Silencios contados a media voz. Sonrisas
quietas en labios mudos. La historia de una vida y de las vidas que acompañaron
a ésta. La historia de mis gentes, de nuestras gentes, de una guerra entre
hermanos. Historias de la historia trazadas con una pluma ágil, costumbrista,
tan experimentada y precisa como lo es la de los mejores narradores
contemporáneos. Todo eso y más es, Las palabras del viento, de María Narro. Una
obra que, sin lugar a dudas, se merece un puesto destacado en nuestra narrativa
contemporánea. Una historia que te arrancará sonrisas, lágrimas y admiración,
como suele hacerlo un trabajo preciso y lleno de magia”
Antonia J
Corrales. Escritora y Correctora
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Fue un amago de Guernica, lo has hecho de maravilla. Con esa sensibilidad
que roza el dolor sin perder la sonrisa. Sigüenza se merece un sitio en la
historia que le corresponde.
Y tú la has colocado donde se
merece...
Almudena (Madrid)

La novela...

La novela...
(cada capítulo lleva nombre de mujer)

16 sept. 2015

Laura (capítulo 9 -II)


Doña Asunción había descrito alguna vez a Fernanda como una mujer de hierro sereno, aunque poco a poco nos iba hablando sin palabras de su sensibilidad.
Cuando volvimos a la sala de rehabilitación mi hija nos hizo llorar de alegría al verla gatear por primera vez, tenía casi año y medio. El desarrollo psicomotor de la niña se estaba despertando.

-El término psicomotor es impreciso –nos explicaba la fisioterapeuta- pues  engloba a la vez capacidades como la compresión, la comunicación, el comportamiento y la ejecución motriz; no obstante, si ya os reconoce y empieza a coordinar brazos y piernas vamos muy bien.
No había que lanzar las campanas al vuelo y sí seguir trabajando. Fernanda se fue y yo me quedé hablando y riendo con la fisio. Respirando esperanza.

Dentro de una semana invitaría a Roberto a cenar para que viera a su hija gatear por la alfombra del salón. Tenía demasiadas ganas de verle. Al llegar a casa, y después de que vino la señora que se quedaba con Laura cuando yo trabajaba, me fui al periódico. Hacía mucho tiempo que no silbaba y me gustó sorprenderme. La conversación con Fernanda había removido cosas que ya creí olvidadas para siempre, pero esquivaba pensar en mi madre y seguramente lo hubiese seguido haciendo si aquella misma tarde no me hubieran encargado un articulo sobre los niños en la guerra civil española.

Revisé la documentación que me habían dejado con sumo interés, y aunque se me desgarraban las entrañas cada vez que sabía más, necesitaba saberlo todo, tirar de hilos, investigar y estudiar lo que nunca debió ocurrir.
Habíamos vivido en una burbuja de silencio durante demasiado tiempo. El gobierno de Suárez nos alejaba de una dictadura de cuarenta años, pero tan despacio... “Hay que empezar a destapar poco a poco, sin llamar mucho la atención”, decía mi redactor jefe. Tenía claro que quería centrar mi escrito en los niños que sí vivieron la guerra en sus casas, más que en los exiliados a otros países, o los enviados a Valencia, como la madre de doña Asunción. Necesitaba documentarme más y decidí pasarme por la hemeroteca al acabar mi turno en el periódico. Llamé a Roberto para que se quedara con Laura hasta que yo llegara. Notó cierta ansiedad en mi voz y dijo que no me preocupara que él la dormiría y se quedaría en casa toda la noche.
Antes de irme el jefe me recordó:

-Sin llamar mucho la atención, Mercedes, o nos cae un pollo...

