquel libro supe que eran las mismas que envolvían mis días. No me tranquilizó el darme cuenta de que yo buscara la alegría a pesar del dolor, o de la carencia, o como se diga. Ni me tranquilizó el saber que irradiaba vida como dijo el señor cura...
Había ido a hablar con él para que me buscara un sitio donde estudiar en Sigüenza, o un convento para meterme monja, o una casa para servir, con tal de que me sacara de casa de la abuela cualquier cosa valía. Le dije que yo no podía quedarme a vivir siempre en la misma escalera... Al llegar a este punto de la conversación don Cosme me miró con cara de indulgencia misericordiosa.

-Merceditas, hija –dijo-, sospecho que te dejas influenciar en demasía por lo que lees.

A aquellas alturas del verano era de dominio público que su sobrina me había dejado tres libros y cuales habían sido.

-Se equivoca, señor cura -le contesté muy ofendida- es cierto que estoy leyendo el libro del señor de Guadalajara, pero es que su novela es un fiel reflejo de mi realidad, y escúcheme bien -me levanté haciendo ademán de irme y le señalé con un dedo-, usted será el culpable, estoy plenamente convencida de ello, si esa novela se convierte en el más potente oráculo de mi vida.

Me fui de su despacho dando un portazo. 

Unas horas después advertí por el ventanuco de la cocina que don Cosme se acercaba a la casa. Me hubiera hecho gracia cómo se arremangaba la sotana con una mano mientras que con la otra sostenía un enorme paraguas negro, si no me hubiera picado tanto la conciencia. Me escabullí a mi cuarto antes de que entrara en el portal.

-¿Qué te trae por aquí con la que está cayendo? -oí preguntar a la abuela.
-Si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma -dijo don Cosme.
-¿Y yo que soy la maroma o la montaña? Déjate de monsergas y pasa a la cocina que me se queman los calabacines.

Bajé al rellano de la escalera y pude oír al señor cura decirle a mi abuela que sería bueno mandarme a las Ursulinas...

-¿Al convento? -preguntó la abuela entre risas- La María de las Mercedes no sirve pa’acatar las órdenes de quien no le tire de las orejas, que se lo digo yo. A más, ¿quién me va ayudar, eh?... Ni hablar, señor cura...
-Pero mujer que se puede estudiar con las Ursulinas sin ser monja.
-Que dicho que no.
-Te va a pesar, Bernarda, te va a pesar. Merceditas está en una edad..
-En la que toavía se arregla con dos buenas hostias.
-No seas bruta mujer y dime al menos que lo pensarás. La niña necesita una oportunidad...
-¿Cómo la que tuve yo por cuidar de ella no yéndome con mi hija? -Tronó la abuela- ¿O Isabel porque no quisiera el gitano operar...? ¡Cagoen la puta, Cosme!¡Dios los cría y ellos se juntan… nos ha jodío! Anda, anda, anda, no escarbes y lárgate.

 El señor cura salió al portal sin un gesto en la cara, abrió el paraguas negro y se fue. Desde las escaleras le vi alejarse mientras buscaba a mi hermana entre las sombras para que me contara de qué hablaba la abuela.

Dos semanas después volaba pedaleando de nuevo hacia las Hoces. Estaba más excitada que nunca y nada más llegar a lo alto dejé la bicicleta de cualquier manera, me senté en el suelo y abrí el libro que llevaba conmigo. Comencé a leer en voz alta:

<<Amargura dorada en el paisaje,
El corazón escucha
En la tristeza húmeda
El viento dijo:
Yo soy todo de estrellas derretidas
Sangre del infinito.
Con mi roce descubro los colores
De los fondos dormidos.
Voy herido de místicas miradas
Yo llevo los suspiros
En burbujas de sangre invisibles
Hacia el sereno triunfo
Del amor inmortal lleno de Noche...>>

Mientras seguía leyendo los versos de García Lorca sentía que mesaban mi cabello con dedos de espliego. La suave música del poema me iba cubriendo al unísono que el viento se confundía con mis palabras...
Estuve toda la tarde leyendo en las Hoces del Río Dulce borracha de poesía, estuve toda la tarde escuchando al viento.
Sí, porque su silbido, rugido, brisa, o aliento, son la alegría y tristeza del mundo; el llanto del poeta demasiado joven para morir, la sonrisa de la hermana que no podía recordar, y la mirada de un mañana que vive para olvidar.

