Silencios contados a media voz. Sonrisas
quietas en labios mudos. La historia de una vida y de las vidas que acompañaron
a ésta. La historia de mis gentes, de nuestras gentes, de una guerra entre
hermanos. Historias de la historia trazadas con una pluma ágil, costumbrista,
tan experimentada y precisa como lo es la de los mejores narradores
contemporáneos. Todo eso y más es, Las palabras del viento, de María Narro. Una
obra que, sin lugar a dudas, se merece un puesto destacado en nuestra narrativa
contemporánea. Una historia que te arrancará sonrisas, lágrimas y admiración,
como suele hacerlo un trabajo preciso y lleno de magia”
Antonia J
Corrales. Escritora y Correctora
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Fue un amago de Guernica, lo has hecho de maravilla. Con esa sensibilidad
que roza el dolor sin perder la sonrisa. Sigüenza se merece un sitio en la
historia que le corresponde.
Y tú la has colocado donde se
merece...
Almudena (Madrid)

La novela...

La novela...
(cada capítulo lleva nombre de mujer)

10 sept. 2015

Mercedes (capítulo 15)


Mi abuelo Zacarías jamás había sabido que dejó embarazada a Micaela cuando eran jóvenes, sus padres se lo ocultaron. Enterarse a sus setenta años le dejó blanco, lo que aprovechó mi tía para humillarle delante de todos. Las lágrimas de impotencia que derramó el abuelo aquella tarde de verano antes de que se lo llevara su hijo Miguel, convirtieron a la hermana de mi abuela en una extraña para mí. No fue capaz de pedir disculpas, ni siquiera supo escuchar...
Regresé a las Ursulinas dos días antes de que acabara el mes de agosto, pero las cosas habían cambiado. Nadie me había dicho nada. La casa del pueblo se había convertido en un pozo de silencio y recuerdos que duelen desde el día de la discusión.
Ya no tenía habitación en el colegio, ni estaba interna, ni trabajaba allí. Comenzaría a estudiar como todas las alumnas a primeros de septiembre aunque aún no sabía dónde iba a vivir. No obstante, como había adelantado mi vuelta a  Sigüenza y sor Dolores me encontró bastante alterada, me permitió pasar la noche en mi antigua habitación.

-¿Por qué no has ido a casa del abuelo? –preguntó mi hermana Isabel cuando hube apagado la luz para intentar dormir.
-Porque nadie me ha invitado... vale, no miento –dije poniéndome boca arriba y abriendo los ojos-, me da miedo... me da miedo ver a papá y no acordarme de él; me da miedo que vayan a un juzgado para decidir con quién vivo... no quiero que lleve a la abuela ante el juez... ¿Y si ya no le quiero?... Tengo diecisiete años y me iré mañana mismo a vivir con Morse al cuartel de Bilbao...
¡Papá... papá...  papá...!
Te necesité tanto...
Te eché tanto de menos...

A la mañana siguiente, mientras acababa de leer el libro de Miguel Hernández en la sala de la televisión y me preguntaba qué hacía allí todavía, le vi apoyado en el dintel de la puerta. No hablaba, sólo me miraba. Me levanté como una autómata y caminé hacia él olvidando el libro. Él también caminó hacia mí en silencio. Oí al cielo llorar antes de abrazarme a mi padre encontrando el amor en sus brazos. Sus lágrimas se confundían con las mías. Limpiando mis lágrimas dijo que había ido a verme y la abuela le había dicho que estaba en el colegio. Sin soltarme de su abrazo me guió hacia unas sillas. Todo el miedo que sentía la noche anterior había desaparecido, me dijo que a partir de entonces viviría con él, pero que podía seguir pasando las vacaciones con mi abuela siempre que quisiera...

-Confieso que no me creí que mi padre hubiera solucionado todo con tu abuela hasta que no he ido a verla –dijo besándome en la frente-. Le parece bien... bueno, al menos no se opone a que vivas conmigo mientras estudias...
-Pero...  ¡ellas necesitan el dinero que yo ganaba!
Silencio.
Mi padre se levantó sin mirarme. Al cabo de un rato volvió a sentarse.

