Silencios contados a media voz. Sonrisas
quietas en labios mudos. La historia de una vida y de las vidas que acompañaron
a ésta. La historia de mis gentes, de nuestras gentes, de una guerra entre
hermanos. Historias de la historia trazadas con una pluma ágil, costumbrista,
tan experimentada y precisa como lo es la de los mejores narradores
contemporáneos. Todo eso y más es, Las palabras del viento, de María Narro. Una
obra que, sin lugar a dudas, se merece un puesto destacado en nuestra narrativa
contemporánea. Una historia que te arrancará sonrisas, lágrimas y admiración,
como suele hacerlo un trabajo preciso y lleno de magia”
Antonia J
Corrales. Escritora y Correctora
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Fue un amago de Guernica, lo has hecho de maravilla. Con esa sensibilidad
que roza el dolor sin perder la sonrisa. Sigüenza se merece un sitio en la
historia que le corresponde.
Y tú la has colocado donde se
merece...
Almudena (Madrid)

La novela...

La novela...
(cada capítulo lleva nombre de mujer)

11 sept. 2015

Laura (capítulo 14)


“Tú le diste sentido a mi vida”

Me incorporé tan rápido que desperté a Roberto. Después de decirle que sólo había sido un mal sueño, jugueteó lascivamente ronroneando como un gato y se quedó dormido sobre mi pecho. “Había sido tan real”. Miré el reloj, las cinco y media de la mañana. Volví a cerrar los ojos, pero veía de nuevo a Morse en nuestro mirador de las Hoces del Río Dulce gritando al viento. Abrí los ojos intentando desintegrar la oscuridad de los sueños; al menos la oscuridad que ese sueño había dejado en mi alma. ¿Por qué ahora?
Aquella noche de pasión con Roberto después de tantos meses había atravesado el clímax de la felicidad, o eso creía. Sentirme deseada así me volvía loca. Sabía que la palabra futuro junto a él no tenía sentido aunque fuese el padre de Laura, no al menos en el sentido de quien ama a una sola mujer... ¿y yo? ¿Acaso puedo decir que le amo sólo a él?  Ni tan siquiera puedo decir que le amo...
Se dio la vuelta. Era incapaz de volverme a dormir, los sueños que conducían al pasado me hacían daño todavía; me levanté sin hacer ruido. Encendí la radio en la cocina, Stevie Wonder sólo llamaba para decir te quiero... “Yo no me fui a la Argentina ni me olvidé de nadie”.

Desechando pensamientos que enturbiaban mi mente, preparé el desayuno y entré en la habitación de la niña. Aún era pronto...
¿Con qué sueñan los niños cuando sonríen?
¡Me daba tanta paz mirarla!
Paz y niños, esas dos palabras eran sagradas, iban unidas aunque todavía rechinaran dentro de mí las imágenes que vi de la guerra civil para hacer el artículo. Sólo nombré la verdad sin contarla. Me tiré por la poesía... y la censura dijo no. Sin Franco, con Suárez, en una democracia... Según Roberto pasaron cosas en éste país de las que nunca se podrá hablar. Nunca. Pero yo seguiré intentando entenderlas, por lo míos, por mi madre... aunque en el periódico ya sólo me encarguen cuentos sobre animales.
Cuentos, niños...
¡Y fuerza! Mi hija me da toda la fuerza del mundo al mirarla; fuerza para seguir, para prepararle un mundo mejor, para enseñarla a vivir.
Casi tenía dos años. Ya gateaba bastante bien, pero no había intentado ponerse de pie ni sus piernecitas la sujetaban cuando le obligaba su fisioterapeuta, por lo que los médicos pensaban que tardaría en andar, o quizá...

