Silencios contados a media voz. Sonrisas
quietas en labios mudos. La historia de una vida y de las vidas que acompañaron
a ésta. La historia de mis gentes, de nuestras gentes, de una guerra entre
hermanos. Historias de la historia trazadas con una pluma ágil, costumbrista,
tan experimentada y precisa como lo es la de los mejores narradores
contemporáneos. Todo eso y más es, Las palabras del viento, de María Narro. Una
obra que, sin lugar a dudas, se merece un puesto destacado en nuestra narrativa
contemporánea. Una historia que te arrancará sonrisas, lágrimas y admiración,
como suele hacerlo un trabajo preciso y lleno de magia”
Antonia J
Corrales. Escritora y Correctora
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Fue un amago de Guernica, lo has hecho de maravilla. Con esa sensibilidad
que roza el dolor sin perder la sonrisa. Sigüenza se merece un sitio en la
historia que le corresponde.
Y tú la has colocado donde se
merece...
Almudena (Madrid)

La novela...

La novela...
(cada capítulo lleva nombre de mujer)

23 sept. 2015

Mercedes (3 -II)


Al dejar de nuevo el cuaderno en la maleta una hoja doblada se desprendió de él. Me agaché y la cogí mientras oía a la tía llamarme. Desdoblé el papel. Allí estaban las vocales del código morse, la sangre de su familia:

A: punto y línea; E: punto; I: dos puntos; O: tres líneas; U: dos puntos y una línea.

La tía volvió a llamarme y acurrucando aquel papel al lado de mi corazón, bajé a conocer a su hija de leche.
Fernanda era una mujer gruesa y alta, muy morena, y casi tan mayor como mi tía, aunque hubiera jurado que era mayor si no hubiese sabido que era su hija de leche. Llevaba un vestido marrón oscuro casi hasta los píes, pero lo que más llamó mi atención fue un enorme crucifijo de madera, colgado de un cordón verde, que le caía a la altura del pecho y golpeó mi cara al darme dos impetuosos y sonoros besos.

-La pequeña Mercedes... ¡cómo has crecido! –decía cuando entró don Justino en la cocina.
-Micaela tenemos que hablar –dijo el médico poniéndose al lado de mi tía.
-Usted dirá –contestó ella mientras se limpiaba las manos con un trapo y le miraba fijamente.

Fernanda y yo también le miramos.

-¿Quién ha dicho que tu hermana no puede hablar?
-De momento, don Justino, de momento no habla nada.
-Porque no quiere –le contestó éste.
-No me sea tan listillo que a mi pobre Bernarda la daó una  trombosis y eso es mu grave.
-Lo sé, Micaela, lo sé –le contestó muy seriamente el señor médico-, yo la encontré en el huerto no se te olvide, y ahora llevo más de media hora examinándola y tiene todo el lado izquierdo del cuerpo totalmente paralizado...
-Entonces ¿por qué ha dicho que no habla porque no quiere? –le interrumpió Fernanda.
-Porque cuando cerraba el maletín y le decía que volveré mañana me ha mandado a la mierda.
-¿Cómo...? –preguntó la tía.
-Exactamente ha dicho: Váyase usted a la mierda.

Mi tía y Fernanda corrieron hacia la habitación de la abuela, yo acompañé a don Justino a la puerta y luego las seguí. No pude ocultar una sonrisa al entrar a su cuarto, si de momento ya hablaba, seguro que pronto volvería a caminar y regresaríamos a casa.
Dos días después, sentada bajo las murallas del castillo pues no había podido subir a las Hoces porque el camino estaba demasiado embarrado, miraba al cielo sin saber qué estaba pasando. No entendía por qué había tenido que dejar de ir a la escuela, ni por qué pensaba tanto en Morse, ni siquiera entendía por qué a mi abuela no le daba la gana hablar.

No había vuelto a decir una palabra después de mandar a don Justino a la mierda. Yo sabía que el médico no mentía, la abuela era así, al menos desde que murió mi hermana. Isabel... Isabel, siempre pensaba en ella cuando estaba triste, o en las historias que nos contaba la abuela sobre un burro que siempre iba adelante o delante, o pa’lante como decía entre risas, o en las canciones de mamá...
Mamá..., mi madre..., una madre que me abrace...

-No, nunca supe lo que es eso y no quiero saberlo -grité a la vez que rebeldes lágrimas se amontonaban en mis ojos y comenzaban a correr cuesta abajo, igual que yo alejándome del castillo.
 
Pocos días después el padre de Morse trajo las gallinas a Pelegrina y empecé a temer
que nuestra estancia en el pueblo iba a durar.
Como la tía no tenía gallinero sino unas cortes donde hacía muchos años habían criado cerdos, las dejamos allí.