-Estoy tramitando una pensión mayor para tu abuela, ya no necesitarán ese dinero... tan sólo eres una niña y no puedo aceptar que trabajes para ellas –dijo enfadado.
-No es nada malo, no teníamos dinero y yo quería estudiar aquí, la vida no ha sido fácil...
-Lo sé, cariño, perdona –dijo volviéndome a abrazar-, tu abuela nunca me ha querido pero eso no quita que.no te quiera a ti... a su manera.
-Ha cambiado...  -protesté débilmente dejándome abrazar.
-Al menos no me ha recibido a pedradas –dijo sonriendo mecánicamente-, aunque... no la puedo culpar... la amargura y tristeza de ver morir a tu hermana... y considerarme culpable... y yo demostré que lo era al abandonaros...
-Tú no fuiste el culpable, ni nadie.
-Merche... –me cogió las manos mirándome a los ojos antes de seguir hablando-, cuando un hombre se siente culpable de la muerte de su hijo es capaz de cualquier cosa... hasta de abandonar lo que más quiere... he pasado años enteros castigándome porque no la quise operar...
-El transplante de médula ósea empieza a tener éxito ahora, en 1970, y muy pocas operaciones salen bien; hace trece años esas operaciones eran un temeridad, papá. Isabel habría muerto aunque la hubieran operado... me lo dijo el médico de Suiza amigo del abuelo.
-También habló conmigo cuando mi padre salió de la clínica en la que dejó de beber... pero habían sido demasiados años creyendo lo contrario y convirtiéndome en un cabeza loca para hacerle caso. Hace algunos años me enteré de que te ingresaron en Guadalajara, fui a verte y no me dejaron entrar... por mis pintas, creo. Ahí empecé a cambiar, me daba vergüenza ver en lo que me había convertido. Luego... tu abuela no me dejó verte hasta hoy...
Me abracé a su cuello cerrando los ojos y no me solté hasta que sentí a Fernanda entrar en la sala de la televisión.

Saludó con respeto pero sin entusiasmo a mi padre y me dio un beso. Traía una carta de Morse y un pastel de calabaza que había hecho la abuela para mí. Yo sabía que esa era su  forma de decirme que me quería, o que no me olvidase de ella, o de pedirme disculpas. Hacía tantos años que mi abuela no me hacía un pastel de calabaza, que me puse a llorar.
Un pastel con sabor a despedida.
Fernanda, dándome la bolsa que con todas mis cosas había dejado en mi antigua habitación,  me dijo que ella la cuidaría, que no me preocupase por nada. La abracé y nos fuimos.
 
Estuvimos viviendo en casa del abuelo hasta que la casa de mi padre estuvo terminada. Fueron dos meses raros pero felices. Quizá la ausencia de Morse y que sus cartas eran cada vez más lejanas...  y al final ni llegaban, complicaban todo; me volqué tanto en los estudios y sobre todo en la poesía que la hice parte de mi vida.
Doña Asunción me dio un poema mecanografiado de Miguel Hernández cuando le devolví El rayo que no cesa. El poema se titulaba Llamo a los poetas. Me dijo que pertenecía a un libro que la censura prohibió nada más acabar la guerra civil, luego lo reeditó la diputación de Santander con muy pocos ejemplares...

<<Entre todos vosotros, con Vicente Aleixandre
y con Pablo Neruda tomo silla en la tierra:
tal vez porque he sentido su corazón cercano
cerca de mí, casi rozando el mío.

Con ellos me he sentido más arraigado y hondo
y además menos solo. Ya vosotros sabéis
lo solo que yo voy, por que voy yo tan solo.
Andando voy, tan solos yo y mi sombra.

