Silencios contados a media voz. Sonrisas
quietas en labios mudos. La historia de una vida y de las vidas que acompañaron
a ésta. La historia de mis gentes, de nuestras gentes, de una guerra entre
hermanos. Historias de la historia trazadas con una pluma ágil, costumbrista,
tan experimentada y precisa como lo es la de los mejores narradores
contemporáneos. Todo eso y más es, Las palabras del viento, de María Narro. Una
obra que, sin lugar a dudas, se merece un puesto destacado en nuestra narrativa
contemporánea. Una historia que te arrancará sonrisas, lágrimas y admiración,
como suele hacerlo un trabajo preciso y lleno de magia”
Antonia J
Corrales. Escritora y Correctora
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Fue un amago de Guernica, lo has hecho de maravilla. Con esa sensibilidad
que roza el dolor sin perder la sonrisa. Sigüenza se merece un sitio en la
historia que le corresponde.
Y tú la has colocado donde se
merece...
Almudena (Madrid)

La novela...

La novela...
(cada capítulo lleva nombre de mujer)

22 sept. 2015

Laura (4 -I)


-¡Mo... belo!

Dejé el libro abierto sobre la mesa de cristal y fui hacia el jardín.
La niña dormitaba cerca de los rosales, el clima le sentaba bien, en eso había acertado, y la casa, aunque no muy grande, se estaba convirtiendo en un verdadero hogar. Mi padre se había acercado a la farmacia con Morfeo, y Laura los buscaba al despertarse. Después de explicarle que no tardarían en volver la senté encima de mí y comencé a cepillarle el pelo.
La luz del atardecer hacía vibrar la nostalgia de algo mejor, pero oyendo a mi hija comprendí que se equivocaba como tantas otras veces.

Sólo una vez creí en los sueños y me quedé sola abrazando la realidad. El ansia por destruir la soledad se desbordó cuando entró en mi vida Roberto, el padre de Laura.
Le había conocido mientras estudiaba en Madrid Filosofía y Letras a finales de los años setenta, en 1.978 más exactamente. Él era editor y organizaba concursos literarios junto a algunos de mis profesores, luego los poemas y relatos ganadores los publicaba en su editorial.
Disociados, editorial Disociados.
Hay personas que escriben para sí mismas o para sus más allegados, pero otras deseamos entrar en el mundillo literario. Yo descubrí que quería probar suerte dentro de la literatura cuando quedé finalista en un concurso de poesía celebrado en Sigüenza, además de que doña Asunción siempre me había instado a ello.

Después de ganar el primer premio de poesía en el concurso anual de la facultad, ya en Madrid, Roberto se fijó en mí; quiso leer algunos de mis poemas, preparar una antología y publicarme un libro.
Desde ahí entré en una espiral de felicidad que dejé de tener los pies en el suelo, aunque siendo sincera debo reconocer que estuve fascinada con él desde el primer momento en que le vi. Su atractivo entraba por los ojos, su sensibilidad y afición a la poesía calaban en el alma. En un alma quebrada por la inesperada marcha de Morse a la Argentina años atrás, y que se negaba la oportunidad de volver a amar. Pero no pudo negarse a conocer la magia, las mentiras y el sexo.
 
Recuerdo el día de la presentación de mi libro Fuego de soledad. La mano de mi editor arropándome como un verso más y el orgullo de doña Asunción y de papá como la más preciosa música del acto. Pero aunque aquel era mi día según decían todos, yo estaba extasiada con Roberto.
La noche anterior mientras ultimábamos los preparativos habíamos acabado haciendo el amor. Le extrañó que a mis veinticinco años aún fuera virgen porque por mis poemas había sabido de la existencia de Morse, pero eso le excitó y obsesionó aún más. Me sentía tan liviana, tan feliz y misteriosa, tan mujer, que poco me importó saber que no era la única. Él hacía estremecer toda mi piel debajo de su cuerpo y yo sólo pensaba en eso. Quería más y más, emborrachar todos mis sentidos de poesía, sin sentirla, quería vivirla.

Las primeras críticas del libro me convirtieron en la nueva promesa de la editorial Disociados. Estaba tocando un sueño, un cuento con príncipe incluido y me dejé llevar.
 
