Silencios contados a media voz. Sonrisas
quietas en labios mudos. La historia de una vida y de las vidas que acompañaron
a ésta. La historia de mis gentes, de nuestras gentes, de una guerra entre
hermanos. Historias de la historia trazadas con una pluma ágil, costumbrista,
tan experimentada y precisa como lo es la de los mejores narradores
contemporáneos. Todo eso y más es, Las palabras del viento, de María Narro. Una
obra que, sin lugar a dudas, se merece un puesto destacado en nuestra narrativa
contemporánea. Una historia que te arrancará sonrisas, lágrimas y admiración,
como suele hacerlo un trabajo preciso y lleno de magia”
Antonia J
Corrales. Escritora y Correctora
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Fue un amago de Guernica, lo has hecho de maravilla. Con esa sensibilidad
que roza el dolor sin perder la sonrisa. Sigüenza se merece un sitio en la
historia que le corresponde.
Y tú la has colocado donde se
merece...
Almudena (Madrid)

La novela...

La novela...
(cada capítulo lleva nombre de mujer)

24 sept. 2015

Mercedes (3 -I)


-Adivina, adivinanza –dije mientras acababa de hilvanar una camisa- ¿cuál es el ave que pone en la paja?
-¡La gallina! –dijo Anita levantando la vista del bordador.
-Mierda para quien lo adivina –le dije soltando una carcajada; siempre picaba.
-A ver, chica lista, si sabes ésta –me dijo Tomás desde el final de la clase- Entre dos piedras feroces sale un hombre dando voces, ¿qué es?
-¡Un cuesco! –contestó Morse al verme hacer el gesto de que no lo sabía.

Toda los alumnos estallamos en carcajadas y doña Asunción entró pidiendo silencio. De nuevo se fue y las chicas nos quedamos cosiendo mientras los chicos apretaban los tornillos de algunas sillas.
Cinco minutos después me llamaron para que saliera al pasillo. Don Cosme estaba allí, su sobrina puso una mano sobre mi hombro.

-¿Pasa algo? –pregunté.
-Merceditas, hija, tu abuela... –balbuceó en un susurro el señor cura.
-Mercedes, a tu abuela la han tenido que llevar a Guadalajara, al hospital -dijo doña Asunción.
-¿Por qué? –volví a preguntar.
-No es grave, cariño –me decía la maestra a la vez que acariciaba mi pelo-, bueno, mejor es que sepas que sí es grave.

Cuando a doña Asunción y a su tío se le serenaron las ideas, pudieron decirme que habían encontrado a mi abuela inconsciente en el huerto. Tenía la boca torcida y el médico creía que había sufrido una trombosis.
Hospital Provincial, siglo XIX
 

-¿Una qué? –pregunté.
-Que se le ha paralizado medio cuerpo –dijo don Cosme.
-¡Ay, tío, por Dios, que todavía no lo sabemos! Mira, Mercedes, hasta que traigan a tu abuela del hospital te quedarás en mi casa ¿te parece bien?
-Lo que usted diga, doña Asunción.

A la semana de estar mi abuela ingresada fui a verla con la maestra. Como me habían dejado allí unos días al empezar el curso para descubrir lo de la anemia que había vuelto, fui muy confiada.
Pero aquello había cambiado mucho, ya no olía a inyección ni había largos y estrechos pasillos blancos, ahora olía a tristeza, a mucha tristeza, locura y miedo, por lo que caminé hasta llegar a la cama de mi abuela escondida detrás de doña Asunción. Al reparar en mi temor me cogió de la mano.
 
Nunca había visto una habitación tan grande como el ayuntamiento llena de camas; todas estaban ocupadas por mujeres mayores. Unas lloraban, otras vomitaban y algunas dormían, pero había una que se empezó a reír como una loca despeinada señalándome con el dedo índice, y a mí se me llenaron los ojos de agua.
La abuela dormía. Su hermana que estaba junto a ella cuando llegamos, nos dijo que había pasado mala noche.
Salimos fuera para no despertarla. La tía Micaela empezó a decirle a la señora maestra que en cuanto dieran el alta a mi abuela nos iríamos a vivir con ella, a su casa.

-¿A Pelegrina? –preguntamos las dos a la vez-, ¡pero si nosotras no vivimos allí, tenemos nuestra casa! –seguí diciendo yo sola.
-La de tu abuelo Jacinto –espetó como si escupiera la tía.
-¿Y qué? –volví a preguntar.
-Pues que tu abuela ahora tiene que vivir en su casa que es donde vivo yo, porque no puede cuidarse a sí misma.
-Siempre lo ha hecho –dije sin saber muy bien de lo que hablaba.
-¿Pero qué leches le habéis contado a ésta niña que le ha pasado a mi hermana? –preguntó bruscamente la tía mirando a la maestra.
-Un poco... muy poco, no queríamos preocuparla –respondió ésta.
-¿No quería preocupar a la niña?, ¿pero usted se oye? Con razón mi pobre hermana decía que estaba rodeada de atontaos –y agarrándome de un brazo me dijo–, escúchame bien, María de las Mercedes, a tu abuela se le ha paralizado medio cuerpo, ya no puede andar y de momento, tampoco hablar...