Aparqué el coche dos calles más abajo, cogí mi vieja gabardina y caminé con prisa hacia la hemeroteca. Dos personas ocupaban mi corazón: mi madre y mi hija. Saqué un café de máquina y busqué periódicos y fotografías de la guerra civil... de Guadalajara y de Madrid. Los leí durante horas.
Llegué a casa rota.
Nunca había reparado en las imágenes de la guerra civil; siempre me habían dicho que recordar aquello era abrir viejas heridas, pero yo necesitaba saber para entender, o recordar para poder olvidar como decía el abuelo, y en las fotografías que miré esa noche sólo veía a mi familia. Mi madre llorando entre las ruinas de la guerra, con un fusil a sus pies...
Roberto se asustó al verme llegar así, pero le dije que necesitaba escribir y se pasaría. Se quedó dormido oyendo el ruido de mi máquina de escribir, a mi lado...
 
<<Dicen los viejos que en éste país
hubo una guerra,
que hay dos Españas que guardan aún
el sabor de viejas deudas...>>

Los niños de la Guerra Civil Española
son las víctimas inocentes de la violencia que desencadenaron los adultos,
son los que sufrieron de forma pasiva sus consecuencias.
Atrapados en medio de la pesadilla que asoló España,
sus juegos y recuerdos quedarán señalados con una marca indeleble
que arrastrarán durante el resto de sus vidas...
No podrán olvidar aquellas largas colas agarrados a sus madres
para adquirir alimento,
el hambre... los vales de socorro, las carreras nocturnas para refugiarse.
Las noches de terror tan largas y oscuras como su miedo; 
“las incendiarias” con sus colores, los obuses, los pacos, la quinta columna,
los no pasarán
frases que oían tan a menudo sin saber lo que significaban...
El horror se esconderá en las esquinas de los años jugando con granadas
desfilando con un fusil sobre el hombro
en una guerra entre hermanos
donde el rencor y un odio sin sentido dividió a las familias.
Una guerra que creó a niños viejos
a niños soldados...
la quinta del biberón.
Siempre habrá un momento en sus sueños
en los que seguirán tropezando con los muertos de la cuneta
que alguna vez preguntaron
¿por qué me matan?.

Cuando acabé el articulo me tumbé en el sofá, junto a Roberto, aún llorando. Me quedé dormida un poco antes de que el timbre de la puerta sonara. Era sábado y no había que ir al hospital.
Salí a abrir bostezando mientras oía a la niña llorar.

-¿Os he despertado? –preguntó doña Asunción al abrir la puerta.
-Ojalá me despertaran siempre así –dije dándola un beso e invitándola a pasar-, me acosté muy tarde... ni me he cambiado.
-Vamos a ver a mamá –le decía Roberto a Laura entrando en el salón.
-Perdón... yo no sabía... es mejor que me marche –dijo doña Asunción.
-Que no sabías que la niña es mi hija, o que Mercedes estuvo trabajando y yo hice de canguro... Vamos a la cocina y suelta las porras y el chocolate que anoche no me dieron de cenar –le contestó Roberto con la niña en brazos.

Reí el desparpajo con el que el hombre que me quitaba el sueño había resuelto una situación incómoda. Hice la papilla a mi hija y me fui a duchar mientras Roberto y doña Asunción preparaban el desayuno en la cocina.
Alguien entró en el baño mientras me duchaba, contuve la respiración y cerré los ojos durante breves instantes de eternidad al notar el aroma varonil. Se fue. Salí de la bañera aún temblando. Vi que había escrito en el espejo con mi lápiz de labios: lo siento.

-¿Vienes ya o no? –oí preguntar a doña Asunción desde la cocina mientras limpiaba el espejo.

1 comentario:

María Narro dijo...

capítulo clave, y canción clave en la novela y en mi vida.
Hace muchos años, cuando vivía por y para la película Grease, en un festival que se celebraba en mi barrio, a mí me tocó formar parte de un grupo que imitaba a Jarcha.
¿a quién?
vale, lo hice porque estaba al lado de 'nuestro' J. Travolta.
Tuve que aprenderme 'Libertad sin ira', imagino que si hubiera cantado en chino me hubiera enterado más de lo que decía...
¿Quién me iba a decir a mí que esa letra me haría llorar tantas veces?
Y que un día me daría pie a escribir el poema más intenso, tétrico y bello de una de mis novelas.