Mercedes (1 -II)


 

Oía cantar al ruiseñor mientras restregaba sobre la losa el lamparón de aceite del delantal de la abuela. Pero ni los dulces trinos conocidos ni las crueles listezas de la señora Angustias, eran suficientes para apartar de mi pensamiento a Morse.
Aquella mañana cuando había encontrado la amapola y la nota con un escueto “Feliz cumpleaños”, había sentido lo mismo que la noche anterior cuando llegó del campamento y fue a verme. No supe qué decirle, ni me atreví a abrazarle. ¡Estaba tan distinto! Un poco más alto, muy moreno, con el pelo largo, y no me pareció bonito sino guapo. Y sus ojos... sus ojos brillaban tanto al mirarme que no me dejaron decirle ni hola.
Hubiera jurado que tenía mariposas en el estómago si no hubiese cenado pollo.

-¿Vamos a dar una vuelta y me cuentas lo que has hecho este verano?  -preguntó.

La abuela que estaba sentada junto a mí en la puerta de la casa con sus manos cruzadas sobre la panza, me miró con un ojo cerrado y dijo que era hora de dormir. Mas en ese momento llegó corriendo la señora Felisa gritando que su hija se había puesto de parto y no encontraba al médico. Mi abuela se levantó de un salto dispuesta a acompañarla en sus correrías, y yo me fui con Morse.

Paseábamos como dos amigos desconocidos por la orilla del río.
A veces nos  mirábamos y sonreíamos, o tirábamos piedras a la noche.
Risas nerviosas, empujones precipitados, carreras inconclusas, y una luna sin voz.
Cuando me cogió de la mano y deseé que no me soltara nunca, le di un beso en la mejilla de buenas noches y regresé a casa.
La abuela no había vuelto aún. Subí las escaleras camino de mi habitación, pero sin saber por qué encendí una bombilla y entré en su cuarto.
La ventana estaba abierta y los raídos visillos blancos ondeaban sobre una brisa que espiaba intimidades. Me dirigí hacia el ajado armario, dejando a un lado la enorme cama de hierro que ocupaba casi toda la estancia, y lo abrí buscando el espejo que había tras su puerta.

Me observé en él largamente.
Sin moverme.
Mi pelo era tan rojo como una solitaria y sucia teja. El pichi verde dejaba al descubierto unas huesudas rodillas, los largos y morenos brazos caían olvidados a su lado, y para colmo, el insulso vestido señalaba sin disimulo la forma redonda y alta de unas montañas de reciente invención.
¿Cómo podría gustarle a alguien alguna vez?
Hacía días que la abuela se había empeñado en comprarme un sujetador en Sigüenza, decía que las domingas tenían que ir bien quietas. Y esa discreta jaula que me obligaba a poner encarcelando mi pecho era la culpable de que Morse me hubiese mirado así. Sólo ella. Me desabroché el pichi y solté la aplastante prisión.
 Miré de nuevo hacia el espejo.
Continué mirándome con una curiosidad desconocida mientras el vestido caía al suelo.
Oí voces que decían que había sido niño. Recogí el pichi verde, apagué la bombilla y me dirigí a mi habitación intentando comprender la visión de aquel cuerpo que ocupaba el mío propio.

Dos semanas después empezamos a ir a casa de doña Asunción. No había visto a Morse desde la noche en la que fue a buscarme, decían que se había tenido que ir unos días a Cifuentes a ayudar a su tío Israel, y aquel día, cuando le encontré sentado en su pupitre bostezando sin remilgos y con el pelo mal cortado a tazón, corrí a abrazarle como si no le hubiera visto en todo el verano.
En cuanto acabó la copiosa charla de la maestra, le acompañé a su casa a recoger las tortas de la señora Angustias. Por el camino nos íbamos robando las palabras, queríamos sentir el verano del otro. Con las tortas de avena ya en la mano dije que tenía que devolverle la bici...

-Vale, tráela luego que tengo ganas de subir a las Hoces.
-¿Puedo ir contigo?
-Pues claro, pero ¿desde cuándo necesitas pedirme permiso?-preguntó mirándome con los mismos ojos que cuando vino del campamento.
-Desde... Ah no nunca, venga, claro, pues, luego... Luego vengo.

Volví la cabeza mientras me alejaba y le vi salir sonriendo de la tienda. Comencé a pisar con furia la sufriente cuesta que llevaba a casa de la abuela mientras decidía que aquella tarde no me pondría el sujetador. “Me hace sentir boba ésta prisión, me aprieta los nervios y llama demasiado la inclinación de la mirada”.
Cuando horas más tarde llegamos a lo alto del cañón, nos tuvimos que refugiar bajo la sombra de un chopo enano. El sol picaba en exceso. Me sentía mareada y lo achaqué a que estaba sudando. No habíamos dejado de hablar desde que nos encontramos después de comer. Le hablé de los libros que había leído, pero sobre todo le hablé de la poesía de Lorca y de aquella tarde en la que escuché al viento por primera vez. Luego Morse me contó cómo se había sentido siendo profesor, y me hizo una propuesta increíble...

-Merche, ¿te encuentras bien? -dijo poniendo su mano en mi frente- ¡Estás muy pálida!
-Estoy algo mareada... pero ya se me está pasando.
-¿Seguro?

