Silencios contados a media voz. Sonrisas
quietas en labios mudos. La historia de una vida y de las vidas que acompañaron
a ésta. La historia de mis gentes, de nuestras gentes, de una guerra entre
hermanos. Historias de la historia trazadas con una pluma ágil, costumbrista,
tan experimentada y precisa como lo es la de los mejores narradores
contemporáneos. Todo eso y más es, Las palabras del viento, de María Narro. Una
obra que, sin lugar a dudas, se merece un puesto destacado en nuestra narrativa
contemporánea. Una historia que te arrancará sonrisas, lágrimas y admiración,
como suele hacerlo un trabajo preciso y lleno de magia”
Antonia J
Corrales. Escritora y Correctora
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Fue un amago de Guernica, lo has hecho de maravilla. Con esa sensibilidad
que roza el dolor sin perder la sonrisa. Sigüenza se merece un sitio en la
historia que le corresponde.
Y tú la has colocado donde se
merece...
Almudena (Madrid)

La novela...

La novela...
(cada capítulo lleva nombre de mujer)

15 sept. 2015

Mercedes (10-I)


Pude volver a las Ursulinas el día de Reyes. Sor Dolores me había dejado encima de mi mesilla un pequeño niño Jesús por haber recitado el día del baile. Junto a él coloqué la única foto que tenía con mi hermana.

-Estoy tan perdida -la dije-, tengo la dirección de papá, un número de teléfono para localizar a mamá, la abuela es amable y sabe reírse pero yo me siento más sola que nunca, no entiendo nada... ¿Por qué me abandonasteis todos? ¿Por qué me dijo papá en su carta que si ya le he perdonado por lo tuyo?

-Porque tú tenías leucemia cuando te moriste –le seguía contando mientras pelaba patatas en la cocina-, tiene que ser algo grave aunque creo que no duele...
-¿Qué haces hablando sola? –me preguntó la hermana cocinera.
-No hablo sola, estoy rezando porque hace mucho frío –dije mientras arrimaba el cubo de patatas y mi silla a la estufa.

Hacía tanto frío que no me quitaba la chaqueta de lana gorda que me había hecho la tía Micaela ni para dormir. Todas las alumnas volvieron el día ocho y se reanudaron las clases. Fernanda me mandó un trabajo sobre el Doncel y el castillo de Sigüenza, quería que ahondara en su rica historia medieval; pero yo sólo pensaba en el siguiente sábado, mis tres horas libres y la visita a casa de mi padre. “Tal vez haya vuelto ya”, le dije a mi hermana guiñándole un ojo entre las nubes .
La vuelta de las alumnas supuso el doble de trabajo. Fregando los largos corredores me daba tiempo a estudiar y memorizar muerta de frío, hasta aquella noche en la que, en mis clases, le hablaba a Fernanda de doña Blanca de Borbón y don Pedro...

-¿Qué te pasa? –me preguntó asustada.
-No lo sé –le contesté temblando incontroladamente.

Ardía de fiebre cuando me llevaron en brazos a mi habitación. El médico me prohibió que me levantara de la cama en una semana, a Fernanda le dijo que parecía una simple gripe pero que por mis problemas con la falta de hierro se podía complicar. Ella le había dicho lo de la pastilla diaria para la anemia.
Sor Dolores mandó a la hermana costurera que me vigilara hasta que desapareciera la fiebre. La primera noche Fernanda estuvo con ella empapando mi frente con paños frescos.

-Menos mal que has vuelto –le decía la hermana a Fernanda al volver del retrete-, ¿qué hago? Dice chillando que es Isabel la Católica y quiere saber si ha vuelto ya Martín Vazqueznosequé.
-No tienes que hacer nada, está delirando... y es Martín Vázquez de Arce.
-De vuestro pueblo ¿no?
-Pues no, hermana, no. Martín Vázquez de Arce era el Doncel de Sigüenza.
-Yo es que a ésta niña jamás la he entendido... ni aun con fiebre.

Me contarían después, que aparte de poner en jaque a medio convento al día siguiente gritando que me llamaba doña Blanca y estaba presa por no conocer en absoluto a mi abuela, la fiebre empezó a remitir poco a poco.

-¿Cómo estás hoy? –me preguntó Fernanda.
-Ya casi estoy bien, mañana empiezo a levantarme.
-Has tenido mucha fiebre –dijo poniendo su mano en mi frente-. ¡Hasta tu abuela quería venir!
-Fernanda... Sor Dolores ha venido a verme y cuando se iba me ha pedido que cuide bien a mi abuela Josefina Bonaparte... y lo peor es que me llama doña Blanca.
-No hagas caso –dijo riendo mientras me arropaba-, la fiebre te ha hecho delirar mezclando tu familia con los estudios.
Tardé días en recuperarme y me costó casi un mes volver a ser la de siempre, la anemia me había dejado muy débil. El frío que hacía en el colegio no ayudaba. Don Cosme, cuando pasó la siguiente nevada, me trajo una colcha de lana cálida tejida por doña Asunción, una gran botella de leche recién ordeñada, una caja de galletas y un bote de Cola Cao. Sabía que mi alimentación no era muy buena.