-¿Qué tal con la monja? –me preguntó el padre de Morse.
-¿Qué monja? –pregunté a su vez cuando quería haberle preguntado por qué su hijo no venía a verme.
-Fernanda la de Sigüenza –dijo a la vez que sacaba las gallinas de la furgoneta y las metía en las cortes-, aunque la verdad es que no es monja, vive en el convento de las Ursulinas y es una soli... una solitaria no no, una ¡solidaria! –siguió diciendo cuando conseguimos cerrar la puerta con las gallinas dentro.
-¿Una solidaria? –le pregunté.
-Algo así como una mujer con pantalones pero vestida de monja –contestó subiendo al asiento de la furgoneta de un salto-. Toma esto, me lo dio Morse para ti antes de irse a Cifuentes.
Y dándome una pequeña caja de cartón llena de esperanza, me dejó con las gallinas de las cortes y una enorme sonrisa. La quise abrir en cuanto le vi perderse entre el polvo del camino, pero la caja estaba tan bien atada, cosida y pegada que tuve que esperar a encontrarme con el costurero para coger las tijeras.

La tía hacía labor y compañía todas las tardes a mi abuela. Ella seguía sin hablar, por lo que don Justino habría quedado por mentiroso si no me hubiese visto entrar a escondidas al cuarto mientras su hermana se había quedado dormida. Al acercarme al costurero después de comprobar que la tía Micaela roncaba dulcemente, la abuela chilló:

-¿Qué llevas ahí escondido, cacho bruja?
-¡Hermana...! -chilló también la tía abriendo los ojos de súbito.
-¿Qué pasa? ¿La muda? -gritó Fernanda entrando corriendo por la puerta.
-¡La..! –le dijo la tía-, ¡mi hermana que no es muda.
-¡Por el amor de Dios! –dijo Fernanda arrimándose a la cama de mi abuela y cogiéndole una mano- A ver, Bernarda, dígame usted algo...
-Muda lo será tu madre –le espetó la abuela.

Mientras Fernanda y la tía miraban al techo santiguándose cogí las tijeras, me santigüé también y salí de la habitación.
Dentro de la caja que me había entregado el padre de Morse encontré una piedra con forma de corazón, un sobre y una hoja arrugada. Alisé aquel papel y pude leer:

‘Sólo cuando aprendas el abecedario del código morse, podrás saber lo que pone dentro del sobre’.

El abecedario completo estaba anotado por detrás de la hoja. Rasgué y abrí el sobre. En un trozo de cartulina roja había escritas  estas dos frases:

- .    --.- ..- .. . .-. ---        

y debajo ponía

-. ..- -. -.-. .-    - .    ...- --- -.--    .-    --- .-..  ...- .. -.. .- .-. 

Tardé unos quince días en  traducir aquellas dos frases, la primera lo hice la misma tarde en que abrí la caja. Decía que me quería, y saboreando aquella dicha de la cartulina roja me fui a dormir la noche en la que todos supieron que mi abuela podía hablar.
En los días que siguieron no tuve ni un pequeño respiro para acercarme a la caja de nuevo. La abuela quiso que sembrara patatas, tomates y melones, en un pequeño trozo de tierra que había bajo su ventana, que yo sola cuidara a las gallinas pues ya sabía, y que todas las tardes Fernanda y su hermana Micaela me enseñaran a hacer bolillos en su cuarto.

Una tarde en la que las tres nos hallábamos haciendo compañía a la abuela y yo me sentía más sola que nunca, llegó doña Asunción.
Estuvieron casi toda la tarde hablando de las travesuras del nieto de la señora Felisa, a quien mi abuela había ayudado a traer al mundo, hasta que la maestra dijo:

-Bernarda, mi tío ha conseguido una plaza en las Ursulinas para Mercedes.

La abuela se sonó ruidosamente la nariz e ignoró a la maestra.                

-¿En las Ursulinas? –preguntó Fernanda.

Doña Asunción asintió y volvió a mirar a la abuela que intentaba doblar el pañuelo con la única mano que podía mover.

-La nieta de mi hermana no va a ingresar en ningún convento –dijo la tía.
-También es un colegio –dije yo.

-Tú te callas y trae tu pastilla pa la anemia y la que mandó el matasanos pa mí..
-Bernarda..
-Y usté también se calla, señá maestra, que es una desgracia mu grande no saber callar...

Salí de la habitación, en la que mi abuela chillaba como nunca ordenando a doña Asunción que se callara, adivinando que sólo un milagro me sacaría de Pelegrina. Cuando regresé a la habitación con las pastillas, la maestra estaba de pie y se despedía. Dejé los medicamentos sobre una mesita y la acompañé a la puerta. Me abrazó antes de irse y me dio un pequeño libro:

-Te hará compañía y sobre todo te hará pensar –dijo mientras yo miraba con curiosidad la portada de aquel Principito y me limpiaba las lágrimas que no quería que  resbalaran por mis mejillas-, No te preocupes, Mercedes, seguiré insistiendo.