Moví afirmativamente la cabeza, y él preguntó si me gustaría aprender el código morse. Le miré con sorpresa, ¡no podía estar hablando en serio!, el código era la sangre de su familia, su secreto, ¡y lo quería compartir conmigo! Acepté entusiasmada y aquella misma tarde empezó a hablarme de puntos y líneas, de sonidos acústicos tan breves y rápidos que me pareció imposible que alguien pudiera comunicarse así.
Mientras volvíamos al pueblo, caminando a ambos lado de la bicicleta que Morse guiaba con una mano a la vez que con la otra sujetaba los libros sobre el sillín,  yo anotaba en mi cuaderno las vocales del código morse:

A: punto y línea; E: punto; I: dos puntos; O: tres líneas; U: dos puntos y una línea.
 
Al despedirnos me volvió a preguntar si me encontraba bien. Respondiéndole ¡qué sí, pesado! entré en casa. Estaba tan mareada que tuve que mirar dos veces lo que la abuela agitaba con una mano desde el rellano de la escalera para reconocerlo.

-¿Pero qué hace usted con mi sujetador?

Vale que me hubiera pillado haciendo novillos, pero...

-Que sea la última vez -gritó- que sales de la casa con las domingas brincando, cacho pécora. ¿Mas oído?

Imposible no oírla aun cuando me zumbaran de aquella forma loca los oídos.
Y no sé por qué se acercó a mí con un vaso de agua y me ayudó a sentarme en un peldaño ordenándome que pusiera la cabeza entre las rodillas.
El día siguiente lo pasé en la cama, y si no llegué a sentirme mimada, sí lo hice servida. Y al siguiente bajamos la abuela, doña Asunción y yo, en la furgoneta del panadero a Guadalajara, al hospital Ortiz de Zarate.

Una de las monjas salió corriendo detrás de mí por unos pasillos tan largos como blancos, cuando oí decir que me quedaría ingresada unos días. ¡No quería! Allí no, allí olía a inyección. Pero me alcanzaron y dejaron entre paredes, azulejos y sábanas blancas cinco días, y al sexto volví al pueblo. Volví convertida en heroína aunque sólo me habían pinchado dos veces.

Doña Asunción y la abuela me dijeron que pronto empezaría a ser mujer y que la anemia había vuelto...

-¿De dónde?
 
Una de ellas sonrío con los labios apretados, mi abuela abandonó la cocina rezando por lo bajo, o por lo menos movía los labios con cara de enfado, y regresó con una caja de pastillas.

-El señor médico dice que estás falta de plomo...
-De hierro, Bernarda, de hierro - corrigió la maestra.
-Y que tendrás que tomar pastillas la vida.

Miré con tanto susto la caja que me tendía la abuela que se me olvidó decirles que hacía dos días que había empezado a sangrar por abajo, y que según me explicó una monja al darme unos paños blancos para que no manchara las bragas, esa sangre me vendría una vez al mes durante treinta años.
Además de heroína me sentía enferma, ¡y si encima tenía que empezar a ser mujer!
 
Un mes después mientras disimulaba un horrible dolor de tripa que me hacía sangrar de nuevo, doña Asunción nos leía poesías de Bécquer en la amplia habitación de su casa que hacía de escuela. Miraba por la ventana las hojas del moral bailar con el viento, y recordaba con envidia mi propia lectura de poesía en las Hoces. No había vuelto a ir allí desde antes de estar en el hospital, ni siquiera me había vuelto a arrimar a Morse fuera de casa de la maestra. La abuela me lo había prohibido...

-Y ahora te voy a hablar en segunda persona: ten presente que el Señor te enviará el peor de los castigos si te acercas a los chicos...

-¿A Morse también, abuela?
-También.
-Pero si es mi amigo...
-Esos son los peores -zanjó mi abuela saliendo del casillo al mismo tiempo que el gallo corría detrás de la gallina más ponedora...
 
<<Por una mirada un mundo,
Por una sonrisa un cielo
Por un beso...
Yo no sé que te diera por un beso>>
 
Doña Asunción seguía leyendo mientras una vaga sonrisa se perpetuaba en su cara. Yo no sabía que la poesía de Bécquer fuera tan romántica, sus palabras eran tan hermosas que me hacían olvidar el infierno que roía mis entrañas. Sin darme cuenta miré hacia donde estaba Morse, me estaba mirando, y además se había contagiado de la vaga sonrisa de la maestra, aunque para ser sincera debería reconocer que en su cara la sonrisa de vaga no tenía nada. Volví mis ojos rápidamente hacia el moral. Intenté volver a sentir envidia de mi lectura en las Hoces, pero me di cuenta que yo también me había contagiado...
 