Hasta que nació Laura la vida me había empujado a esperanzarme, ilusionarme e idealizar un quizá, o por el contrario a temer la posibilidad. La parálisis cerebral de mi hija me estaba enseñando a ignorarlos, siempre hay solución para todo menos para la muerte, y esa solución se haya dentro de la palabra actitud. Hacía mucho tiempo, cuando la abuela sufrió la trombosis y después cambió, imagino que debí haber aprendido algo parecido pero entonces yo era muy joven para darme cuenta de que la vida, sólo la vida... era la mejor escuela.
En la asociación que estoy empezando a visitar, donde me junto con otros padres que pasan por lo mismo que yo, nos damos ánimos unos a otros, y sobre todo hablamos de lo que no sabemos con quién hablar. El primer día que estuve en ‘una charla desahogo’ no supe qué decir. Vi mis miedos más intrínsecos reflejados en otras mujeres que no había visto nunca,  y me sentí extraña, como si me estuvieran desnudando a la fuerza.
Una juraba que nunca se iba a volver a quedar embarazada por miedo a tener otro hijo ‘así’, otra decía que le hundía el pensar que siempre iba a tener que cuidarle porque no sería normal; otras no querían llevar a sus hijos a colegios especiales, buscaban una integración...

¿Integración? Si el colegio tiene escaleras y mi hijo no las puede subir ¡Qué hagan una rampa!

Luego habló el terapeuta, un psicólogo. Habló de la importancia del presente, de vivirlo y disfrutarlo. No sirve de nada adelantar acontecimientos que son... humo, sí, eso dijo, lo importante era luchar y trabajar por lograr que fueran dueños de la mayor independencia posible algún día y eso se consigue cuando son niños. Ahora. 
Miré a mi hija que seguía sonriendo mientras dormía. “Lo que realmente me ayuda es saberla feliz”, y recordé su mirada de alegría cuando nos veía a su padre y a mí, cuando empezaba a reconocer a su familia.
Oí a Roberto abrir el grifo de la ducha.
Dejé a la niña dormir un poco más y fui a ducharme con él.

Pocos días después y mientras Laura se quedaba con la señora que la cuidaba cuando yo no podía, me dirigí a una cafetería cerca de casa. Estaba muy nerviosa pero tenía que hacerlo. Eché de menos no haberme maquillado más creando una máscara que ocultara mis emociones, no soportaba la idea de que supiera la falta que me había hecho ni lo importante que era para mí aquel encuentro, pero tampoco quería hacerla daño. Era un caos, todo era un caos... y estuve a punto de volver a la seguridad que me proporcionaba mi hija, hasta que la vi.
Llevaba un traje chaqueta malva, la media melena recogida en la nuca y sus ojos los ocultaba tras unas grandes gafas negras. Se levantó y alzó un brazo para llamar mi atención. La cafetería estaba muy concurrida aquel viernes por la tarde. Pedí un café con leche y me senté frente a ella. Se quitó las gafas antes de preguntarme por Laura. Mientras le contaba sus progresos descubrí sus ojeras y lo guapa que estaba, no dejaba de darle vueltas con la cucharilla a su café y supe que también estaba nerviosa...

-Gracias por llamarme, Merche... supongo que te habrá costado mucho, te entiendo más de lo que piensas –dijo sacando y volviendo a meter la cucharilla en la taza.
-La otra noche, al hablar con la abuela me dijo que te habías vuelto a Madrid..
-Sí... en realidad no sé lo que hacía allí –alzó los hombros y miró hacia la ventana-, pensé que mi madre me necesitaba, pero tiene a Fernanda... y como ya no trabaja –dijo suspirando y volviéndome a mirar-, se apañan tan bien y están tan unidas... que creo que sentí envidia.
-Eso me dijo la abuela –le dije sonriendo y empezando a relajarme-, pero tienes que entender que llevan muchos años juntas y al faltar la tía Micaela se han volcado la una en la otra.
-Si lo entiendo... pero siento como si el tiempo me hubiese robado su amor... y el tuyo –me contestó mirándome tan fijamente que sentí que buscaba mi alma.

