Silencios contados a media voz. Sonrisas
quietas en labios mudos. La historia de una vida y de las vidas que acompañaron
a ésta. La historia de mis gentes, de nuestras gentes, de una guerra entre
hermanos. Historias de la historia trazadas con una pluma ágil, costumbrista,
tan experimentada y precisa como lo es la de los mejores narradores
contemporáneos. Todo eso y más es, Las palabras del viento, de María Narro. Una
obra que, sin lugar a dudas, se merece un puesto destacado en nuestra narrativa
contemporánea. Una historia que te arrancará sonrisas, lágrimas y admiración,
como suele hacerlo un trabajo preciso y lleno de magia”
Antonia J
Corrales. Escritora y Correctora
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Fue un amago de Guernica, lo has hecho de maravilla. Con esa sensibilidad
que roza el dolor sin perder la sonrisa. Sigüenza se merece un sitio en la
historia que le corresponde.
Y tú la has colocado donde se
merece...
Almudena (Madrid)

La novela...

La novela...
(cada capítulo lleva nombre de mujer)

21 sept. 2015

Laura (4 -II)


El verano del 78 fue un tanto bohemio, entre poesías infinitas escritas en aviones de papel, añoranzas... y leyendo Fausto. Si hubiera podido, también habría hecho un pacto con el diablo ya que no quería a ninguna mujer que no fuera yo cerca de Roberto, lo había sabido cuando vino a verme a Sigüenza a mediados de julio.
Pasamos todo un día juntos, apagando el deseo por estar tanto tiempo separados y, tumbados en la hierba bajo las murallas del castillo.

Castillo de Sigüenza
 
Mirábamos el cielo, pero yo sólo veía en él las palabras de Roberto dibujando la pasión de Goethe por Weimar, su humanismo, su amor por la naturaleza, sus tratados sobre el alma, e incluso su época de frivolidad detrás de las mujeres…

-¿Acaso le reprochas que alguna vez le gustaran todas? –pregunté desde el cielo acariciando sus dedos sobre la hierba.

 Me miró apoyándose en un codo, y sonrió mientras me desabrochaba un botón de la blusa con su mano izquierda:

-Mi adorada pelirroja chinesca, follar con cualquiera nunca será lo mismo que hacer el amor contigo –le oí susurrar habiendo entendido mi pregunta.

Entrada la noche, queriendo detener el tiempo con abrazos en la estación de ferrocarril, me dejó su libro preferido: Fausto, pero yo sólo pensaba en su boca…

Mi fe, mi fantasía, mi ilusión
tu boca...
bajo las aguas del deseo
sobre un arco iris de amapolas,
junto al inicio de un sueño.
Surgiendo entre nieblas la pasión
convertida en pantera de oro negro,
enredada con fuego el corazón.
La noche cayendo desarmada
vestida de besos sin final,
mi fe, mi fantasía, mi ilusión
tu boca...

No nos volvimos a ver hasta que comenzó el nuevo curso. Me había escapado un fin de semana de agosto a Madrid para verle ya que me había dicho que estaría todo el verano trabajando, pero no le pude encontrar. La editorial estaba cerrada y en el piso no hubo nadie en dos días, por lo que decidí sobrevivir el resto del verano escribiendo poesía y olvidándome del mundo, de Mefistófeles, de Fausto y de Roberto.
No obstante, Dios los cría y ellos se juntan que diría mi abuela Bernarda, retomamos nuestra clara oscura relación antes de marchar a la feria del libro de Frankfurt,  Frankfurter Buchmesse. No hubo preguntas, él me dijo que había surgido un compromiso que le mantuvo fuera de Madrid y había cerrado la editorial unos días, y yo supe que no tenía que haberle preguntado nada a la mujer de la limpieza.
Pero al estar juntos la pasión se desbordaba de tal forma que sólo importaba el momento.