Mientras estuve estudiando en Madrid viví en una residencia de señoritas, estudiantes todas de la facultad. No estaba permitido que allí entraran hombres, novios, amigos, ningún varón que no fuera familiar nuestro, por lo que mi relación con Roberto la viví al principio en su despacho de la editorial y luego en un pisito cerca de Sol, a escondidas de todos.
Nadie sabía que estábamos juntos, él lo había querido así. Primero pensé que era por la diferencia de edad o por estar vinculado al profesorado de la Universidad, pero al ir escuchando hablar de su fama de don Juan entendí que no quería despertar los celos de otras. Me daba igual, aquel sabor a prohibido lo engrandecía todo. Nos veíamos dos días entre semana o cuando teníamos que acudir a cualquier acto literario. Siempre había sabido que era feliz escribiendo poesía, por entonces averigüé lo que me gustaba recitar mis versos ante el público… ante el viento. Cada vez pensaba más en las Hoces del Río Dulce y no quería darme cuenta. Me hacía daño recordar aquella época que iba unida irremediablemente a Morse, me sentía como vacía y asomada a un precipicio que no quería entender. Sin embargo con Roberto todo era más llano, o al menos más directo y luminoso.

Llevábamos juntos tres meses. Era muy inteligente y me enseñó mucho acerca de los libros, y aún más de la poesía. Además de ser un verdadero maestro de la seducción, poseía una mezcla de negra sensibilidad y erotismo que me hechizaban. Como aquella noche que me pidió que escribiera desnuda para él porque quería fotografiarme.
Había puesto en la casa pequeños focos de luz blancos y malvas, y lo había llenado todo de rosas blancas. Sólo quiso que me dejara la melena suelta. Empecé a escribir sin poder apartar mis ojos de sus ojos y sin un ápice de vergüenza:

Descalza sobre el viento
con sabor a luna,
salí a buscarte por la orilla de un sueño…

 Y no sé si llegó a usar la cámara ya que me cogió en brazos y me tumbó lentamente sobre la cama. Él también se desnudó, se tumbó a mi lado y me miró durante largos minutos de silencio. Después, como si de pronto hubiera reparado en la fragilidad de mi ser, me abrazó con una ternura que desconocía y apoyó su cara sobre mis senos hasta quedarse dormido.
Noté lágrimas resbalando por mi pecho y le abracé con fuerza decidiendo no volver aquella noche a la residencia, pero no pregunté nada que no quisiera contar.
A la mañana siguiente cuando me desperté ya se había ido; en su almohada había dejado una rosa y una nota en la que ponía:

‘Para mi bella pelirroja chinesca, no te vayas nunca’.

Recogí mis cosas, me vestí y salí a la calle sin ducharme. Necesitaba aire. Estábamos a mediados del mes de Mayo, en una primavera excesivamente calurosa ¿o me sentía acorralada? Sabía que Roberto estaba empezando a intimar con una compañera de la facultad, e incluso me habían llegado rumores de que estaba casado... No entendía nada. ¿Por qué me hacía ver que estaba enamorado de mí si no era así? ¿Debía parar ya aquella obsesión de placer entre sus brazos? Yo pasaría el verano con mi padre en Sigüenza y él se olvidaría de mí; sí, eso pasaría… antes de que llegara a hacerme daño de verdad. No tenía sentido aquella relación donde sólo había atracción física y pasión por la poesía. Todo tiene un principio y un final, y el nuestro se aproximaba.
Caminaba sin ver por una acera apretada de gente y de sentimientos sin nombre mientras empezaba a recitar hacia dentro como si de un mantra se tratara:

Fuego de soledad abrazando la mañana
sintiéndome mujer en el aliento de un verso,
inspirando la belleza despacio...
y expulsando el dolor.

Al día siguiente me invitó de nuevo a cenar en el piso. Hicimos el amor con la urgencia de dos amantes que no se ven durante meses, y mientras cenábamos me preguntó si quería acompañarle a la feria del libro de Frankfurt en el próximo otoño.

-¿Cómo...?

La semana anterior había estado firmando mi libro en el Parque del Retiro, conociendo a escritores altamente consagrados y hablando con poetas que no habían podido editar todavía. Me hicieron sentir privilegiada. No era fácil publicar, y yo había tenido la inmensa suerte de caer en las manos de Roberto y participar en la Feria del Libro de Madrid. Aún teníamos pendiente un recital de poesía que se celebraría en la Casa de América a principios de junio, pero yo creía que ese era nuestro broche de oro, nuestro punto y final. Por eso su petición de acompañarle a la República Federal Alemana en el mes de octubre me había descolocado.

Me contó que hacía dos años también le habían invitado a viajar a Frankfurt y no había podido ir. El viaje, aquella vez, hubiera sido en coche y la sola posibilidad de tener que pasar cerca de Berlín y su muro de la vergüenza le echaron para atrás; amén de los problemas con las fronteras alemanas y que la situación para salir de España no estaba muy boyante con la reciente muerte de Franco. Ahora era diferente, además de que el viaje sería directo en avión necesitaba y quería respirar más de cerca los pasos de Goethe.

1 comentario:

María Narro dijo...

Se empieza a complicar la historia. Un giro por el que me ha felicitado mucha gente. Y el capítulo más leído en Guadaqué.