Bajé los ojos y guardé silencio.
No sé cuánto tiempo estuvimos allí, ni cómo empezó a hablar de mi padre, de su ausencia y de mí.

Se habían conocido durante la guerra civil, en el refugio donde mi madre empezó a amar la seguridad de sus brazos.
Cuando la familia de mi padre volvió del exilio se hicieron novios pese a la clara oposición de la abuela Bernarda. Ellos se querían, formaban parte el uno del otro... poco pudo hacer nadie por impedir esa unión. Se casaron y enseguida nacimos mi hermana y yo. “Pusisteis de cabeza la dictadura de Franco con vuestras travesuras”, dijo mi madre haciéndome sonreír.

-Lo tenía todo –continuó-. Todo el amor del mundo en mis manos... hasta que enfermó, primero Isabel y luego tú. No sé... fue como si empezara otra guerra pero mucho más profunda. Coincidi
ó el miedo a no saber qué pasaba con la muerte de tu abuela Encarna y le fallé... cuando más me necesitaba el hombre que amaba no supe estar con él.

Me atrincheré bajo la protección de mi madre mientras me enteraba  que Isabel tenía leucemia. El cáncer no había llegado a ti y esa debió ser la buena noticia, mi salvavidas donde asirme... pero verla debilitarse día a día me estaba hundiendo, me mataba a mí también... y os dejé solos. A tu padre y a ti. Sé... sé que esto que te cuento no es excusa para nada... no sé...  yo... ¿quieres que continúe?
-Sí –dije tragándome las lágrimas, por nada del mundo le daría el gusto de verme llorar.
-Cuando murió Isabel tu padre me abandonó, aunque yo le fui echando poco a poco de mi lado... mi mente entonces no lo entendió así. Mi madre le consideraba culpable de la muerte de su nieta y los recelos que siempre había tenido hacia él me impidieron ir a buscarle. Perdí completamente la identidad, no sabía quién era yo, quién era aquella niña tan bonita que seguía sonriendo pese a todo... sólo sabía quién era Bernarda Alba y hasta en eso me equivoqué.

Tomé su mano mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas.

-¿Sabes la de veces que he soñado con tu hermana diciéndome que me necesitabas? ¡Pero estaba tan segura de que mi madre te daría lo que yo no podía darte! Y yo no tenía donde caerme muerta, fregué escaleras, baños públicos... hasta robé para poder comer.
-¿Por qué no volviste a casa? –me sorprendí preguntando.
-No lo sé, Merche, no lo sé... por vergüenza quizá o miedo de encontrarme a Álvaro con otra... no lo sé.

Pedí otros dos cafés ante el silencio que nos había circundado.

-Hace bastantes años entré de sirvienta en casa de una buena familia –volvió a contar mi madre-, tenía algunas tardes libres e hice un curso de mecanografía y otro de contabilidad. Luego empecé a trabajar en la oficina de una Mutua... no hagas caso de las habladurías del pueblo de que trabajé en el teatro –me dijo sonriendo-, eso se lo inventó la abuela porque no sabía nada de mí...
-¿Y por qué fuiste al hospital, mamá?

Me miró con ojos que temblaban llenos de luz cuando oyó cómo la llamé.

-Necesitaba verte. Fui a Sigüenza cuando me enteré de tu embarazo. Mi madre me llamó diciéndome que dejara de jugar al avestruz, que mi hija me necesitaba... aunque luego se enfadó mucho más porque al ver a tu padre de nuevo me entró el pánico y huí.
-¿La abuela te dijo que yo te necesitaba?
-Sí, la abuela... que siempre se ha dado cuenta de todo aunque no sepa expresar su cariño.