Poco hablábamos de negocios, aunque iba a publicarme un nuevo libro sabía que el viaje nada tenía que ver con mi poesía y sí con alguna negociación, con una editorial alemana, y la realización de un viejo sueño. Quería reeditar parte de los poemas de Goethe y escribir una tercera parte de Fausto desde un alma femenina, y ahí entraba yo.

Cuando me contó su sueño, minutos antes de embarcarnos hacia Fráncfurt del Meno, me asusté. No me consideraba capaz… no quería defraudarle… y a mí me rondaba la idea de preparar una tesis sobre Lorca. Era dejar mi sueño por su sueño...
¿O creer más en sus sueños que en los míos?
Roberto me notó intranquila y me pidió que me relajara, disfrutara y observara.

La primera noche en Alemania estuve muy impresionada por el sabor aún presente de la segunda guerra mundial. Por entonces los edificios más emblemáticos de Frankfurt como la vieja ópera o la casa de Goethe aún estaban en ruinas por el bombardeo de 1944, y la visita al día siguiente al campo de concentración de Buchenwald a ocho kilómetros de Weimar me tenían un tanto deprimida.

-Roberto –le dije mientras tomábamos una copa en la habitación del hotel–, yo no quiero ir a ver el campo de concentración...
-Pero si es una visita obligada, cariño, es historia… no seas niña. También iremos a Weimar aunque mis amigos sólo quieren ver el campo –contestó mirándome con extrañeza.
-Son los horrores de la historia, Roberto, y a esta niña le basta con saberse la teoría. ¿Te acuerdas cuando me dijiste que pasar cerca del muro de Berlín te había echado para atrás a la hora de venir a Alemania en coche? Y no sé qué diablos tiene que ver el campo de concentración con Goethe –respondí algo alterada sentándome en el borde de la cama.

Se sentó a mi lado y me abrazó.
 
-Mercedes, Buchenwald era un pequeño bosque que solía frecuentar Goethe…
-Era un bosque, Roberto, tú lo has dicho... era –le corté a la vez que me ponía de pie-. Mira –le dije después de apurar mi copa de un trago-, me pides casi que sienta y observe como él porque de otra forma no podría continuar su obra, y una cosa tengo muy clara: nadie con la sensibilidad de Goethe iría a admirar y sacar fotos de un sitio tan macabro como un campo de concentración.
-¡Touché! –exclamó sonriendo y alzando su copa hacia mí.
-No me puedes pedir que vaya –dije más tranquila- prefiero disfrutar de la feria y reparar un poco más en la literatura alemana, perderme por callejuelas sin recuerdos de guerra y quizá montar en ese tranvía de vapor que hemos visto. –me acerqué y le besé en los labios-. Nunca olvides que la poesía muere cuando hay violencia.
Esa frase fue como si le pegara un puñetazo.
Se quedó muy serio, a mil kilómetros de repente aunque sintiera su aliento en mi mejilla. Se acercó a la ventana y  encendió un cigarrillo evitando mirarme. Qué he dicho iba a preguntar, pero él se me adelantó:

-¿Dónde has oído eso?
-¿Eso? –pregunté sin saber a qué se refería.
-Lo de la poesía y la violencia –dijo mirando a través de los cristales la fría noche alemana.
-Pues no lo sé... se me acaba de ocurrir, o quizá lo lleve dentro desde que estudié a Lorca –le dije poniéndome a su lado.
-Ismael siempre me lo decía en sus cartas... la poesía muere cuando hay violencia, los poetas seguimos dando guerra, Roberto, pero la poesía muere cuando hay violencia... recibí una carta suya cada quince días desde Rusia... en 1941...

Preguntar quién era Ismael me parecía fuera de lugar aunque me moría de curiosidad. Agarré su mano y la apreté invitándole a sentarse en la moqueta del suelo conmigo.

