Silencios contados a media voz. Sonrisas
quietas en labios mudos. La historia de una vida y de las vidas que acompañaron
a ésta. La historia de mis gentes, de nuestras gentes, de una guerra entre
hermanos. Historias de la historia trazadas con una pluma ágil, costumbrista,
tan experimentada y precisa como lo es la de los mejores narradores
contemporáneos. Todo eso y más es, Las palabras del viento, de María Narro. Una
obra que, sin lugar a dudas, se merece un puesto destacado en nuestra narrativa
contemporánea. Una historia que te arrancará sonrisas, lágrimas y admiración,
como suele hacerlo un trabajo preciso y lleno de magia”
Antonia J
Corrales. Escritora y Correctora
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Fue un amago de Guernica, lo has hecho de maravilla. Con esa sensibilidad
que roza el dolor sin perder la sonrisa. Sigüenza se merece un sitio en la
historia que le corresponde.
Y tú la has colocado donde se
merece...
Almudena (Madrid)

La novela...

La novela...
(cada capítulo lleva nombre de mujer)

24 sept. 2015

Bernarda Alba (2 -II)


Cuando el llanto se borró de la cara de Micaela al igual que la leche de sus pechos, entre las dos hermanas consiguieron que su casa fuese una de las más limpias y prósperas del pueblo; su melonar el más hermoso, sus cortes las menos apestosas, sus dos cerdos los más gorditos, y Bonaparte un burro muy obediente. No importó ni a nadie preocupó que Bernarda dejara de ir a la  escuela cuando tenía ocho años. La chiquilla era feliz ayudando en su casa y cuidando a los animales, cosa que no le ocurría cuando doña Manolita se empeñaba en enseñarla a escribir y, como había demasiado que hacer, Inocencio nunca quiso saber que la niña no iba a la escuela.

Cierta mañana en la que Micaela echaba agua de una palangana oxidada sobre la entrada de la casa, se oyó la trompetilla de Jacinto. Acto seguido comenzó el pregón:

-¡Se hace saber, por orden del señor alcalde, que no se pué sacar agua del pozo del tío Jeremías hasta...!

Bernarda salió de la casa como una tromba llevando entre sus manos un cuchillo y la patata que estaba pelando, y corrió hacia la plaza. Ella no tenía que sacar agua del pozo de nadie porque tenían el suyo propio en el melonar, pero había oído a Jacinto y verle cuando pregonaba era su más dulce sueño. Mientras el muchacho seguía lanzando su mensaje a voz en grito, un grupo de curiosos se había reunido en la plaza y Bernarda, adelantándose a todos, le miraba sin pestañear aunque sus manos siguieran pelando la patata.
De vuelta a su casa y ya sin la magia del pregonero, vio acercarse al pueblo un carro cubierto por una lona verde. Se detuvo e hizo visera para resguardar sus ojos del sol con la mano en la que llevaba el cuchillo. Una mula avejentada tiraba pesadamente del carromato, atados a los barrotes traseros del mismo: una burra, una cabra y una mona.
Por lo que de nuevo echó a correr tropezando al entrar en la casa con su hermana Micaela.

-¡Pero niña, tú tás tonta u qué! Hasta el Bonaparte es más educaó que tú.
-¡Qué vienen los titiriteros! –gritó la pequeña.

A la hora de la comida se acercó como invitada a casa de los Alba la señora Vicenta; mientras saboreaba la tortilla de patatas y unas suculentas gachas, le dijo susurrando a Micaela:

-Vete con ojo que el Zaca te anda buscando.

La jovencita ocultó su rubor al escuchar a su padre decir que si los gitanos habían montado ya su circo era mejor acabar con la tortilla e irse con la sartén de gachas para la plaza.

-No, padre, que los titiriteros no empiezan hasta que no se vaya el sol y no hay gachas pa tós –le contestó Bernarda con la boca llena.

Cerca de la anochecida Inocencio se puso la chaqueta de pana verde con ayuda de su hija mayor. Cogió a Bernarda de la mano, a quien habían quitado toda la roña de las rodillas y puesto su vestidito blanco de ganchillo, y partió hacia la plaza.
 Micaela les seguía llevando dos taburetes de madera. Dos taburetes de madera y un corazón anhelante. La señora Vicenta había abierto la caja de Pandora al anunciarle que su príncipe aún se acordaba de ella. Una malévola caja de la que había salido la peor de todas las desgracias humanas según don Catalino, la lujuria.

Sentada entre las sombras, Micaela, aún de luto, miraba a Zacarías mientras éste la devoraba con los ojos. Antes de que la cabra seguida de la mona llegara al final de la escalera, Micaela le dijo a su padre que tenía ganas de orinar. Inocencio que no había reparado en la presencia del muchacho pues tenía suficiente con mirar a la gitana descalza de enormes pechos que animaba a la cabra a trepar, le dijo que se fuese y no tardase; de vez en cuando le llegaban las risas de su Bernardilla y él también reía las enormes bondades de la belleza de pies desnudos.

Y en la oscuridad de lo prohibido, los dos jóvenes amantes se apretaron en su abrazo sin mediar palabra.
Las manos temblorosas del jovenzuelo subieron con prisas la saya después de haber chupeteado un sostén rebosante de penas sin curar, y ni siquiera había llegado a rozar la piel desnuda de la muchacha cuando dejó de gemir.

-Hemos de volver con los demás, mi princesa –dijo Zacarías subiéndose la cremallera de los pantalones, pero al darse cuenta de que se había mojado le pidió que volviera ella sola.
 
Micaela asintió mientras se colocaba la ropa entre minúsculos espasmos de confusión enamorada.
Oyendo ya la algarabía de los gitanos empezó a rezar para no volverse a quedar embarazada. El canto de un grillo le acompañó en sus rezos.

A la mañana siguiente todos los chiquillos del pueblo se acercaron a jugar con los animales que llevaban los titiriteros. También Micaela acudió a la plaza, aunque ella en busca de su amor.
Dando de comer a la burra, la cabra y la mona, se encontró a varios niños capitaneados por su hermana Bernarda, a Zacarías no le vio hasta que no se fijó en una hermosa gitanilla. Junto a ella, que ayudaba a desmontar el circo ambulante, estaba él acarreando los trastos más pesados. Si no le hubiera visto sonreír a la muñeca gitana como antes siempre lo hacía con ella, ninguna puñalada de celos le hubiera atravesado las entrañas.

-¡Bernarda! –gritó intentando calmar su furia y no abalanzarse sobre aquella morena para arrancarle los ojos- ¡Bernarda, que vengas te digo!
-Pero… ¿y qué hago con la mona?
-La dejas en la monería y te vienes pa la casa que hay que preparar la cena.
-Pero si acabamos de desayunar la torta que nos trajo la señá Vicenta… –le decía suplicante la pequeña que ya estaba a su lado y miraba con envidia a sus amiguitos que habían empezado a jugar al Pasimisí con la cabra y la mona.
-No me hables de la Vicenta –le cortó Micaela arreándola una colleja- y deja de mirar a la piojosa gitana que va a por mi Zaca.
-Si yo no... ¡ah! se llama Encarna y…
-¡Que tires pa la casa te he dicho, leches! –le cortó de nuevo su hermana mayor pegándola un empujón.

1 comentario:

María Narro dijo...

Sin lugar a dudas éste fue el capítulo más cómico, y uno de los ejes de toda la novela.