La conversación que tuve aquella tarde con mi madre me dejó tan perpleja como esperanzada. Vi el amor y la inseguridad en sus ojos reconociendo su error. Su vida no había sido fácil, pero ninguna vida lo es... Cuando subió a casa para ver a su nieta y la cogió en brazos llamándola cariño, las dejé solas y entré en el cuarto de baño.
Mis lágrimas se habían rebelado echando al traste mi decisión de no llorar. 
Antes de irse nos abrazamos llenando de amor la ausencia de tantos años. Le pedí que viniera para el cumpleaños de la niña, pero al decirla que también vendría mi padre me pidió tiempo; y su nerviosismo me llenó de ternura. Le seguía queriendo. “Nunca ha habido otro”, me dijo sonriendo hacia dentro. Aunque parezca una tontería, el saber a mi madre enamorada como una chiquilla  de mi padre me ayudó a volver a construir mi familia.

Ella se volvía al pueblo con la abuela y Fernanda, tenían mucho de que hablar. Laura y yo iríamos a verlas en cuanto pasara su cumpleaños si el tiempo no era muy frío, aprovechando las vacaciones.
Hacía muchos años que no dormía sin fantasmas, y aquella noche, cuando apagué la luz del dormitorio, tropecé con mi hermana Isabel que me sonreía desde un rincón del universo.

A la mañana siguiente noté el vacío de mi cama más que nunca. Me duché en busca de Roberto, me pinté y perfumé para él. Después de darle el desayuno a la niña, la arreglé y nos fuimos en busca de su papá. Era sábado, no había que ir a rehabilitación.
Las calles de Madrid estaban casi desiertas por la proximidad de la semana santa; pude dejar el coche al lado de la editorial. Estaba cerrada. Acomodé a Laura en su carrito y, disfrutando de la mañana de sol, fuimos andando hasta el piso de su padre.
El portal estaba abierto. Dejé el cochecito en la entrada y tomé a la niña en brazos para subir las escaleras. Llamé al timbre... y hasta que no oí la voz de una mujer riéndose con él no supe lo que estaba haciendo. Pero ya era tarde para darme la vuelta sin que Roberto nos viera. Le oí pronunciar mi nombre cuando empezaba a bajar las escaleras, fue Laura la que miró hacia atrás al reconocer su voz. “La niña no tiene la culpa de nada”. Ahora éramos dos. Subí de nuevo las escaleras...

-Dale un besito a papá para que venga mañana a tu cumpleaños y nos vamos al parque –le decía a mi hija mientras él se abotonaba la camisa.

Ya en la calle caminé empujando el carrito de la niña sin saber hacia dónde iba. Encontramos una pequeña plaza. Sol, palomas y bancos. Necesitaba sentarme...
¡Estaba harta! Harta de pasearme con él por el cielo y cuando menos te lo esperas un torpe descuido o el más absurdo azar te manda de culo al infierno. Harta de su inconstancia, de ese halo de seducción que le hace irresistible... que le hace creerse irresistible... ¡Harta, harta, harta. Harta de que no me sea indiferente. Y cansada... cansada de que no sepa lo que quiere, de que siempre vuelva a mí cuando he aprendido a vivir sin él.
Mi vida ya es difícil sin aguantar a ningún Roberto.
¡Sólo le importa...! ¿El qué, el qué, el qué le importa? ¿Tener una corte de mujeres enamoradas de él?
 Nunca ha funcionado ningún triángulo, cuarteto, sexteto o lo que sea que tenga el padre de Laura... el padre de Laura... el padre de Laura.
Porque es eso y no puede ser más.

-Al final va a tener razón la abuela Bernarda –le dije a mi hija que miraba entretenida las palomas-, “la María de las Mercedes no aprende si no se le tira bien de las orejas”...anda, vámonos a casa.
 
Al día siguiente mi padre llegó antes de comer para ayudarme con la niña. Traía tantos globos que apenas le pude abrazar. No solo celebrábamos el segundo cumpleaños de Laura, sino también su jubilación anticipada. Vendría toda la familia de mi padre, Roberto y doña Asunción.

