Silencios contados a media voz. Sonrisas
quietas en labios mudos. La historia de una vida y de las vidas que acompañaron
a ésta. La historia de mis gentes, de nuestras gentes, de una guerra entre
hermanos. Historias de la historia trazadas con una pluma ágil, costumbrista,
tan experimentada y precisa como lo es la de los mejores narradores
contemporáneos. Todo eso y más es, Las palabras del viento, de María Narro. Una
obra que, sin lugar a dudas, se merece un puesto destacado en nuestra narrativa
contemporánea. Una historia que te arrancará sonrisas, lágrimas y admiración,
como suele hacerlo un trabajo preciso y lleno de magia”
Antonia J
Corrales. Escritora y Correctora
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Fue un amago de Guernica, lo has hecho de maravilla. Con esa sensibilidad
que roza el dolor sin perder la sonrisa. Sigüenza se merece un sitio en la
historia que le corresponde.
Y tú la has colocado donde se
merece...
Almudena (Madrid)

La novela...

La novela...
(cada capítulo lleva nombre de mujer)

18 sept. 2015

Bernarda Alba (5 -II)


Unos días después aprovechando que Jacinto iba al mercado de Sigüenza a por simientes y algunos aperos de labranza para la cuadrilla que trabajaba las tierras que le quedaban, Bernarda decidió ir con él y pasarse por el hospicio.
Dejó a Juanito en la escuela, y, abrigando a la pequeña Alicia, subió al carro. El solitario sol en aquel cielo raso engañaba más que otra cosa y madre e hija se echaron una manta por encima.
¡Qué bueno sería comprar ese automóvil que le han ofrecido a Jacinto!

-A ver la República qué hace con nuestro dinero -decía su marido.

En el hospicio las recibió Pilar que estaba enseñando a andar a la niña Lucia...

-Mírala –dijo Bernarda cuando las vio-, ¡pero qué preciosidad de niña, Virgen bendita!
Fernanda no estaba allí, tenía el día libre, y Pilar aprovechó para enseñarles aquello dejando a las dos niñas jugando con los demás chiquillos. Las salas eran inmensas y llenas de luz; conocieron a la gobernanta además de estrechar muchas manos agradecidas no sabiendo ellos muy bien el porqué. Jacinto enseguida dijo que se tenía que ir y que la esperaba cerca del mediodía en la plaza mayor. Cuando Bernarda sintió que ya no había presencia masculina que la cohibiera se agarró del brazo de Pilar y le dijo:

-Esto es más cosa de mujeres ¿verdad? –Pilar asintió esbozando una sonrisa forzada-. Dime por qué quieres que la adoptemos –dijo mirando a Lucía que jugaba con la pequeña Alicia.
-Mi hermana y yo no queremos que se la lleve cualquiera, la trajeron cuando sólo tenía un mes y la hemos cogido mucho cariño. Ya casi tiene el año, es una niña muy sana y...
-La verdad, Pilar –dijo Bernarda cortándola.
-¿La verdad? No te entiendo, Bernarda...
-Sí, sí mentiendes... puede que a mi hermana, que de lo buena que es parece medio   tonta, la hayáis engañado pero a mí no.
-No te entiendo, en serio...
-Mira, Pilar, llevo más de dos años sin verte, estás más gorda... como si hubieras parido, y la pequeña tiene tus ojos ¿Mentiendes ahora o llamo a la gobernanta pa preguntarle quién amamanta a la niña Lucía?
-No hace falta, Bernarda, la amamanto yo y sí... es mi hija –le contestó Pilar mirándola a los ojos y con la cabeza muy alzada.
-Eso está mejor... y ahora ¿me lo cuentas?

La explicación era sencilla, la historia de Micaela se volvía a repetir. Seminarista deja a chica joven preñada y lo niega. O Bernarda era muy tonta o cada vez entendía menos la atracción de lo prohibido “lo que no se pue pues no se pue ¡Qué se metan a putos y no a seminaristas, leches!”; pero lo que sí entendía eran las mentiras e invenciones de Pilar y de Fernanda por estar cerca de la niña Lucía. Y por eso, sólo por eso, dijo que su techo sería el de la niña cuando tuviera tres o cuatro años y dejara de amamantarla. Firmarían los papeles, ante el alivio de Pilar, y nadie que no fuera Bernarda se la podría llevar.
Impensable era que una mujer soltera como ellas se hiciera cargo de su hijo, ni siquiera en el hospicio.

Pasado el mediodía Bernarda, con Alicia en brazos, buscaba entre los puestos de la plaza mayor a su marido. Tenía tantas ganas de contarle lo de la pequeña Lucía; sabía que no se iba a oponer porque le gustaban mucho los niños. “Dentro de tres años la tendremos en casa, vendremos cada mes a verla para que se acostumbre a nosotros, y seguro que yo pa cuando nos la llevemos ya tendré dos niños más”. Nada... que Jacinto no estaba allí. “Ya estará con el politiqueo”.
Plaza Mayor, Sigüenza año 1.912

Siguió esperando mientras la niña se empezaba a dormir.

-¡Qué pacencia y qué aburriá me tiene con las políticas!
-¡Pelea, pelea! Hay pelea en la bodega del Isidro –dijo un niño que pasó corriendo a su lado.
-¡La madre que le parió! –dijo Bernarda cerrando los ojos e intentando recordar por dónde se iba a la bodega.

Le encontró en la puerta medio mareado, echaba sangre por la boca y Bernarda corrió hacia él. Una de las mujeres que había entre un grupo de curiosos dijo que ella le sujetaba a la niña. Dudaba de todo pero tenía que socorrer a su marido y al mirar aquella mujer y ver a Encarna, la mujer de Zacarías, asintiendo con los labios apretados le entregó a la pequeña.

La sangre es muy escandalosa, además de dos dientes rotos y varios moratones por todo el cuerpo no tenía nada. Eso dijo el médico después de examinarle en el consultorio al que les habían llevado Zacarías y Encarna.
Una vez que los tres hubieron salido de Sigüenza y Jacinto se sintió arropado por la seguridad que le daba vislumbrar de nuevo su casa en el horizonte, empezó a hablar cuando la niña, todavía asustada, se quedó dormida.

-¡Cacique... me llamaron cacique porque digo a quien me quiere escuchar la verdad... esto de la República no tiene solución y si no al tiempo! ¿Cacique yo? ¡Mecagonlahostia que gente más cerrá! Si no está allí el Zacarías me matan.

Bernarda no dijo nada, no tenía nada que decir, tan sólo abrazó a su pequeña protegiéndola del frío y de las dudas que producen no saber qué está pasando.

1 comentario:

María Narro dijo...

éste es uno de mis capítulos preferidos. Yo de pequeña iba a ayudar a un asilo que había detrás del parque de la Concordia, y eché mano de los recuerdos.
Los diálogos... Bernarda tomó el mando. Cuando Pilar empieza a no entenderla, yo tampoco podía. Me paraba unos diez minutos y seguía escribiendo.
¡Toma!
Fue precioso y muy grande darles vida a mis personajes.