Silencios contados a media voz. Sonrisas
quietas en labios mudos. La historia de una vida y de las vidas que acompañaron
a ésta. La historia de mis gentes, de nuestras gentes, de una guerra entre
hermanos. Historias de la historia trazadas con una pluma ágil, costumbrista,
tan experimentada y precisa como lo es la de los mejores narradores
contemporáneos. Todo eso y más es, Las palabras del viento, de María Narro. Una
obra que, sin lugar a dudas, se merece un puesto destacado en nuestra narrativa
contemporánea. Una historia que te arrancará sonrisas, lágrimas y admiración,
como suele hacerlo un trabajo preciso y lleno de magia”
Antonia J
Corrales. Escritora y Correctora
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Fue un amago de Guernica, lo has hecho de maravilla. Con esa sensibilidad
que roza el dolor sin perder la sonrisa. Sigüenza se merece un sitio en la
historia que le corresponde.
Y tú la has colocado donde se
merece...
Almudena (Madrid)

La novela...

La novela...
(cada capítulo lleva nombre de mujer)

7 sept. 2015

Epílogo


Han llamado hace un rato por teléfono para darme los resultados de la amenocentesis, todo está bien. El bebé viene bien, otra niña.
Se lo tengo que decir, pero está en el campo ultimando un sistema de goteo para poder regar más a menudo. Este verano está siendo demasiado seco. Él no quería que me hiciera la prueba, fue la doctora la que lo aconsejó aunque nunca sabré si hubiera sido capaz de interrumpir el embarazo. Es el fruto de nuestro amor lo que crece aquí dentro... nunca hubiera podido... ya da igual, todo ha salido bien.
Laura y Mofi están en los establos viendo cómo María, la hija de los guardeses, prepara los caballos. Mi hija tiene casi nueve años y es feliz estando en contacto con la naturaleza  y los animales de la finca. A Morfeo sin embargo no le gusta mucho esto desde que la niña ha empezado a montar a caballo, Miguel no le deja que camine al lado del animal y le ladra... creo que hasta llora y  me lo tengo que llevar.


Al poco de reanudar mi amistad con Morse, vino a Valencia a conocer a Laura. Se cayeron bien enseguida, era imposible lo contrario, y un día, cuando fue a buscarla al colegio con mi padre, conoció a Miguel, su profesor. Hablaron de la finca, de los caballos y de los beneficios que un sitio así le podría reportar a un niño discapacitado.
Ambos se quedaron entusiasmados con la conversación y quedaron en tomar unas cañas al día siguiente antes de que Morse volviera a Sigüenza. Me pidió que les acompañara pues quería comentarme algo.

Sentados en la terraza en la que habían quedado esperábamos mirando al mar. Una pareja ocupó la mesa de al lado, entre susurros se besaban sin importarles nada más. Estaban junto a nosotros, tan cerca que busqué otra mesa por no invadir su intimidad. Todas estaban ocupadas. Suspiré y miré al suelo, no me encontraba a gusto. Creo que a él le pasaba lo mismo porque se tocaba una oreja sin saber qué hacer ni qué decir... habíamos quedado en ser amigos y me moría por besarle... y me daban envidia los de la mesa de al lado y se iba mañana y...
¿Es que un hombre y una mujer no pueden ser sólo amigos? ¿Ni aunque se lo propongan? La puesta de sol me estaba nublando los sentidos.

-¿Otra caña? –pregunté de la forma más tonta que recuerdo.

Morse asintió sonriendo divertido.
Llamé al camarero mientras veía a Miguel acercarse a nuestra mesa.

Se disculpó por el retraso y enseguida empezó a hablar de un método alternativo de terapia de rehabilitación para niños y adultos, con discapacidad física o mental, que utilizaba al caballo como herramienta terapéutica en ambientes naturales... hipoterapia se llamaba.

Le mirábamos fascinados mientras hablaba ¡Cómo podía saber cosas así! Ni me molestaban ya los de al lado.