-Alberti, Altolaguirre, Cernuda, Prados, Garfias, -seguí leyendo el poema-, Machado, Juan Ramón, León Felipe, Ap  a que aspiramos: por lo que enloquecemos lentamente...>>
aricio, Oliver, Plaja, hablemos de aquello
-Esos son los poetas de la guerra –me cortó doña Asunción-, aunque no están todos pero sí la mayoría, y faltan las mujeres...
-¿No está Lorca? –pregunté.
-Sí, sí, lo menciona más adelante, el poema es muy largo. Imagino que a Federico le nombra como de pasada y se olvida de las mujeres porque es un llamamiento a que bajen de su nube y se empapen, luchen, que vayan al frente como él... y aunque primero en las milicias hubo mujeres luchando luego salió una ley que lo prohibía... estaba mal visto hasta para la mujer republicana,... y a Lorca como le mataron antes...
-¿También fusilaron a Miguel Hernández?
-No, no le fusilaron... Miguel murió por dentro como la II República.
-¿Por dentro?
-Perdona, Mercedes... hoy estoy un tanto mística. Miguel Hernández murió en la cárcel, tenía tuberculosis...
-¿Y la II República? –pregunté aquella tarde de últimos de otoño en la que paseábamos por la alameda a la  salida de clase.
-La República... sus misiones culturales... tan bello y cercano, avanzar desde el conocimiento... fue una utopía... un sueño que no pudo durar... se disgregó políticamente... falló desde dentro. Tampoco tenía bases reales, fuertes, de verdad. Lo que ocurrió antes de la guerra... no se puede dejar de respetar o matar a nadie porque crea en Dios... por el motivo que sea, pero cree, ni tomar venganza por ningún alzamiento matando a centenares de curas, monjas y gente que va a misa... 

Por alguna razón, miles y miles de españoles odiaban a los curas en 1936, Mercedes. El pueblo, indignado por el alzamiento militar del dieciocho de julio, con las armas que tenía a mano, se fue a matar curas. Fueron sobre todo elementos incontrolados, o criminales salidos de la cárcel quienes hicieron algunos crímenes... pero el gobierno no castigó... fue un absurdo, cualquier guerra es absurda, los tres años de matanza entre hermanos más absurdo aún... una locura que alguien hizo durar demasiado...  Si no fuese por el recuerdo de Paracuellos, y sus cientos, casi miles, de fusilamientos, en la historia quedaría que hubo buenos y malos en la guerra civil española, y eso no es así. Aunque les duela a muchos eso no fue así y algún día se sabrá la verdad: hubo de ambas categorías en los dos bandos.

-Pues yo pensaba que usted era roja.

Doña Asunción se paró en seco y me miró con gesto interrogativo.
 
-Vamos que mi abu... no, que hay quien dice que la sobrina de don Cosme es roja y nadie sabe porqué habiendo matado en la guerra a un tío suyo que era cura, y como me dejó el libro del poeta republicano...
-¡Ya...! –me dijo sonriendo-, me ha tocado vivir en una dictadura con miedo a todo y libertad a nada, y me rebelo porque siempre quise pensar por mi misma, pero dile a tu abu para que me entienda, o a quien sea, que aunque hubiese vivido en esa época jamás hubiera cantado La Internacional, pero mucho menos el Cara al sol. Y la poesía que yo leo o enseño no tiene colores sino historia.
-Vamos que no es roja, quiere decir.
-Ni roja ni azul, Mercedes –dijo enlazándose a mi brazo-, me gustaría ser verde, el color de la esperanza, como el color del coche que me he comprado y he venido a enseñarte... lo malo va a ser sacarme el carné de conducir... tendré que bajarme a Guadalajara y no puedo ahora con las clases...
-Fernanda se lo sacó a la primera –dije al llegar donde tenía aparcado su reluciente seiscientos.
-¡Hace quince años, porque hizo el servicio social! –me dijo como si la hubieran pinchado en algo que dolía mientras arrancaba el coche y se le calaba por primera vez.
 
Doña Asunción me dio una revista antes de marcharse, que hablaba del servicio social que se impuso desde la Sección Femenina. Aquel documental que vimos en el Coliseo Luengo. Cuando llegué a casa y como estaba sola me puse a hojearla. Las fotografías en blanco y negro... los pololos... saltando el potro... un batallón de mujeres incompletas decía una tal María Narro... ¡Fernanda hizo la mili!

<<Desde 1940, durante seis meses, las mujeres debían cumplir con la patria; prestaban un servicio social.

Un período dividido en dos fases y en el que las jóvenes recibían instrucción teórica y prestaban un servicio activo en algún centro oficial. Quedaban exentas de esta obligación las casadas, las viudas con hijos, las monjas y las huérfanas de los caídos en la guerra. Para todas las demás era imprescindible pasar por aquella prueba para obtener desde un título académico hasta un simple carné de conducir. Con el servicio social se conseguía un doble objetivo: mantener un cierto control ideológico sobre la población femenina, y cubrir de forma gratuita las deficiencias estructurales de tipo económico con las que el Estado se encontraba después de la guerra...>>