El primer sábado que ya pude salir Morse me esperaba en la puerta del colegio. Traía una bufanda y unas manoplas de piel de cordero para mí, me las puse después de abrazarle. Era una suerte tenerle allí. Le enseñé la dirección que me había dado Fernanda y él me llevó hasta el barrio de San Roque. 
Delante de una casa grande de dos plantas revisábamos la dirección.
Sí, era allí. Un jardín muy bien cuidado junto a un pequeño patio con columpios, me decía que había niños. La puerta principal estaba cerrada, las ventanas de la primera planta tenían todas las persianas bajadas como si no hubiera nadie, pero vi un balcón de la segunda planta abierto y llamé a un timbre demasiado antiguo. Estaba muy nerviosa. Tardaban en abrir; intenté buscar a mi hermana entre las sombras, pero no la encontraba. Miré a Morse levantando las cejas y él volvió a llamar al timbre. Una mujer gordita y risueña abrió la puerta.

-Estaba en la parte de atrás con la radio y no oía el timbre. ¿Qué desean? –preguntó sonriendo.

Me quedé muda, me había hipnotizado o idiotizado su sonrisa.

-Queremos ver al señor Recio –contestó Morse.
-¿Y quién digo que le quiere ver? –preguntó de nuevo sonriendo.
-Su hija –contesté con firmeza.

Nos hizo pasar a una sala muy oscura y subió la persiana. En la pared vi un retrato grande de la abuela Encarna, la madre de mi padre. La señora que nos había abierto la puerta me volvió a mirar con extrañeza y dijo que esperáramos. Olía a cerrado. Morse cogió mi mano y la apretó diciéndome que estaba allí conmigo.
Un señor muy moreno entró en la habitación, cojeaba de una pierna.

-¿Tú eres Merche? –preguntó acercándose a mí-. Sí, claro, tienes los ojos de tu abuela y el pelo de tu madre...
-¿Papá? –pregunté sin reconocer ningún recuerdo.
-No... para tranquilidad de mi mujer soy Miguel, el hermano de tu padre –dijo alargando su mano hacia mí.

Morse estrechó la mano que me ofrecía al ver que yo no hacía nada.

-Soy Morse, pero puede llamarme Javier Salgado.

No sabía quién estaba más nervioso de los dos.

-Está bien, chicos –dijo sonriendo-, sentaos que voy a buscar algo de merendar –y mirándome de nuevo añadió-. Tu abuelo Zacarías se va a caer de culo cuando te vea.

Aquella tarde conocí a la familia de papá. Mi tío Miguel, su mujer Bea y mis primos Josito y Ramón. Me hicieron sentir en casa, en una casa que cada vez conocía menos. Aún no había vuelto mi padre. “Suele trabajar durante un año fuera de Sigüenza y pasa luego meses sin hacer nada. Ahora está en Salamanca pero ésta vez quiere ahorrar para comprar una pequeña casa aquí al lado y traerte a vivir con él, me dijo que te lo había dicho”. Asentí mientras mi tío bebía su chocolate caliente sin dejar de mirarme.
Se oyó abrirse la puerta de la calle.

-¡Maldito frío y malditos huesos!
-Ese es tu abuelo, que viene de echar la partida con los amigos –dijo mi tía Bea saliendo al pasillo a ayudarle.

Un anciano enjuto pero todavía fuerte entró en la habitación; se iba a quejar de nuevo, me dijo luego Morse riendo, hasta que te vio...

-¡Eh... no puede ser!... ¿Alicia? No... ¿Merche?... ¿Mi niña? –preguntó despacio extendiendo sus manos hacia mí.
-¡Sí, abuelo...! –dije levantándome para abrazarle.

Alguna vez tuviste un yayo que te quería más que a nada, me dijo mi hermana desde el cielo.

El abuelo se emocionó tanto al verme que apenas pudo hablar. Sentada junto a él le conté que estaba estudiando en las Ursulinas y que iría todos los sábados a verle, pero no sé por qué no le dije que en realidad trabajaba en el colegio.
Nos despedimos con abrazos y promesas de que ya nada nos iba a separar.
De vuelta a las Ursulinas, trazando caminos de felicidad tal vez, Morse no dejó de robarme besos, o bocados de luna que encendían mi alma.

Dos días después se presentó mi abuelo en el convento. Yo estaba fregando montañas de cacharros cuando la hermana encargada de la portería me dijo que el señor Recio quería verme.

-¿Cuál de los tres? –pregunté con una mirada ilusionada.
-Don Zacarías.
-Es mi abuelo... –dije sonriendo mientras me secaba las manos.
-Sí claro, y Josefina Bonaparte tu abuela...
-Tengo bastante con que se llame Bernarda Alba –suspiré quitándome el delantal, me había enterado por Fernanda esa mañana que mi abuelo era uno de los benefactores del colegio-, llévele a la sala de la televisión, por favor, hermana.

Me esperaba sentado en una butaca de mimbre custodiado por un bastón de madera. Se levantó al verme y le abracé. Arrimé una pequeña estufa antes de sentarme con él. No podíamos dejar de mirarnos...

-¡Hay tantas cosas que me gustaría preguntarle! –dije sin querer atosigar.

1 comentario:

María Narro dijo...

Sería un pecado contar una historia de Sigüenza sin tocar el perfumea medieval que la envuelve...