-Desapareció en el infierno blanco... a cincuenta grados bajo cero. Ismael era mi tío más joven... él me enseñó a amar la poesía... ¿has oído hablar de la División Azul? –negué con la cabeza, incapaz de interrumpir aquel vinculo de intima comunicación que se había establecido. Me miró a los ojos y siguió hablando-. Ismael fue un soldado más de la 250 División de la Wehrmacht que luego se conoció como la División Azul... la gran jugada maestra de Franco... el jodido Franco...
-¿Gran jugada maestra de Franco? –pregunté incitándole a que rompiera el tenso silencio que le acababa de cercar en el pasado.
-...verás, él hizo creer culpable al comunismo ruso de los tres años de matanza y odio entre españoles... de esta forma consiguió voluntarios para el ejército que envió a Rusia... él saldó su deuda con Hitler por la ayuda prestada en la guerra civil. Mi hermano, bueno, mi tío... se alistó como voluntario forzado, forzado porque él pertenecía a las Juventudes Socialistas y si no se alistaba le encarcelaban y fusilaban como a tantos otros... tantos otros... pero él nunca estuvo al lado de Franco ni mucho menos de Hitler... sólo quería sobrevivir como muchos de los casi veinte mil reclutas de la División Azul... veinte mil... ¡Y despareció! Mi hermano desapareció entre miles de héroes anónimos... quizá congelado.

Suspiré hondamente y cerré los ojos.
¿Hasta cuándo me perseguiría la cruenta sombra de la guerra?
Me abracé a su pecho sin saber qué decir.

-.... mañana me quedaré contigo en la feria... y leeremos poemas de Goethe –dijo acariciándome el pelo cuando le sentí volver de su viaje al pasado.
-Perfecto.

Bastantes años después de mi visita a Alemania caería el muro de Berlín, y varios años más tarde ocurriría la reunificación alemana, pero mi pensamiento ya estaría muy lejos.
De Ismael... jamás volví a oír hablar; la Historia ha corrido demasiado veloz sobre la denostada División Azul... Quizá sea por eso.


Los meses que siguieron a nuestro viaje los pasé estudiando; enfrascada en la universidad y metiéndome en la piel de Goethe y su Fausto.
Roberto estaba encantado con mi dedicación y apenas nos veíamos porque no quería molestar, según decía. Ya tenía preparada la presentación de Viento de luna, mi nuevo libro de poesía. Mientras, yo intentaba comprender la locura de Margarita, el amor de Fausto. Me había costado mucho entender la culpabilidad de mi padre años atrás, pero que asesinara a su propio hijo por sentirse culpable era algo inconcebible para mí. Soñaba con ella, con los trucos de Mefistófeles, con la pasión hecha pecado... quería entender, y no me daba cuenta de que Roberto y yo estábamos cada día más alejados. Ni siquiera le había dicho que tenía una semana de retraso.

Mis problemas con la anemia por la falta de hierro se habían vuelto crónicos, aunque no eran graves habían hecho de la menstruación un reloj de nervios y sensibilidad siempre puntual. Estaba algo obsesionada con el hijo de Fausto, y lo olvidé.
El día de la presentación de mi nuevo libro y mientras recitaba desde el estrado algunos versos, vi a doña Asunción hablando algo acalorada con Roberto.

-No sabía que conocía al editor de Disociados –la dije cuando después del acto tomábamos un vino.
-Es una larga historia, Mercedes... creo que te has superado con éste Viento de luna –dijo acariciando la portada del libro-, éste poema habla solo:
 
Anocheceres dormidos desnudando la luna
robando silencios que acarician el alma
gacelas…
gacelas de esperanza surcando el cielo
cielo de noche preñado de sueños,
sueños de libertad
sueños de algo más…
de mucho más

De mucho más… escuché antes de que se empezara a nublar todo.

Desperté sin saber dónde estaba. Me costaba distinguir una habitación que no conocía. Era pequeña y estaba muy oscuro. Oía la voz preocupada de mi padre. Doña Asunción empapaba mi frente mientras Roberto me daba aire. 