Seguía leyendo la revista pero mi mente había hecho las maletas e intentaba averiguar  por qué doña Asunción no había hecho el servicio social. Viuda con hijos no es, huérfana tampoco, monja menos... ¿está casada?
¿Doña Asunción está casada?
Guardaba los ejercicios de inglés cuando mis manos tropezaron con la cartulina roja olvidándose al momento de servicios sociales, casamientos y la coma del genitivo sajón.
La cartulina roja... el abecedario del código morse. Te quiero:  - .  --.- ..- .. . .-. ---  
La vida iba muy deprisa y no se paraba por nadie aunque el silencio de Morse desde hacía algo más de un mes doliese más que nada. Le había escrito dos veces y no contestaba, su padre decía que estaba bien y yo ya no sabía qué pensar. Quizás se había olvidado de mí o había conocido a otra. Apretaba la tristeza y no podía acercarme a las Hoces del Río Dulce. Me refugiaba en los recuerdos... ¡nos habíamos querido tan de verdad! Como tan sólo dos niños pueden hacerlo.

A veces le sentía a mi lado, junto a mí, mientras estudiaba para un examen o hacía los deberes, cuando paseaba sola; cuando dormía o me tiraba en la cama a descansar. Formaba parte de mí, como Isabel. Mi corazón se iba llenando de espíritus ausentes, aunque suavizaba todo el saber que la ausencia de Morse tan  sólo era pasajera. Faltaba casi un mes para Navidad y aunque yo pasaría la Nochebuena con la abuela sabía que él llegaba a Sigüenza el día veinte.
Sentí a papá trajinar en la cocina y fui ayudarle, no le había oído llegar.

Perdida entre la gente recorría la estación... por primera vez había sido capaz de utilizar los favores que por ser la nieta de don Zacarías, como llamaban a mi abuelo en las Ursulinas, se me concedían; salí una hora antes del colegio para ir a esperar a Morse. 

Miraba impaciente a los viajeros que bajaban del tren, que volvían a casa.
Paseé el andén consultando el reloj a cada minuto. Escondía las manos en los bolsillos y me subía la cremallera y los cuellos del parca para protegerme, no sé si de la impaciencia o del silencio o de las ganas de correr hacia él en cuanto le viera.
Sin embargo, al verle no corrí. Me quedé mirando fijamente al joven soldado que, con un macuto verde sobre un hombro y la mano en alto, me enviaba un saludo y avanzaba ligero hacia mí. No sé si es que oyó el golpear de mi corazón o vio cómo el frío de la estación se convertía en fuego dentro de mi estómago, pero empezó a correr hasta abrazarme y rompió a llorar. Le abrazaba y le sentía tan frágil y fuerte a la vez que me enfadaba con el mundo por jugar a separarnos. No podía dejar de besarle. En casa... ya estaba en casa. Eso me faltaba, él me faltaba. Mi padre podía suplir su ausencia de años a mi lado o la abuela su cariño, e incluso tener una familia más, pero nadie podía llenar el vacío de Morse. El mundo entre mis brazos. Apoyada en su pecho reparé en que nunca le había visto llorar.

Desde la estación de ferrocarril llamó a su padre para decir que había llegado bien y que pasaría aquella noche en Sigüenza, conmigo. Su primo le había dejado la habitación que estaba junto al pequeño cine club. No me preguntó nada, no había nada que preguntar. Él era mío y yo era suya.

A papá no le quise mentir y él me dijo que era mejor que me lo contara Morse. “¿Contarme el qué?” pregunté, pero sólo me acarició la cara antes de ponerse a preparar una tortilla de patata.

Hacía frío, aún recuerdo que hacía mucho frío en aquella habitación. Alguien había llevado una estufa de gas que encendimos nada más llegar. Había una cama, dos sillas y una mesa redonda. Morse se había quitado el uniforme en casa de sus tíos, con su ropa de siempre me gustaba más.
Me quité el parca antes de dejar la tortilla y una botella de vino encima de la mesa. Cuando colocaba las sillas me rozó y nos miramos a los ojos. Y me besó o le besé y ya sólo existió nuestra piel confundida en besos. Tumbados en la cama comenzamos a desnudarnos buscando nuestra alma... hasta que se paró. Clavó sus ojos azules en mis labios mientras las lágrimas resbalaban entre la noche. De pronto la habitación se heló y se sentó en un borde de la cama. Arropando nuestra desnudez con una manta me senté junto a él.

