Silencios contados a media voz. Sonrisas
quietas en labios mudos. La historia de una vida y de las vidas que acompañaron
a ésta. La historia de mis gentes, de nuestras gentes, de una guerra entre
hermanos. Historias de la historia trazadas con una pluma ágil, costumbrista,
tan experimentada y precisa como lo es la de los mejores narradores
contemporáneos. Todo eso y más es, Las palabras del viento, de María Narro. Una
obra que, sin lugar a dudas, se merece un puesto destacado en nuestra narrativa
contemporánea. Una historia que te arrancará sonrisas, lágrimas y admiración,
como suele hacerlo un trabajo preciso y lleno de magia”
Antonia J
Corrales. Escritora y Correctora
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Fue un amago de Guernica, lo has hecho de maravilla. Con esa sensibilidad
que roza el dolor sin perder la sonrisa. Sigüenza se merece un sitio en la
historia que le corresponde.
Y tú la has colocado donde se
merece...
Almudena (Madrid)

La novela...

La novela...
(cada capítulo lleva nombre de mujer)

28 sept. 2015

Mercedes (capítulo Primero II)


Un día doña Asunción, la maestra, se acercó a la fuente cuando leía sentada en el borde del pilón mientras dejaba llenar un cántaro de agua.

-¿Te gusta mucho Delibes, Mercedes?- me preguntó.
-Mucho, este libro se llama El camino.
-Es fantástico que leas, pero tienes que leer de todo. Siempre te veo con la misma lectura.
-Es que El camino es el libro que más me gusta y... -lo cerré y guardé en el bolsillo de mi delantal, retiré el cántaro del pilón pues hacía un buen rato que no cabía una gota más, y con cara de haber cometido un pecado y no estar arrepentida la miré- ...no tengo otro -dije a modo de despedida.
-Yo te puedo dejar los que quieras. Pásate por mi casa luego.
-Luego no podré -le dije mientras me colocaba el cántaro encima de la cadera- ¿Mañana? -pregunté empezando a subir la cuesta que conducía a casa de mi abuela.
-Mañana -la oí contestar.

Al día siguiente fui a casa de la maestra. Me hizo pasar a la habitación que siempre estaba cerrada cuando estudiábamos, tropecé al entrar con un sillón al que di los buenos días y al fondo vi una chimenea apagada que me llamó payasa. Doña Asunción se quedó detrás de mí y subió la persiana. Con la luz del día descubrí que las paredes estaban llenas de estantes, y estos de libros. Libros de todos los colores y tamaños; debí emitir una exclamación de sorpresa porque enseguida dijo:

-Estos libros son del pueblo, al menos la mayoría. Antes de la guerra estaban en la sacristía de la iglesia, luego mi tío los trajo aquí por seguridad, y ahora esto se ha convertido en la biblioteca de todos. Lamentablemente casi nadie sabe leer y los que saben no tienen tiempo... -alzó los hombros en un gesto de resignación y me señaló un rincón- Ahí tienes los autores que quiero que leas.

Me costó decidirme. Ella me animó a que me llevara La regenta pues a Clarín le estudiaría al año siguiente; Historia de una escalera lo elegí yo porque me dijo que el hombre que lo escribió nació en Guadalajara; y aunque me quedé estupefacta al encontrarme un libro que se llamaba La casa de Bernarda Alba y quise llevármelo, me dijo que era mejor que cogiera algo de poesía y me dio un libro de poemas de García Lorca.

-Y no te preocupes, si algo no entiendes te lo explicaré encantada.
-Se los devolveré en unos días -dije cuando me iba.
-Creo que debes quedártelos durante todo el verano -me dijo riendo de una forma que no entendí, a no ser que supiera que yo sin Morse y sin leer podría volverme loca.
 
