Silencios contados a media voz. Sonrisas
quietas en labios mudos. La historia de una vida y de las vidas que acompañaron
a ésta. La historia de mis gentes, de nuestras gentes, de una guerra entre
hermanos. Historias de la historia trazadas con una pluma ágil, costumbrista,
tan experimentada y precisa como lo es la de los mejores narradores
contemporáneos. Todo eso y más es, Las palabras del viento, de María Narro. Una
obra que, sin lugar a dudas, se merece un puesto destacado en nuestra narrativa
contemporánea. Una historia que te arrancará sonrisas, lágrimas y admiración,
como suele hacerlo un trabajo preciso y lleno de magia”
Antonia J
Corrales. Escritora y Correctora
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Fue un amago de Guernica, lo has hecho de maravilla. Con esa sensibilidad
que roza el dolor sin perder la sonrisa. Sigüenza se merece un sitio en la
historia que le corresponde.
Y tú la has colocado donde se
merece...
Almudena (Madrid)

La novela...

La novela...
(cada capítulo lleva nombre de mujer)

15 sept. 2015

Bernarda Alba (11-I)



D. JOSÉ CALVO SOTELO
Murió asesinado en la madrugada del 13 de Julio de 1936
   RIP

                                                                                 España entera se asocia  
                                                                      al intenso dolor y pide
                                                                                         a todos los españoles                                                                                   una oración por el eterno
                                                                                       descanso de su alma.        

-¡Si no había pocos problemas parió la abuela! –dijo Jacinto arrojando el periódico sobre la mesa-. Lee, lee la esquela y verás.
-¡Dios bendito, pobre hombre! y... éste don José ¿quién es?
-¿Que quién es, Bernarda? ¿Qué quién es? –preguntaba Jacinto siguiendo el olor del pastel que estaba preparando su mujer-. Pues un... un parlamentario creo, pero eso es lo de menos, el caso es que era de los nuestros...
-¿De los nuestros? –preguntó la mujer llevándose una mano al vientre. .
-Bernarda... –decía viéndola sacar el delicioso manjar del horno de leña- o estás con la República o contra ella ¿mentiendes? No hay otra opción.

Ninguno... nadie podía imaginar ni una cuarta parte de lo que se escribió en no sé que libro del destino; la barbarie y el odio absurdo entre hermanos que nunca debió haber ocurrido.
 
Bernarda estaba embarazada de cinco meses y la niña Lucía a punto de irse a vivir con ellos. Su hermana Micaela acudía a su casa todos los días a ayudarla, el médico le había mandado cierto reposo para no malograr ésta vez el embarazo. Aunque no se hablaba con Jacinto desde que descubrió que era amigo de Zacarías, la pequeña Alicia y Juanito la adoraban. Había conocido al argentino y Dolores que con sus trillizos venían de visita muchas tardes, pero quien le hacía bailar los vientos, según decía Bernarda, era don Perico, el maestro republicano. Micaela ya no tenía edad para enamorarse como una chiquilla... pero el corazón es caprichoso e iba casi todas las mañanas a barrer la puerta de la escuela, o a buscar a Juanito y Alicia sólo por verle.

Don Cosme seguía sin aparecer. Había escrito al nuevo alcalde diciéndole que por la enfermedad de su anciano padre tardaría en volver. Antonio, el marido de la señora Felisa, había sido nombrado alcalde hacía seis meses... “Como es republicano no tiene prisa en sustituir al párroco, ¡hay que joderse!”, decía Jacinto. La vida en el pueblo transcurría entre dimes y diretes pero sin misa, o entre malas caras pero sin golpes. Rencores sí, rencores callados muchos.
Los que menos aguantaban la falsa armonía del pueblo eran los chavales de quince años, sobre todo Juanito y Sergio, el hijo mayor de la señora Angustias. Esos dos que se la tenían jurada desde que el maestro quitó el crucifijo del colegio. Se saludaban a empujones, se daban patadas cuando no los veía nadie, y encima a los dos niños les gustaba Carmina, la hija del alcalde.

-Tú eres hermano del cacique, chaval. A Carmina y a mí nos gusta la Pasionaria...
 