-Siempre pensé que serías mía... –dijo con rabia mirando al suelo.
-Y lo soy, Morse.
-Y que siempre estaríamos juntos...
-Y lo estaremos cuando vuelvas de Bilbao.
-Ya no tengo que volver a Bilbao, Merche.
-¿Por qué? –pregunté a la vez que recordaba a papá diciéndome que era mejor que me lo contara Morse.
Silencio.
Vergüenza en sus ojos, miedo en los míos.

-...Intenté suicidarme –dijo mirándome con infinita tristeza mientras enredaba sus dedos entre mi pelo.

Lo que me contó después, desnudos bajo la manta, la conversación de aquella noche la he intentado olvidar muchas veces, pero no he podido. Todavía me desgarra el alma pensar en aquello... aunque poco a poco voy comprendiendo los motivos de su padre.
Se sentía un número uniformado, Morse se sentía un número con uniforme. La disciplina militar no estaba hecha para él, nunca lo estuvo. Tampoco las novatadas, las bromas de los veteranos; pesadas, burdas y crueles algunas veces.

Una vez le hicieron beber algo y desapareció durante dos días que tenía de permiso. No recordaba dónde estuvo, tan sólo recordaba que se había despertado sin ropa, sin documentos, sin nada... en la cama de una puta, en un prostíbulo. En el cuartel le castigaron aunque sólo llegó tarde a presentarse al toque de diana. Él se sentía cada vez peor, mis cartas le hacían sentirse culpable por lo que pasó con aquella mujer, o pudo pasar, no lo sabía. No recordaba nada. Se levantaba enfadado, pasaba el día enfadado y se acostaba enfadado. Luego ese enfado se convirtió en tristeza, después en desgana. No cumplía las órdenes que le daban sus superiores. Le daba igual todo, que le castigaran, que se burlaran de él, que le gastaran más bromas, hasta le daba igual hacer cientos de flexiones o fregar retretes mientras todos sus compañeros dormían. En las practicas de tiro intentó matarse... falló, porque nunca antes había usado un arma.
Le ingresaron en un hospital y llamaron a su padre. Entre él y un abogado estuvieron estudiando la forma de que Morse no tuviera que volver al cuartel, cosa que tendría que hacer cuando se le acabara la baja por depresión...

-Me voy a la Argentina, Merche.

Escuché su llanto sin lágrimas pegada a él; al hombre, compañero y amigo de mi vida; pegada al amor de mi vida. Acunando el deseo de traspasar su alma en el borde de un precipicio sin fondo.
No entendía la vida, ni el horror, ni lo oscuro, ni porqué se tenía que ir tan lejos.
Aquella noche... mi primera noche de amor en la que el destino danzó a ciegas con las más oscuras tinieblas.

Morse se fue a vivir a Argentina dos días después.
La Navidad más triste de mi vida la pasé muy cerca de mi padre y de mi abuela Bernarda, pero más alejada del cielo que nunca.
Mientras dormía sonreía recordando trocitos de él: cuando llamaba a Bécquer Gustavo Antonio... cuando creía que me iban a meter presa, cuando se hizo pasar por seminarista; o cuando se enfadaba  porque no creía que las palabras fueran sobre el viento como decía su abuelo Samuel... su abuelo Samuel que vino de la Argentina.

Llegó 1972 cargado de tristeza y recuerdos. Doña Asunción me animaba a que escribiera, a que vomitara todo lo que sentía en mi corazón. Casi me obligó a presentarme a un concurso literario de poesía. Y quedé finalista con este poema...

Cisne de ternura entre las hojas de un libro mirando al cielo
entre los versos de Ulises llegando a Ítaca,
entre los dedos del viento acariciando mi pelo.
Volverás...

Volverás porque soy tu hogar...
porque soy la leña recién cortada
una encrucijada de deseo,
un laberinto de miedos.
Arroparás abismos y protegerás la noche
robarás mis besos acariciando el alma,
esconderás la luna entre claveles negros.


Penélope ya no esperará porque volverás.
volverás sin esperarte
y me amarás...
me amarás a cada instante.

1 comentario:

María Narro dijo...

codear mi poesía con la de Miguel Hernández fue un sueño. Hacer un guiño a María Narro algo justo (se lo curró). Y hablar sobre la matanza de Paracuellos: una obligación.