Aquel día estuve leyendo en el casillo de las gallinas hasta que oscureció. Después de encerrarlas fui a cenar y pregunté a la abuela si me dejaba encender un rato la bombilla de mi cuarto o llevarme su quinqué. Me miró con ganas de pegarme un guantazo y me senté rápidamente delante de mi escuálida tortilla y el trozo de pan con tomate. “Si al menos saliera la luna podría seguir siendo Ana Ozores y pasear por Vetusta. Es imposible que el señor Clarín no pensase en mí al escribir su novela...”

Una sonora colleja cortó de cuajo mis pensamientos.

-¿Ahora tás sorda o qué? Te dicho que me alcances el botijo, y te prohíbo que vuelvas a mirar los libracos que ta dejaó la señá maestra durante el verano...
-Pero abuela..
-Que te calles y me alcances el botijo, leches. El verano es pa trabajar en la huerta y no me sirves con esa cara de idiota y el día en las nubes.

Por una vez mi abuela tenía razón. Me había calado de tal forma el empezar a leer La Regenta que se me olvidó disimular que soñaba para vivir, pero ya me encargaría yo de que no me volviese a pillar.
Hacía años me habían separado de la melliza que no recordaba y no iba a permitir que nadie me separase de Ana Ozores.
Ni páginas escritas, ni palabras que no entendía, y mucho menos, la abuela Bernarda.
Así que, aprendí a despertarme con el sol y leer hasta que sonaba el viejo despertador, a leer en los rincones, a leer mientras cavaba patatas, recogía ciruelas, a leer en la hora de la siesta, y hasta cuando tenía el libro cerrado.
Y al declinar el día, unos infantiles pies arrastrados me llevaban a cerrar las gallinas.
 
Cuando acabé de leer La Regenta y pude dormir el cansancio, volé pedaleando hasta el alto de las Hoces. Volé a gritarle al viento que el señor Clarín además de escritor era adivino; le grité al viento que estaba plenamente convencida de que la novela sería el más potente oráculo de mi vida ya que mi existencia estaría marcada por tres hombres.
Al concluir mi exaltado y alborotado discurso ocurrió algo muy curioso: el tenue y casi imperceptible silbido del viento calló.
Me senté a los pies de la roca que hacía de mirador intentando saber qué pasaba. Cerca de mí se posó un buitre y observé durante una breve eternidad como se acicalaba las plumas con el pico. Empezaba a hacer frío y a apagarse el día, pero el viento seguía callado. Volví a gritar y el buitre salió volando.

-¿Qué te pasa...? ¿Por qué ya no me acaricias? -después de escuchar al eco dos veces hacerme burla, continúe gritando mientras me ponía de pie-. Lo siento mucho, tengo que irme.

Y enroscándome una trenza susurré:

-¿Es posible sentirse viento? ¿Vivir sobre ti y tus palabras?... No te preocupes, juro que aprenderé a escucharte.
 
A los pocos días comencé a leer el libro de don Antonio Buero Vallejo. Estaba en la huerta y tenía que regar las lechugas, pero como la abuela se había ido a visitar a su hermana Micaela que vivía en Pelegrina, decidí sentarme bajo el ciruelo un rato y abrir el nuevo libro.
Ana Ozores se resistía a quedarse fuera de la historia, mas los inquilinos de la escalera no la dejaron entrar.
Bajo el ciruelo, aquella tarde, antes de que se pusiera a llover, empecé a hacerme mayor. Al final del verano cumpliría trece años y aun así, la desilusión y amargura encerrada en aquel libro supe que eran las mismas que envolvían mis días. No me tranquilizó el darme cuenta de que yo buscara la alegría a pesar del dolor, o de la carencia, o como se diga. Ni me tranquilizó el saber que irradiaba vida como dijo el señor cura...
Había ido a hablar con él para que me buscara un sitio donde estudiar en Sigüenza, o un convento para meterme monja, o una casa para servir, con tal de que me sacara de casa de la abuela cualquier cosa valía. Le dije que yo no podía quedarme a vivir siempre en la misma escalera... Al llegar a este punto de la conversación don Cosme me miró con cara de indulgencia misericordiosa.