La señora maestra colocó su mano sobre mi hombro.

-Pero yo la puedo ayudar hasta que se ponga bien, dejaré el colegio si es preciso... –dije antes de ponerme a llorar por la cara de enfado que tenía la tía y por no entender que mi abuela ya no pudiera andar y de momento, tampoco hablar.
-Será preciso porque te vienes conmigo y con tu abuela a Pelegrina, yo sola no puedo ocuparme de todo.
-Micaela, no creo que...
-Usted aquí no tiene ni voz ni voto, señá maestra, por mucho que la agradezca que se quede con la niña unos días más –decía la tía-, todo está decidido, y ahora vamos a despertar a mi hermana para que vea a su nieta. Y tú –dijo mirándome y alargándome un pañuelo blanco-, límpiate esas lágrimas y suénate los mocos.

Mi abuela salió del hospital recién estrenada la primavera del 66. Una ambulancia la llevó hasta la casa donde había nacido, su hermana venía con ella.
Yo había llegado aquel mismo día por la mañana a Pelegrina, y aunque Morse, su padre, la señora Angustias, don Cosme y la maestra estaban conmigo, me sentí perdida y quise no conocerlas cuando las vi llegar. Ni siquiera sabía por qué había una vieja maleta de madera con todas mis cosas en el pasillo de casa de mi tía.

A la abuela la sentaron en una silla con ruedas, que había traído el padre de Morse de Sigüenza, después de bajarla entre todos de la camilla que sacaron de la ambulancia. Don Cosme colocó un tablón encima de los dos escalones que precedían a la puerta de la casa, y después, empujando la silla, pasó sobre ellos. La tía despidió a los de la ambulancia y me ordenó que entrara en la casa para acostar a mi abuela. Se negó a que nos ayudara nadie y echó a cada uno a su casa, y a Dios a la de todos.
Miré a Morse mientras apretaba con fuerza el dobladillo de mi delantal nuevo, pero le vi torcer la esquina de la plaza sin despedirse de mí. Me mordí los labios para no llorar y la señora maestra me besó en la frente diciendo que ella arreglaría todo.

-¡María de las Mercedes, cierra la puerta y ven ya! –voceó la tía desde la alcoba que había al lado de la cocina-, hay que acostarla antes de que venga don Justino y la Fernanda.

Don Justino era el médico que visitaba Pelegrina, sabía quien era ya que también iba a mi pueblo, pero a Fernanda, aunque había oído hablar de ella, no la conocía. Me intrigó como nada el oír a mi abuela alguna vez hablar de las hijas de leche de su hermana. Cuando me di cuenta de que no había insultado a nadie, supe que las hijas de leche de la tía eran unas mellizas que había amamantado y casi criado.
Lo que no supe es cómo lo hizo porque aunque tenía buenas tetas, nunca estuvo casada y por lo tanto no había podido tener hijos. Doña Asunción me había explicado lo que era un ama de cría, pero que para tener leche en los pechos había que parir. Entonces le dije a la abuela que, la tía para poder amantar a sus hijas de leche, había tenido que tener un hijo. La colleja que me arreó acto seguido casi acabó con mi intriga, y de cuajo con toda confidencia.

Después de acostar a la abuela y verla cerrar los ojos, la tía y yo fuimos a preparar un pequeño cuarto que había en la cámara. Cuando acabó de hacer la cama, bajó a la cocina a preparar unas sopas de ajo para comer. Oí llegar al médico y a Fernanda, pero no me apresuré en bajar. Mi cuaderno de poesía entre las manos e intentar adivinar por qué Morse había olvidado despedirse de mí, podían más que mi curiosidad por todas las hijas de leche del mundo.
Le veía desaparecer torciendo la esquina de la plaza sin despedirse una y otra vez, una y otra vez.
Apreté el cuaderno sobre mi pecho y cerré los ojos, y sólo entonces me di cuenta de que yo no habría podido decirle adiós sin ponerme a llorar... quizá a él le había pasado lo mismo.
Sin pensarlo busqué una hoja en blanco, cogí el lapicero del fondo de la maleta y escribí:

No importa que la vida juegue a separarnos
mientras piense en ti
estarás dentro de mí.

1 comentario:

María Narro dijo...

La trombosis de la abuela trajo nuevos personajes, sabía bien que era la forma de convertirla en humana, poco a poco.