<<¿Qué es poesía?
Dices mientras clavas tu pupila azul en mi pupila,
¿Qué es poesía?
Y tú me lo preguntas...
Poesía eres tú>> 

-¡Ay!-

Juro que suspiré hacia dentro, pero me oyeron todos.

-Bueno, ya basta por hoy -y mirándome con cara de preocupación doña Asunción me dijo-, es mejor que te vayas si te duele mucho... -y dirigiéndose a los demás les comunicó que yo tenía la gripe.

“El señor te enviara el peor de los castigos...” recordé al coger la nota que Morse me dio al pasar junto a él cuando me iba. La oculté en mi libreta y no me atreví a leerla hasta que estuve lejos de casa de la maestra:

‘¿Qué te pasa? ¿Por qué dijo tu abuela que ya nunca serás mi amiga?’
 
Rompí con  tristeza el papel.
Estaba a punto de ponerme a llorar cuando recordé a Ana Ozores y supe que tenía que ir a confesarme con don Cosme.
La iglesia estaba vacía y demasiado oscura, pero me hacía sentir en paz. Me senté en un banco buscando el perdón y sin dejar de mirar a la pila donde una vez me echaron agua después que a mi hermana.

-Merceditas...-

El susurro del señor cura fue un grito inesperado entre tanta quietud. Me aproximé hacia el confesionario. Don Cosme estaba escondido allí.

-Necesito confesarme -le dije cuando le vi.
-Muy bien, entra... -dijo cerrando un libro negro.
 
Me arrodillé e incliné hacia los agujeros por los que tenía que hablar...

-Ave María -dije santiguándome.
-...Purísima,  Merceditas –le oí decir.
-Sin pecado concebida... –contesté rápido.

Me pareció oír a don Cosme gruñir y me callé.

-A ver..., de qué te quieres confesar.
-Me acuso de haber leído el papel que me ha dado Morse.
-¿Y qué ponía en el papel?
-Que por qué ya no quiero ser su amiga...
-¿Y por qué no quieres, Merceditas?
-Pues... -me parecía raro que no lo supiera y bajé aún más la voz- ...porque el Señor me enviaría el peor de los castigos.
-¿Quién te ha dicho eso?
-Mi abuela. Dice que ahora no me puedo arrimar a los chicos.
-Pero Morse es tu amigo...
-Esos son los peores -sentencié orgullosa por saberme la lección de la abuela. 
 
El señor cura sólo me mandó rezar un padrenuestro y que volviera al día siguiente. Al salir de la iglesia me santigüé con rapidez dos veces porque le vi sonriendo con cara de indulgencia misericordiosa y me asusté. 
Don Cosme me recibió en su despacho al día siguiente, estaba con él su sobrina, doña Asunción. Ella me explicó que no pasaba nada por acercarme a los chicos, tampoco si me acercaba a Morse, siempre y cuando no hiciera nada malo, ni les diera besos, ni me dejara tocar...

-No, si a mí nunca me ha gustado jugar a los médicos...

A la señora maestra se le debió escapar la carcajada que me hizo mirarla con los ojos muy abiertos porque enseguida pidió perdón, pero don Cosme dijo a la vez que se levantaba de una silla que había puesto a mi lado, y se volvía a sentar:

-Mejor, Merceditas, mejor...

Yo no sabía si debía levantarme también, si debía contener la risa como la maestra, o si podía soltar el miedo a que se chivaran de mis juegos prohibidos. Y todo por bocazas. Pero me tranquilicé cuando siguieron diciendo que no hiciera mucho caso a la abuela en ese tema, que ella era ya muy mayor, y había pasado mucho...

-Lo mejor es que sigas el ejemplo de la santísima Virgen, Merceditas, hija, se pura y actúa siempre con pulcritud y decoro -decía el señor cura mirando al cielo mientras doña Asunción me empujaba sutilmente para que me fuera.
 
Una semana después, aprovechando que la abuela pasaba la tarde cuidando el ataque de reuma de la señora Angustias, volví a subir con Morse a las Hoces. Cuando después de lo que para mí se asemejaba a un lustro, volví a sentarme en la roca que hacía de mirador y dejé mis piernas colgando al vacío, el tiempo desapareció.
Ayer, hoy y mañana eran lo mismo.

Siempre lo habían sido. 
Inspiré profundamente y solté el aire muy despacio a la vez que cerraba los ojos. El suave viento me envolvía, acariciaba, me devolvía la vida, a mi hermana, se llevaba las penas...

No me hacía falta ver a Morse, le sentía, sabía que me estaba mirando y sonreía; tampoco nos hizo falta hablar en toda la tarde. Sólo mi mano buscó la suya. Sobraban las palabras, al menos las que no llevaba el viento.
No sé si fue entonces cuando el Señor me envió el peor castigo, pero cuando Morse rozó mis labios con los suyos supe que le querría siempre.