-Merceditas, hija –dijo-, sospecho que te dejas influenciar en demasía por lo que lees.

A aquellas alturas del verano era de dominio público que su sobrina me había dejado tres libros y cuales habían sido.

-Se equivoca, señor cura -le contesté muy ofendida- es cierto que estoy leyendo el libro del señor de Guadalajara, pero es que su novela es un fiel reflejo de mi realidad, y escúcheme bien -me levanté haciendo ademán de irme y le señalé con un dedo-, usted será el culpable, estoy plenamente convencida de ello, si esa novela se convierte en el más potente oráculo de mi vida.

Me fui de su despacho dando un portazo. 

Unas horas después advertí por el ventanuco de la cocina que don Cosme se acercaba a la casa. Me hubiera hecho gracia cómo se arremangaba la sotana con una mano mientras que con la otra sostenía un enorme paraguas negro, si no me hubiera picado tanto la conciencia. Me escabullí a mi cuarto antes de que entrara en el portal.

-¿Qué te trae por aquí con la que está cayendo? -oí preguntar a la abuela.
-Si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma -dijo don Cosme.
-¿Y yo que soy la maroma o la montaña? Déjate de monsergas y pasa a la cocina que me se queman los calabacines.

Bajé al rellano de la escalera y pude oír al señor cura decirle a mi abuela que sería bueno mandarme a las Ursulinas...

-¿Al convento? -preguntó la abuela entre risas- La María de las Mercedes no sirve pa’acatar las órdenes de quien no le tire de las orejas, que se lo digo yo. A más, ¿quién me va ayudar, eh?... Ni hablar, señor cura...
-Pero mujer que se puede estudiar con las Ursulinas sin ser monja.
-Que dicho que no.
-Te va a pesar, Bernarda, te va a pesar. Merceditas está en una edad..
-En la que toavía se arregla con dos buenas hostias.
-No seas bruta mujer y dime al menos que lo pensarás. La niña necesita una oportunidad...
-¿Cómo la que tuve yo por cuidar de ella no yéndome con mi hija? -Tronó la abuela- ¿O Isabel porque no quisiera el gitano operar...? ¡Cagoen la puta, Cosme!¡Dios los cría y ellos se juntan… nos ha jodío! Anda, anda, anda, no escarbes y lárgate.

 El señor cura salió al portal sin un gesto en la cara, abrió el paraguas negro y se fue. Desde las escaleras le vi alejarse mientras buscaba a mi hermana entre las sombras para que me contara de qué hablaba la abuela.

Dos semanas después volaba pedaleando de nuevo hacia las Hoces. Estaba más excitada que nunca y nada más llegar a lo alto dejé la bicicleta de cualquier manera, me senté en el suelo y abrí el libro que llevaba conmigo. Comencé a leer en voz alta:

<<Amargura dorada en el paisaje,
El corazón escucha
En la tristeza húmeda
El viento dijo:
Yo soy todo de estrellas derretidas
Sangre del infinito.
Con mi roce descubro los colores
De los fondos dormidos.
Voy herido de místicas miradas
Yo llevo los suspiros
En burbujas de sangre invisibles
Hacia el sereno triunfo
Del amor inmortal lleno de Noche...>>

Mientras seguía leyendo los versos de García Lorca sentía que mesaban mi cabello con dedos de espliego. La suave música del poema me iba cubriendo al unísono que el viento se confundía con mis palabras...
Estuve toda la tarde leyendo en las Hoces del Río Dulce borracha de poesía, estuve toda la tarde escuchando al viento.
Sí, porque su silbido, rugido, brisa, o aliento, son la alegría y tristeza del mundo; el llanto del poeta demasiado joven para morir, la sonrisa de la hermana que no podía recordar, y la mirada de un mañana que vive para olvidar.

1 comentario:

María Narro dijo...

Los libros, una abuela muy bruta y mi espontaneidad. Pero claro, yo no soy nada sin poesía.