Silencios contados a media voz. Sonrisas
quietas en labios mudos. La historia de una vida y de las vidas que acompañaron
a ésta. La historia de mis gentes, de nuestras gentes, de una guerra entre
hermanos. Historias de la historia trazadas con una pluma ágil, costumbrista,
tan experimentada y precisa como lo es la de los mejores narradores
contemporáneos. Todo eso y más es, Las palabras del viento, de María Narro. Una
obra que, sin lugar a dudas, se merece un puesto destacado en nuestra narrativa
contemporánea. Una historia que te arrancará sonrisas, lágrimas y admiración,
como suele hacerlo un trabajo preciso y lleno de magia”
Antonia J
Corrales. Escritora y Correctora
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Fue un amago de Guernica, lo has hecho de maravilla. Con esa sensibilidad
que roza el dolor sin perder la sonrisa. Sigüenza se merece un sitio en la
historia que le corresponde.
Y tú la has colocado donde se
merece...
Almudena (Madrid)

La novela...

La novela...
(cada capítulo lleva nombre de mujer)

18 sept. 2015

Mercedes (6 -II)


Antes de acabar mis tareas doña Asunción vino a verme. Quería llevarme el siguiente sábado a Guadalajara, al cine, pero necesitaba más de tres horas. Gracias a su tío consiguió que Sor Dolores me diera toda la tarde libre.

-Quiero ver My fair lady, la estrenaron no hace mucho en Madrid y me han dicho que es buenísima, sé que te va a gustar...
-¿Pero yo no tengo dinero? –la corté.
-Invito yo. Bajaremos a Guadalajara en tren e iremos al Coliseo Luengo andando...
-¿Coliseo Luengo? ¿Luengo de luenga, quiero decir de lengua?
-No, Mercedes, luengo de luengo –dijo sonriendo mientras se iba divertida con el juego de palabras.

Nunca había montado en tren, y aquel, mi primer viaje a los dieciséis años, no lo olvidaré jamás. Un paisaje que se movía sin prisa ante unos ojos llenos de ilusión y las palabras de doña Asunción que lo dibujaban todo de alegría. No paró de hablar de Andrew Hepburn, de que el cine era como una televisión gigante con colores y que se veía con la luz apagada. Estaba intrigadísima. Un pastor miraba el paso del tren mientras vigilaba a las ovejas, y yo le dije adiós con la mano.
Veía el otoño a través de la ventanilla, sus tonos rojizos y amarillentos. Batallones de girasoles rendidos al sol. Una voz conocida seguía hablando de la película y de que antes veríamos el nodo, y me enteraría por fin de lo que era la Sección Femenina, y juzgaría por mí misma. Yo no sabía muy bien qué tendría que juzgar ya que habría sección femenina como masculina, o sección singular como plural. Luego, un señor que también viajaba en el tren y nos quitó los billetes para hacerles un agujero y volvérnoslos a dar, dijo que desde el 65 no se podía fumar ni comer pipas dentro de la sala del cine, que era un abuso, que a dónde íbamos a llegar...
Me recordé que estábamos en 1.969 y que nosotras ni fumábamos ni teníamos dinero para comprar pipas. Y seguí mirando el otoño de colores que se movía tras los cristales.

Al llegar a Guadalajara doña Asunción me cogió de la mano, pero al darse cuenta de que ya era un poco más alta que ella me soltó y enlazó su brazo con el mío como si fuésemos dos amigas.
Dos amigas, eso pensé.
Pasamos sobre el puente del río Henares, por la misma puerta del hospital donde estuvo mi abuela ingresada y llegamos a la Plaza de los Caídos que está junto al Palacio del Infantado. Doña Asunción me iba diciendo cómo se llamaba todo pues ella había nacido allí.  Al llegar al Coliseo Luengo hicimos cola para sacar las entradas y al entrar... al entrar me asusté.

El suelo del cine estaba cuesta abajo, brillaba. Había carteles y espejos por las paredes, y mucha luz. En una barra de bar la gente tomaba algo, ¡éramos tantos que no habría sillas para todos!

-Butacas 73 y 74 –le dijo doña Asunción a un señor con traje.

Me agarró del brazo mientras yo seguía mirando a mi alrededor y seguimos a aquel señor. Pasamos a una sala tan inmensa, oscura y con sillones rojos, que debí tragar de golpe la saliva que me quedaba...

-¡Ay Dios! ¿Por qué no nos vamos?
-Te va a encantar –la oí decir a la vez que sujetaba un asiento para que me sentara.