-Pasionaria ni leches –decía Bernarda mientras curaba la nariz a su cuñado- ¡y yo que sé quién es esa! Si es una mujer que se dedica al politiqueo mal vamos... y te me olvidas de todas las Pasionetas del mundo pero ya... y te me metes en tu dura mollera que tu hermano no es ningún cacique pues fue el más pobre de tós hasta que os dio la herencia vuestro tío. No hay que defenderle de porque nunca ha robado... ni se cree el amo de nadie... tiene jornaleros y bien remajas que tienen sus casas tós. Lo que pasa es que tu hermano no es tonto –le seguía diciendo cuando acabó de curarle-, no le gusta que le quiten lo que es suyo y no se calla. Amás... –dijo volviendo sobre sus pasos pues ya se iba a guardar el botiquín-, y ahora te voy a hablar en primera persona: a mí el maestro me quiere atontar la cabeza, pero tu hermano, tú, Alicia, la niña Lucía, el bebé que viene y mi hermana me sujetáis los pies al suelo... ¡Porque siempre ha habido pobres y ricos, Juanito, mande la República, la pasioneta, los de izquierdas o derechas o el Cristo bendito...!

El sábado veinticinco de Julio por la tarde Jacinto llegó muy pálido a casa. Mientras segaba con sus hombres había visto entrar en Sigüenza a cie
ntos de soldados armados, primero muchos y luego más. Ordenó a su familia que se quedara en casa y él se fue a la escuela por si don Perico sabía qué estaba pasando. No le encontró pero oyó una radio demasiado fuerte que provenía de casa del señor alcalde, tenían una ventana abierta y se veía a varios del pueblo pendientes de las noticias.
Jacinto se apoyó en una esquina de la casa concejo y encendió un pitillo. Se hablaba de un alzamiento militar. Vio acercarse al Satur y al argentino con las manos en los bolsillos, no había nadie más en las calles. Los tres fumaron en silencio aquella noche de principios de verano del  36.

Dos días después subió a Sigüenza para hablar con Zacarías, y allí terminaron sus dudas. Estaban en guerra. Acababan de matar al obispo, don Eustaquio Nieto Martín, y al limosnero de la catedral. Soldados con fusiles hasta los dientes paseaban las calles con tanques. Escondiéndose llegó a casa de su amigo...

 -Las tropas de Franco se acercan y esto es un polvorín a punto de estallar –le dijo éste mientras cargaba el auto con su familia ya dentro.
-¿Las tropas de Franco? ¡Los nuestros!
-¡Escúchame bien, pregonero, qué te arreo una leche! –Zacarías sólo le llamaba así cuando se enfadaba-, aquí no hay nuestros que valgan, nadie sabe quién ha matado al obispo y al deán. Los nacionales están ya casi en Alcolea y van dejando un reguero de sangre. No sé sabe quién es quién... Mira –le dijo subiendo al auto- yo me llevo a mi familia a Pelegrina y tú coge a tu mujer y los niños y métete en casa... y ni se te ocurra venir por aquí hasta que Franco tome Madrid.

-¡Será cosa de meses, ya verás! –dijo Jacinto viéndole marchar.  

Bernarda quiso que su hermana se quedara con ellos mientras durara aquella locura de muertes, sangre y miedo. El asesinato del obispo y de Anastasio el limosnero, había sido demasiado grave para ella. “No les bastó con matar curas en Oviedo, ahora me matan al señor obispo de mi Sigüenza... ¿Qué más puede pasar en una guerra?”, preguntaba acariciando su vientre.

-¿Qué es una guerra, mami? –gritaba la pequeña Alicia, cansada de aquel silencio y sin poder salir, desde su caballito de madera.

1 comentario:

María Narro dijo...

Este capítulo fue uno de los mayores retos a los que me he enfrentado en mi vida. La Guerra Civil Española me pillaba demasiado lejos.
Fui a Sigüenza varias veces, llené mi escritorio de fotos, leí testimonios y no sabía...
¿Cómo se enteraron de que estaban en guerra?
asique me puse el despertador, me vestí de Bernarda y amanecí en el 36.
Genuino y horroroso.