 -Es una terapia que se está empezando a usar en la India –seguía contando con los codos apoyados sobre la mesa, se notaba que le apasionaba el tema y lo contagiaba-,  tengo un amigo que estudia en Nueva Deli y allí esta técnica es pionera, ahora, en 1988, dudo que alguien en España sepa lo que es la hipoterapia pero dentro de varios años se sabrá... porque funciona.
-¿Funciona? ¿Pero sirve cualquier caballo? –preguntó Morse realmente interesado.

-A ver... por partes. Partiendo de que el ejercicio al aire libre es bueno para todos, esta terapia es imprescindible que sea aplicada por profesionales en rehabilitación. Primero el niño o adulto tendría que ser evaluado para determinar los ejercicios terapéuticos que habría que hacer sobre el caballo, montamos con el niño, la seguridad es lo mas importante, hasta que pueda ir solo...
-¿Solo? –pregunté algo asustada.
-No, siempre hay una persona que guía el caballo de las riendas... y algunos llegaran a sujetarse solos sobre el caballo y otros no, pero los beneficios son los mismos. Se divierten, mejoran su coordinación, tono muscular, equilibrio, confianza...
-¿Y los caballos? –recordó Morse.
-Ah, sí, han de ser dóciles y estar bien entrenados, que conozcan poco a poco a quien van a llevar encima sería lo ideal...

Seguimos hablando un buen rato más. Morse puso a disposición de Miguel su finca y dos caballos durante los meses de verano. Pero aquello no era tan fácil, se necesitaban licencias, profesionales...
-No tenemos prisa ¿no?
Y antes de irnos, mi fe y fantasía se volcaron sobre el hombre al que amaba con toda mi alma, cuando dijo:

-Hace días que vengo pensando, y por eso le he pedido a Merche que viniera, utilizar el código morse para expresar las palabras que Laura no puede decir.
-¿El código morse? –preguntó Miguel poniendo los codos de nuevo sobre la mesa.
-Sí, ya sé que la niña no tiene la velocidad necesaria en las manos... pero con un ordenador...

Le miraba y escuchaba extasiada. Apenas conocía a mi hija y ya sabía que sus palabras existían, y él quería lograr que el viento las trasportara sin dificultad para que la niña se pudiera comunicar.

Horas más tarde, ya en mi habitación, me era imposible conciliar el sueño sabiéndole en el dormitorio de al lado. Casi nos habíamos besado en la cocina antes de que entrara papá. Me estaba volviendo loca. Encendí la luz. Me levanté y busqué en la parte alta del armario una pequeña caja de cartón. Allí estaba, al abrirla la cartulina roja me dijo que lo hiciera...

Sólo él lo entendería si estaba despierto.
          ...- . -.            
                               ven

Golpeé suavemente en la pared un par de veces.
 

Cuando Morse y yo nos dimos cuenta de que nuestro amor iba mucho más allá de cualquier tiempo pasado, decidimos casarnos. Por muchos episodios que tuviera la vida, el destino nos había vuelto a unir. Elena... su mujer, siempre sería la princesa argentina con la que quiso tener hijos, pero yo era su presente y su futuro. Y él era mi hogar, lo que me faltó durante años y no quería volver a perder.

Nos casamos hace un año en las Hoces del Río Dulce, tuvo que ser por lo civil pero conseguimos casarnos allí. Hacía poco que había muerto el abuelo Zacarías y no lo celebramos; tan sólo mis padres, su padre y Laura nos acompañaron.
Y el viento... sus palabras.

Un viento que no dejaba de mencionar a todos los que se habían ido, las injusticias, la crueldad silenciada de un pasado demasiado cercano; un viento que nos mostraba el pasado para recordar y poder olvidar; para aprender, para entender y afianzarnos caminando hacia el futuro.
Las palabras de un suave viento que me traían a dos bellas damas de honor: mi abuela Bernarda y mi hermana Isabel.

1 comentario:

María Narro dijo...

la hipoterapia y el código morse era lo único que tenía claro cuando empecé a escribir la novela, lo demás surgió a base de mucho trabajo.

Espero que os haya gustado.