Silencios contados a media voz. Sonrisas
quietas en labios mudos. La historia de una vida y de las vidas que acompañaron
a ésta. La historia de mis gentes, de nuestras gentes, de una guerra entre
hermanos. Historias de la historia trazadas con una pluma ágil, costumbrista,
tan experimentada y precisa como lo es la de los mejores narradores
contemporáneos. Todo eso y más es, Las palabras del viento, de María Narro. Una
obra que, sin lugar a dudas, se merece un puesto destacado en nuestra narrativa
contemporánea. Una historia que te arrancará sonrisas, lágrimas y admiración,
como suele hacerlo un trabajo preciso y lleno de magia”
Antonia J
Corrales. Escritora y Correctora
-------------
Fue un amago de Guernica, lo has hecho de maravilla. Con esa sensibilidad
que roza el dolor sin perder la sonrisa. Sigüenza se merece un sitio en la
historia que le corresponde.
Y tú la has colocado donde se
merece...
Almudena (Madrid)

La novela...

La novela...
(cada capítulo lleva nombre de mujer)

18 sept. 2015

Bernarda Alba (7 -I)


-¡Vivan los novios!
Samuel y Dolores salieron de la iglesia mirándose a los ojos.
El noviazgo había sido corto, no hacía ni año y medio que el joven rubio que decía que las palabras van sobre el viento y no dejaba de cavar y sembrar patatas, había llegado de la Argentina. Intrigaba a todos, pero se había enamorado como un pardillo, de eso no había dudas.
Hubo baile en la plaza, e hicieron migas y gachas corriendo el buen vino entre unos y otros. Charlando y riendo, olvidándose de políticas... cada uno que piense lo que quiera pero sin tocar. Eso decía Bernarda.

Los niños jugaban cerca del río, los miraba con devoción añorando ya a la niña Lucía para que no se separase nunca de Alicia. Hacía un mes que había tenido un nuevo aborto. Una pelota llegó a sus pies, se la devolvió a los críos mientras su marido le daba un plato de migas. Los recién casados bailaban un tango ante la admiración de los demás que sólo sabían bailar pasodobles y alguna jota. Don Perico, el maestro republicano, contaba chistes y hasta el cura los reía. Se iba el verano con buen tiempo, no hacía ni frío ni calor... pero ella sólo pensaba en volverse a quedar embarazada.
Un flamante automóvil negro paró en el centro de la plaza. El chofer bajó y abriendo la puerta de los asientos posteriores, invitó a Samuel y Dolores a subir.

-Es una sorpresa del novio –le susurró la señora Angustias a Bernarda- se los lleva a Guadalajara pa...
-¿Pa qué?
-¡Ay Bernarda, dónde estás chica! ¡Pa qué va a ser! –le decía guiñándole un ojo- ¿No te parece romántico.
-¡Mucho, mucho...! –contestó mirando a los cuatro hijos de su amiga.

En octubre de 1934 la tranquilidad de todos empezó a cambiar. Don Cosme, el joven párroco, recibió la terrible noticia del asesinato de su hermano. Se habían ordenado sacerdotes a la vez, a él le enviaron a otro pueblecito llamado Valdecuna, en Asturias. Y ahora avisaban de que le habían matado y quemado su Iglesia.
Don Cosme abandonó el pueblo para ir al entierro y pasar unos días con sus padres... y desapareció.
 
-Zacarías dice que en Asturias están ocurriendo cosas muy graves –dijo Jacinto un día al volver de Sigüenza-, se habla de casi veinte curas asesinados y otras tantas iglesias quemadas... y no solo eso sino que los mineros han tomado las armas.

Su mujer le escuchó entre aterrada e incrédula, si lo decía Zacarías bien podía ser mentira. No entendía esa amistad. Ni que le hubiera salvado la vida, ni que fueran del mismo pueblo, ni leches. A la barriga de su hermana le debía una lealtad.
Pero la señora Angustias, muerta de miedo, llegó a su casa con los cuatro niños para confirmar que era verdad lo de Asturias. La familia de su marido vivía en Oviedo.