Mientras acababa de escribir El escarabajo azul, un nuevo cuento para el periódico, llegó Roberto que se puso a recoger la cocina con papá. La niña estaba durmiendo en su habitación. Les oía hablar como si no pasara nada y sentía pequeños puñetazos en el alma. Es que no pasa nada, me repetía sin cesar... por mucho que cueste olvidarte de él lo vas a conseguir, no te quiere, al menos no como tú necesitas. Ver el compromiso como una jaula debe dar miedo, pero no es tu problema. Hay que aprender a ser egoísta para poder sobrevivir.
Guardé todos mis papeles y la máquina de escribir, y me puse a ayudarlos.
Doña Asunción llegó sobre las cinco de la tarde y juntas preparamos la merienda mientras los hombres se llevaban a la niña al parque.

-Mercedes... –me dijo apoyándose en la encimera-, ayer... en el piso de Roberto estaba yo, me quedé a dormir allí...
-Lo sé, la oí reír –dije preparando los vasos-, pero no tiene que darme ninguna explicación, Roberto es su marido y yo sólo le llevé la niña para ver si la podía cuidar un ratito. Pensaba que estaba solo.
-¿Seguro?
-Seguro, doña Asunción –y mirándola a los ojos la dije-, mi hija necesita tanto a su padre como a mí, me guste o no.

Antes de que anocheciera el pequeño salón se llenó de gente. Mi abuelo Zacarías había traído un cachorro de Labrador para Laura y aunque la niña le persiguió encantada gateando sin saber lo que era, a mí me pareció excesivo tener que cuidar también de él. Cuando me levanté a por la tarta y vi a mi hija medio dormida en el sofá con el perrito descansando sobre sus piernas, me quedé parada.
Papá cantaba muy bajito una canción mientras la niña olvidaba su manita sobre el cachorro...

-Le va ayudar, Merche, y entre todos le cuidaremos –me dijo el tío Miguel poniendo una mano sobre mi hombro. 

Laura desistió de quedarse dormida justo cuando sonó el teléfono; el perrito la imitó y ella se le quedó mirando sin saber qué era eso.

-Es tu abuela Bernarda, quiere hablar contigo -dijo Roberto dándome el auricular.

Mi padre encendió la televisión y todos se arrimaron a ella. Después de prometerle a la abuela que iríamos a verlas la semana siguiente me puso con mamá...

                    ...es una rapaz diurna y carroñera de gran tamaño...

-¡Queréis bajar el volumen de la televisión que no oigo!

                   ...grandes rocas donde instalar sus nidos...

-Luego te llamo, mamá...

Me acerqué al televisor ante la pregunta de mi padre de con quién hablaba. Pregunta que no oí.

-¿Qué es eso? –dije mirando hipnotizada a la pantalla.
-Un nido de buitres...el episodio del buitre leonado de El hombre y la tierra, reponen algunos documentales como se mató hace dos años Félix Rodríguez de la Fuente –dijo el abuelo sin conseguir apartar mis ojos de la pantalla.
-No... pero ¿qué es? –volví a preguntar.
-Pelegrina... –dijo doña Asunción poniéndose a mi lado-, Félix Rodríguez de la Fuente rodó muchos de sus documentales en el barranco de las Hoces del Río Dulce, han hecho un mirador en su honor...
-¿No me digas que no lo habías visto nunca? –preguntó mi padre.
-Sabes que no me gusta y casi no veo televisión... alguien me enseñó a no concebir la vida sin un libro cuando era  pequeña –dije mirando y sonriendo a doña Asunción, y dejando intacto el amor que alguna vez sentí por ella.

1 comentario:

María Narro dijo...

Hay amores que llegan a formar parte de ti.
éste capítulo fue esencial y clave. En realidad ya lo son todos, la novela se está acabando y fue precioso ir atando todos los cabos.
La valentía de Merche siendo el soporte de su hija.
La aclaratoria conversación con su madre.
Y el descubrimiento del homenaje oculto de la novela (los pelos como escarpias y eso que lo sabía desde el principio)