Después de llevar el libro a mi habitación volví al cuarto de la abuela, pero me quedé en el pasillo mirando al suelo sin atreverme a entrar.
 
-Lo que le faltaba a la mocosa ésta, irse a Sigüenza como una siñoritonga.
-Podría trabajar y estudiar y el dinero se lo enviaría a ustedes, de siñoritonga nada, madre.

Fernanda llamaba madre a mi tía Micaela. Oí toser a la abuela y a la tía callarse.

-¡María de las Mercedes! –chilló de pronto la abuela-, tráeme la palangana y ayúdame a refrescarme.
 
Aquella noche se me cerraban los ojos mirando un sombrero que escondía un elefante y llamando idiota a quien pensara que aquello era una boa que se había comido algo tan grande. ¡Qué ridiculez! Cerré el libro y lo dejé en el suelo. Al soplar la llama de la vela que me permitía leer sin que se enteraran, una pequeña sonrisa se dibujó en mi rostro al pensar que, si se trataba de servir y de enviar el dinero a la abuela, los milagros podrían existir.
Pero los días iban pasando sin que nadie mencionara el futuro; las gallinas de las cortes cada día daban más trabajo, y mis tareas en el huerto habían aumentado recogiendo lo sembrado y volviendo a sembrar pues había llovido mucho aquella primavera, por lo que las tardes de bolillos dieron paso a pequeños y escondidos ratos de lectura. Y no sé si no entendí el Principito, o es que me hizo daño la soledad de aquel niño, pero el libro de Saint Exupéry no me gustó y lo guardé enseguida. En su lugar me aprendí el abecedario del código morse aunque ya había descifrado la segunda frase de la cartulina. Nunca te voy a olvidar, decía, y eso me hacía seguir.

Cierto día en el que volvía del lavadero llevando un barreño de ropa limpia y el trozo de cartulina roja que me envió Morse en el bolsillo del delantal, vi una furgoneta desconocida en la puerta de la casa de mi tía. Entré y fui a la cocina, cogí las pinzas para tender la ropa y antes de salir al patio oí que hablaban desde el cuarto de la abuela. Dejé el barreño y las pinzas sobre un taburete de madera y me encaminé de puntillas por el pasillo hasta donde pudiera escuchar. Tardé un rato en darme cuenta  de que hablaban de mí pues mencionaban a alguien que podría estudiar en unas clases nocturnas para adultos...
 
-A ver Bernarda –decía Fernanda- por qué tiene usted ese empeño en que la niña no vaya a Sigüenza.

La abuela no contestaba y Fernanda siguió hablando:

-Sor Dolores ya le ha explicado que necesitan un pinche de cocina y alguien que ayude con la limpieza, yo vendré todos los días para ayudar a mi madre.
-Y el huerto y las gallinas ¿qué? -rugió de pronto mi abuela.
-Pero no le estoy diciendo que...
-Que no, leches, que no. Por Sigüenza anda el gitano y si una vez me hicieron cargar con el mochuelo ahora no quiero ni que la mire a la ca..
-¡Déjate de sandeces!, ni siquiera sabes si aún sigue vivo el malnacío ese –la interrumpió con brusquedad su hermana.

Yo me había apoyado en la pared sin darme cuenta, la abuela llamaba gitano a mi padre.

-Y piensa en lo bien que nos van a venir las mil pesetas que le paguen a la chica –siguió diciendo mi tía.
-Bueno, si me disculpan –dijo una voz que no conocía- yo me tengo que marchar. Ustedes se lo piensan y ya me dirán.
-La acompaño hasta la puerta, hermana –oí decir a Fernanda.

Salí disparada hacia el patio, no sabía dónde estaba el barreño con la ropa para tender… sólo sabía que mi padre estaba en Sigüenza.

Acabé el solitario y horrible verano del 66 ataviada con una vieja bata gris, pelando kilos y kilos de patatas, fregando cacharros y escaleras que se multiplicaban, descansando a la hora del ángelus y el rosario, pero fuera de Pelegrina.
Sor Dolores, la madre superiora, me había concedido tres horas libres los sábados por la tarde, tenía muy claro en qué quería emplearlas, pero ¿por dónde y cómo empezar si no conocía a nadie?
Y vagando, aquel mi primer sábado por los largos pasillos de las Ursulinas adiviné que mi vida, la vida, empezaba allí.

1 comentario:

María Narro dijo...

Hace mucho tiempo un señor al que le había dado una trombosis me contó que todos pensaban que se había quedado mudo. Pero era él el que no quería hablar.
lo de '¡muda lo será tu madre!'... la carcajada de todos, como me habéis comentado, es que Bernarda se atreve a decir lo que yo nunca diré cuando me adjetivan.