-Mi Satur se acaba de ir p’allá –dijo llorando.

Bernarda miraba a los chiquillos que jugaban con los perros de Jacinto sin percibir la desazón de las dos mujeres. Sólo Juanito y Sergio, el hijo mayor de la señora Angustias, se habían sentado en las escaleras del portal con la mirada clavada en el suelo.

-Y dicen que don Cosme ha huido a Francia –decía Angustias sonándose la nariz.
-¿Ha huido a Francia? ¿Francia, la de Napoleón...? –preguntó Bernarda con los ojos muy abiertos.
-Estaba en Barcelona, en casa de sus padres, y algo gordo ha pasado también allí –contaba la mujer volviendo a llorar- y don Cosme ha huido.
-¿Ha huido? –volvió a preguntar Bernarda
-A Francia –dijo asintiendo repetidamente con la cabeza la señora Angustias.
-La de Napoleón –apuntó Juanito que se había acercado a ellas.
-De eso ya menteraó –contestó Bernarda alzando la voz-, pero ¿de qué ha huido?
-Ha huido porque es cura y no quiere que le maten como a su hermano –dijo Zacarías desde la entrada de la casa.
 
La visita de Zacarías, que iba a Pelegrina a llevar víveres a sus padres, fue todo un mazazo para Bernarda. Andaba metido en política y como seminarista que había sido sabía cosas de la iglesia que los demás ignoraban. Pero lo peor era que le estaba calentando la cabeza a su marido aún más “Y no pué decir cosas asín sin estar seguro, leches, y menos delante de los niños”.

Sin embargo Jacinto estaba encantado con la inesperada visita de su amigo y aprovechó para enseñarle su enorme casa, el ganado y las pocas tierras que le quedaban.

-¡Si vieras la casa y el auto que tienen! –le decía por la noche a su mujer-. Y dos chicos bien obedientes y listos como su padre.

Bernarda le miró alzando las cejas y apretando los labios en un gesto de incredulidad.

-¿Hasta cuándo te va a durar esa manía al señor Recio.
-Señor Recio, señor Recio, Zacarías a secas que los sinvergüenzas no cambian –decía la mujer arropando a la niña y llevándose el dedo índice a los labios para que guardara silencio-, hay cosas que me preocupan mucho más –susurró apagando la luz.

Don Cosme seguía sin aparecer por lo que Bernarda, su hermana Micaela y la pequeña Alicia, solían subir al hospicio de Sigüenza a oír misa. Un día habiendo dejado ya a Juanito en la escuela iban en el carro, bien abrigadas las tres, haciendo conjeturas de lo que estaba pasando.

-No creo yo que el Cosme haya huido –decía Micaela-, la gente habla mucho y miente más, a veces para hacer daño y otras pa dárselas de listos.
-Y ¿dónde está? –le preguntaba su hermana.
-¿Onde está? –preguntaba la niña imitando a su madre.
-¿Pero por qué la gente mata curas? ¿Por qué se mata? ¿Pa qué? ¿no tuvieron padres que les enseñaron a respetar, a vivir la vida sin meterte con nadie? Respeta y te respetarán –decía Bernarda entrando en Sigüenza.
-No te pongas tiste, mami, Cosme es valiente –decía Alicia abrazando a su madre.

Micaela, mirando la dulce estampa de su sobrina, recordó que sólo los niños dicen la verdad.

1 comentario:

María Narro dijo...

creo, como muchos, que la Guerra Civil comenzó en el 34. Se sabe lo de los curas, que se quemaban iglesias y demás. Pero lo que hizo Carrillo lo saben 4, y no me refiero a Paracuellos.
Me aconsejaron que me callara. Si yo lo descubrí lo puede hacer cualquiera...