Era dulce y casi amarga la sensación que me atravesaba. Doña Asunción a mi lado me daba seguridad y había conseguido contagiarme parte de su entusiasmo, pero por otro lado aquella sala tan grande, que iba hacia abajo según andabas, y tanta gente casi a oscuras mirando una enorme pantalla en blanco, me inquietaba, me asustaba.
De repente nos quedamos totalmente a oscuras, en la pantalla salió algo así como un reloj que marcaba tres, dos, uno... y la gente empezó a decir ya empieza, ya empieza, guardando silencio. La sala retumbó con una música bastante fuerte y en la pantalla salió escrito a la vez que alguien leía:

<<La rama femenina de la Falange Española: la Sección Femenina>>

-¿Por qué gritan?
-No gritan, Mercedes, el volumen del documental es así –me dijo antes de que nos mandaran callar.

Cuando acabó aquel pequeño documental mucha gente se levantó y estirando su brazo derecho entonó el Cara al Sol.  Doña Asunción no se movió y yo la imité. La abuela me había enseñado hacia mucho a cantar el cara al sol con la camisa nueva, y me dijo que nosotras nunca seríamos de las que levantan el puño. No la entendí porque de sobra sabía ella que a mí no me gustaba pegar a nadie... Una música mucho más suave fue cubriendo toda la sala y la gente se sentó, en la pantalla salió escrito con grandes letras rosas: My fair lady.
 
A mitad de la película hubo un intermedio, la gente salía fuera de la sala a estirar las piernas pero nosotras nos quedamos sentadas. Doña Asunción estaba entusiasmada con la lluvia en Sevilla es una maravilla, y a mí aunque me gustaba mucho no dejaba de pensar en la Sección Femenina...

-No sabía que las mujeres hicieran la mili, porque la Sección Femenina es eso ¿no? –dije.

La risa de doña Asunción al mirarme me desconcertó un poco.

-Eso he pensado yo siempre, pero no, no es la mili –dijo retirándome un mechón de pelo que me caía sobre los ojos-, es un servicio social... sólo falta que las rapen la cabeza... y lo hacen de alguna forma porque quieren que todas pensemos igual, que dependamos y complazcamos siempre al hombre olvidándonos de nosotras mismas, que admitamos su superioridad y nos olvidemos de ser independientes... ¿Me entiendes?
-No mucho... la verdad, doña Asunción.
-Mira, Mercedes, a mí esto me ha tocado vivirlo aunque no tuve que hacer el servicio social y tengo mi propia opinión, y por eso... entre otras cosas me fui de maestra al pueblo. Pero tú has de observar y aprender, y luego formar tu opinión sin dejar que nadie te diga lo que debes pensar. De todas formas quiero que sepas que hay quienes piensan que la Sección Femenina lucha por la liberación o igualdad de la mujer aunque yo opine lo contrario. Pero bueno, intenta disfrutar de la película que ya empieza de nuevo.


Cuando acabó My fair lady y aún riéndome con la patada al cochino mulo de las carreras de Ascot, supe que yo también podría bailar toda la noche vestida de princesa en una embajada... pero con Morse, sólo con Morse.

Al salir del cine y hasta llegar a Sigüenza nos embargó un extraño silencio roto de vez en cuando al sentirnos enlazadas del brazo. Intenté respetar sus pensamientos y su media sonrisa, al igual que ella la mía.
Aquella noche cuando iba hacia mi cuarto, dentro ya del convento, la hermana portera, como la llamaban todos, me entregó una carta. Me encontraba volando y todavía bailando, y aunque era la primera carta que recibía en mi vida miré sin ganas el remitente pensando que se habrían equivocado. Álvaro Recio, ponía, lo que yo decía, se han equivocado. Seguí bailando... pero el sobre me picaba entre las manos. Recio... Mercedes Recio... igual que yo. Álvaro... ¡Álvaro!. Y rasgué el sobre con prisa, conteniendo la respiración:
 
Querida hija...

Leí atragantada de emoción antes de salir corriendo hacia mi habitación, cerrar su puerta, y sentarme en la cama para seguir leyendo limpiándome las lágrimas que resbalaban por mis mejillas y me hacían arder de inquietud.
 
...pronto tendré el dinero suficiente para cuidar de ti, no importa lo que diga tu abuela, soy tu padre y cualquier juez me dará la razón.
Solo espero que algún día puedas perdonarme por lo de Isabel y que aún me quieras tanto como yo a ti. Sueño con volver a verte.
                                                                        Tu padre, Álvaro.

¡Papá...! ¡Papá, papá...! Repetía una y otra vez entre lágrimas apretando la carta sobre mi pecho.
¿Qué es lo que tengo que perdonar aparte de tu ausencia?

1 comentario:

María Narro dijo...

la primera vez que fui al cine, según contó miles de veces mi abuelo, estuve toda la película mirando a la puerta de la calle y sin dejar de preguntar que cuándo nos íbamos. Me había llevado al Coliseo Luengo.
Hoy sé por qué me daba miedo. Tengo una extraña fobia: me dan miedo los sitios grandes. Con los años mejora, pero en los días mujeriegos va a su aire.
Quise hacer un homenaje al cine de mi ciudad, el inolvidable Coliseo Luengo.