-¿Qué ha pasado?  -pregunté mirando a Roberto.
-Sigue tumbada y no hables –dijo papá poniéndose a mi lado-, hasta que te examine el médico no te muevas.
-Álvaro –le dijo doña Asunción a mi padre-, nosotros nos vamos, luego te llamo a la residencia de Mercedes.

-¿Y Roberto? –pregunté al volver a abrir los ojos.
Shhssss...! –dijo papá acariciando mi frente.

Estaba embarazada de casi dos meses, me sentí la mujer más llena y feliz del mundo. Mi padre ni siquiera preguntó de quién era, estaba tan aliviado porque la anemia no hubiera degenerado en lo mismo que le ocurrió a mi hermana que sonrió con los labios hacia dentro y dijo:

-Bueno... pues aquí estoy.
 
Yo quería correr a decírselo a Roberto, pero esperé dos días hasta reincorporarme a la facultad y hablar con él. No le vi. A la salida de clase encontré a doña Asunción esperándome. Fuimos a dar un paseo por el parque, dijo que me convenía andar, por lo que entendí que ya sabía lo de mi embarazo. Estaba rara.

-¿Es Roberto el padre? –preguntó según caminábamos mirando al suelo.
-¡Sí! –contesté sonriendo.
-Creo que debo contarte algo... aunque no sé muy bien porqué lo hago... ¿nos sentamos?
 
Recuerdo a una doña Asunción dolida y triste mientras hablaba. Siempre la había llamado con el doña que me enseñó la abuela, pero nunca había reparado en que tan
sólo era diez años mayor que yo. Ella llegó un año después de separarse, a vivir con su tío don Cosme. El pueblo se había quedado sin escuela, tampoco había maestro fijo desde que acabara la guerra civil y como por entonces nadie iba al pueblo a enseñar con regularidad, decidió hacer las gestiones oportunas para quedarse allí. Convirtió parte de la enorme casa de su tío en un lugar de enseñanza, y comenzó a ejercer su profesión lejos de la presión de la Sección Femenina de Guadalajara.
 
-No la soportaba, aunque eso ya lo sabías. Fui un tanto rebelde para mi época, Roberto también...
-¿Qué tiene que ver Roberto con lo que me está contando? –la pregunté tomando sus manos y adivinando la respuesta.
-Me casé con él hace veinte años. Demasiado jóvenes... demasiado locos por la poesía... –me sorprendí abrazándola-. No podía durar, su constancia para querer sólo a una mujer es nula, pero con el niño cambiará...
-¿Por qué discutían el día de la presentación?
-Se rumorea que pronto habrá divorcio en España y Roberto quiere apuntarnos en una lista de espera, aunque el verano pasado me juró que quería volver...
-¿El verano pasado? –pregunté.
-Sí, en agosto, y el verano anterior... quiere volver cada año. Ni contigo ni sin ti –me dijo mordiéndose los labios.
-¿Y usted le quiere?
-No lo sé, Mercedes, no lo sé... no sé si aguantar esto tiene un nombre.

A mi padre no le extrañó encontrarme de vuelta en Sigüenza con una maleta y sin querer volver a Madrid. Él sabía de sobra quién era Roberto. De hecho, la publicación de mi primer libro de poesía fue una petición de doña Asunción al editor de Disociados.
No le dije que estaba embarazada. Su mujer le avisó durante el parto, cuando vieron que se producían serias complicaciones en el nacimiento de mi hija.

1 comentario:

María Narro dijo...

éste capítulo es el que más labor de documentación tiene, poder "unir" un campo de concentración con la poesía costó lo suyo...
Escribir sobre la denostada División Azul es algo que tenía pendiente desde que me encontré en un foro al hijo de uno de aquellos héroes. El testimonio es real, camuflado pero no inventado.
Y la rocambolesca conversación de Merche. Pues... decía Virginia Woolf que ella se daba sorpresas escribiendo, por lo que algo de escritora debo ser. Más que sorpresa fue un susto, y así hasta el final ;)).